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    <title>El Día Ahora</title>
    <subtitle>Contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Gualeguaychú y la región. Noticias, deportes, espectáculos, política, economía, cultura y más.</subtitle>
    <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
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            Ánima bendita
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5FSXFzpQoe8P4jXWJ4GsndNAyRg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/canario.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Un relato basado en hechos reales no comprobados por la ciencia, pero sí asimilados por nuestra cultura popular.</p><p>-Es un infarto, sin dudas. El policía asintió sin entusiasmo y preguntó si ya podían moverla. El forense contestó seca y afirmativamente, mientras abandonaba la casa contestando su teléfono. La anciana estaba sentada aún en su reposera, con los ojos en blanco y la boca abierta en un rictus indescifrable de dolor o de espanto, las manos crispadas sobre el pecho, una mosca posada desvergonzadamente sobre un párpado. Frente a ella, un canario muerto en la jaula parecía su imagen patéticamente especular. Los dos se miraban sin verse. Los dos muertos.</p><p>El canario se llamaba Jeremías, nombre curioso para un ave, si se desconoce que ese era el nombre del finado marido de doña Úrsula Baigorria, cantor aficionado de tangos y albañil de oficio. Doña Úrsula aseguraba -y quién iba a negarlo- que el Jeremías no silbaba como cualquier canario, sino que, prestando atención, podía adivinarse en su trinar un valsecito, una milonga breve, un tanguito montielero, una chamarrita, y, si estaba inspirado alguna mañana, capaz que hasta un bolero le chiflaba. Que cantaba lindo, cantaba lindo, pero de ahí a decir que a veces le recordaba a Magaldi… Había que quererla mucho a Dona Úrsula para no pensar que no había quedado muy bien después de la trágica muerte de su esposo.&nbsp;</p><p>El canario era todo para ella, no precisaba de más compañía y tanto lo quería que hasta consideraba la jaula no un encierro sino una seguridad para él, ya que no solo doña Úrsula lo miraba de un modo especial, también estaba el Pancho, el gato de los vecinos. El Pancho era un barcino merodeador y poco afecto a los límites, se pasaba horas enteras mirándolo con cierta malicia desde uno de los postes del precario alambrado que separaba ambos fondos; sus dueños, una joven pareja que por razones laborales estaban la mayor parte del día fuera de la casa, varias noches habían compartido su preocupación por los instintos claramente depredadores del felino y el brillo especial de los ojos que se le notaba cada vez que desde el poste observaba al canario.</p><p>Un domingo al mediodía, la pesadilla se hizo realidad. Mientras mateaban a la sombra de un viejo sauce que estaba casi al fondo del patio, apareció el Pancho con el canario entre las fauces. Juan se ligó varios arañazos hasta que logró arrebatarle al extinto animal de entre los dientes al gato, la pobre ave tenía todo su plumaje amarillo teñido de tierra producto, seguramente, de los revolcones que le había propinado su depredador. Con un paño húmedo, limpiaron una a una las plumas y una vez acabado esto, Juan se dirigió sigilosamente hacia la casa vecina y colocó al canario en su jaula para que diera el aspecto de una muerte natural.&nbsp;</p><p>Claro, ellos no podían saber que doña Úrsula, al no escuchar los cantos mañaneros, había descubierto a su compañero muerto en la jaula y, llena de congoja y dolor, le había cavado un pequeño hoyo en el fondo del patio para darle cristiana sepultura. A lo sumo, para reconfortarse, habrá rezado para que el Jeremías fuera al cielo, no de vuelta a su jaula; así que verlo allí y que su gastado corazón dijera basta, fue una sola cosa.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5FSXFzpQoe8P4jXWJ4GsndNAyRg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/canario.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un relato basado en hechos reales no comprobados por la ciencia, pero sí asimilados por nuestra cultura popular.-Es un infarto, sin dudas. El policía...]]>
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                <published>2025-01-11T00:01:00+00:00</published>
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            La jaula
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/_fxBpqiZUB-NIt5tu9yCLWcpSUM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/la_jaula.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>No me gustan los pájaros. Nunca me gustaron. Jamás pude entender a un animal que tan mansamente se entregue al cautiverio; que lo capturen, lo encierren, lo atormenten, y encima cante. Siempre creí que el cautiverio y el canto eran tan incompatibles como el agua y el aceite. Ya sé, es tan pobre mi metáfora, pero no es mi intención impresionar a nadie con mi lucidez o mis recursos literarios, tan sólo pienso e imagino que escribo.&nbsp;</p><p>Escribo para mí, consciente de que pregono la libertad y estoy encerrando mis letras en el espacio reducido de una hoja de papel, con lo que quizás no esté sino encerrando también mis ideas hechas palabras. Escribo y no puedo no hacerlo. Grito silencioso, quizás, grito cobarde. Plasmo mis ideas y las oculto entre garabatos desteñidos que quedan a merced del tiempo y el polvo, cobardes alegorías del olvido.&nbsp;</p><p>Alguna vez soñé la libertad, y la nombré con nombres estridentes, la nombré con nombres de poetas, con epístolas de desterrados, con manos abiertas, con puños cerrados, con bocas gimiendo, con rabia abriendo surcos de arado, con tetas fláccidas, con ojos hundidos, con esperanzas huecas, con platos vacíos, con heridas resecas. Yo no conozco la muerte, por eso le temo. La muerte de los demás, eso no es muerte, como el dolor ajeno no es dolor ni alguien es feliz porque otro se ría.&nbsp;</p><p>Nunca creí en la hipocresía del prójimo ni en la comunión de los espíritus. Yo nací solo, como nacen los perros, gemido circunstancial de entrepiernas sangrantes, dato estadístico de viejos anaqueles. Erré por el mundo ignorando que, dada su redondez, era lo mismo que dar una vuelta a la manzana, caminar por el borde de una plaza o tal vez girar sobre uno mismo. Nadie estuvo jamás despidiéndome, nadie jamás me recibió. Mis interlocutores fueron árboles mudos o libros que respondían a mis preguntas con más preguntas.</p><p>Alguna vez soñé, es verdad, pero mi sueño no toleró el desvelo. Alguna vez ofrecí mi sangre a los verdugos, pero me despreciaron, su placer es el tomar no el recibir. También quise enseñarles a los pájaros a ser libres, pero no toleraron la idea de abandonarme cuando les repartí migajas.&nbsp;</p><p>No creo en la virtud, al menos no en las que se me pudieran atribuir, cuál es el mérito del ciruelo que da ciruelas si su esencia no es otra que esa, dar ciruelas; o la del pez con su belleza o el ciervo con su cornadura, cuál es el mérito de dar lo que nos sobra, enseñar lo que no sirve o pregonar lo que se duda. Alguien de sotana me dijo alguna vez que lo más difícil era creer en lo que no se ve, no se palpa, sólo se percibe su magnificencia infinita. Recuerdo que lo miré con displicencia, apreté su hombro con afecto y quizás hasta con algo de soberbia y me retiré revoleando unas monedas en el cesto de mimbre de las limosnas. Si eso que acabo de hacer es caridad, recuerdo que le dije, desconfíe de mi fe, de mi esperanza y de cualquier otra virtud que usted crea que yo tengo.&nbsp;</p><p>Si el hombre nació con un cerebro que quién sabe por qué endemoniado sistema nos hace sentir que pensamos, qué mérito se encierra en ser pensante, cuál en pretender ser libres si el hombre que no es libre ni siquiera es hombre. Yo apenas si defendí mi propia libertad y no quise ser héroe, ni líder, ni mártir, ni ejemplo, ni prócer, ni prohombre, ni santo, ni sabio. Ni siquiera poeta. Sólo quise no domesticar pájaros ni sentirme, como ellos, enjaulado. Viví, pensé, grité, sólo porque no sabía hacer otra cosa. Amé, quizás fui amado y tras haber llegado sin nada le dejo mis huesos a la tierra, creo que con eso estamos a mano.&nbsp;</p><p>Perdí mis ojos hace un tiempo, luego perdí mi voz, mis oídos, y la escasa sensibilidad que aún mantienen ciertas partes de mi piel me informan de cuando me están moviendo, o si me bañan, o si colocan en mi cuerpo alguna de esas inútiles mangueras que colocan a los moribundos para darles la sensación de estar viviendo. Sólo eso siento. Y mi cerebro pájaro que no duerme, no descansa, se azota contra los barrotes de hueso e inventa hojas en las que escribo páginas memorables, recuerdos nuevos cada día, alguna historia de amor, y espera, temeroso, la muerte que no llega.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/_fxBpqiZUB-NIt5tu9yCLWcpSUM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/la_jaula.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>No me gustan los pájaros. Nunca me gustaron. Jamás pude entender a un animal que tan mansamente se entregue al cautiverio; que lo capturen, lo encierr...]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
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            El interregno de Navidad
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZaNMq05fTZ-rcCMzejpTC3VD2sE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/interregno.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Existe un breve lapso de tiempo (considerando la imposibilidad de definir qué es breve o prolongado en referencia al tiempo) entre Navidad y Año Nuevo, que no es una semana de vacaciones (al menos no para todos), pero tampoco es una semana laboral típica.</p><p>El espíritu navideño es tan efímero como indescifrable y tan universal como las miserias humanas. Las esperanzas de cambio en el nuevo año no le van a la zaga. Durante esa semana (días más, días menos) podemos pasar de la euforia a la depresión y de la esperanza a la desilusión en un pestañeo, lo simbólico cobra fuerza de tangibilidad y la posibilidad del milagro está casi, casi, al alcance de la mano. Aun para aquellos que dicen descreer de los milagros, pero colocan el billete de lotería detrás de una estampita.</p><p>Hay quienes, a la vieja escuela, anotan, como si de un fixture se tratara, todo lo que suponen que, cambiando u obteniendo el año siguiente, los acercaría a ese utópico sitio llamado felicidad. Otros, teñidos de escepticismo quizás, hacen todo para fortalecer su profecía autocumplida de que nada va a cambiar. Al menos para bien. Hay quienes planifican. Hay quienes sueñan no tanto con que les vaya bien como que a otros les vaya mal. Y sí, somos humanos. Bestias gregarias por naturaleza pero que precisamos de normas escritas y relativamente consensuadas para no destruirnos y que, pese a eso, insistimos en hacerlo.</p><p>Hay quienes, estando solos, toman conciencia en esos días de su soledad y quienes, rodeados de gente, toman conciencia en esos días de su soledad. Paradojas de ese interregno. Una noche de San Juan más prolongada, aunque no menos bizarra.&nbsp;</p><p>Interregno es un interesante término que hace alusión a un período de tiempo entre la muerte de un monarca y el ascenso de su sucesor. Un lapso de tiempo indefinido que, históricamente, se acompañaba de caos, desorden y todo aquello que puede ocasionar un vacío transitorio de poder. Un vacío entre dos reyes, el que se fue (única certeza) y el que vendrá (sólo incertidumbre).&nbsp;</p><p>Tenemos la certeza de que el año que termina ya se fue. Para bien o para mal terminó y nada podemos hacer al respecto mas que tomar conciencia de que el pasado es eso, pasado, y lo que viene, lo que nos está esperando a pocos días de distancia, apenas un dilema.&nbsp;&nbsp;Leí o escuché alguna vez que el único momento en que Dios se ríe es cuando nos escucha hacer planes; eso, creo, explica todas aquellas circunstancias a las que por ignorancia llamamos inesperadas y es que, naturalmente, no estamos preparados sino para esperar más que lo esperable, lo conocido, lo rutinario. Sin embargo, eso no obsta para sentarnos, mate en mano o con una copa de vino o con una simple paja entre los dientes, a entrecerrar los ojos e imaginar que podemos imaginar un futuro mejor. Mejor para nuestros parámetros de lo que pueda significar estar mejor. Y en este punto no puedo no mencionar un antiguo proverbio chino que dice: Ten cuidado con lo que deseas, puede que se haga realidad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZaNMq05fTZ-rcCMzejpTC3VD2sE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/interregno.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Existe un breve lapso de tiempo (considerando la imposibilidad de definir qué es breve o prolongado en referencia al tiempo) entre Navidad y Año Nuevo...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2024-12-28T13:33:00+00:00</published>
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            El maravilloso y ancestral arte de amaestrar pulgas
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AKkY10s2ovf5b_xKKRsI6vs7ls8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay gente que cree que han desaparecido. Otros, más escépticos aún, aseguran que son una fantasía; sin embargo, los circos o parques de atracciones en donde por unas pocas monedas podía el respetable público admirar este prodigio, no solamente existieron, sino que están más vivos y vigentes que nunca. Como tantas otras cosas aggiornadas (modernizarse es un término que ya se aggiornó) ahora al adiestramiento de pulgas se lo conoce con otro nombre; pero, ya llegaremos a eso.</p><p>Para los más jóvenes, conviene comenzar desde el principio relatando que era muy frecuente hace algunos años atrás, encontrar en las ferias de diversiones itinerantes o bien en algunos circos, el increíble espectáculo de las pulgas amaestradas. Si bien esta práctica se remontaría al siglo XVII, quién la popularizó fue, en 1830, un italiano llamado Luigi Bertolotto, quien, según refieren las crónicas, recorrió Londres con sus presentaciones que incluían desde orquestas completas y compañías de baile hasta pulgas a bordo de barcos en miniatura e incluso retratos de pulgas caracterizadas como Napoleón o el Duque de Pese. Lo que se dice, un verdadero ladri.&nbsp;</p><p>Parece increíble que la misma Europa que vio morir un tercio de su población merced a la peste negra (transmitida por las pulgas de rata en rata) se maravillara ―y aún lo hace― frente a las teóricas proezas de estos sifonápteros cuyo mayor mérito quizás sea (lectores impresionables abstenerse) que su pene mida unas dos terceras partes del cuerpo. No se moleste en sacar cálculos, serían uno 60 cm. en un humano promedio.</p><p>Ahora bien, lo que sí hacen estos bichos es saltar. Hasta 80 veces su tamaño. Y eso, para cualquier adiestrador de pulgas que se precie de tal puede ser un problema. Pero pasible de resolverse.</p><p>Como ante otras tantas situaciones o circunstancias ante las cuales nos asombrábamos durante nuestra infancia y que hoy nuestros hijos nos miran ―en el mejor de los casos― de una manera displicente, tales como, por mencionar solo algunas: jugar a la bolita, leer libros o revistas de historietas, recorrer el barrio en bicicleta sin temor al secuestro, ir solos a la matiné del domingo al cine, armar sofisticados equipos de telecomunicación con dos latas de tomate y un hilo piolín encerado; en fin, cosas tan ilógicas y difíciles de explicar cómo que se podía pasar toda una tarde sentado con un amigo jugando con un autito de plástico o una muñeca con diez pelos ralos y no aburrirse. Y asistíamos, impávidos, a los circos de pulgas. O al menos, si no sabíamos de su existencia de ningún modo nos hubiéramos atrevido a negarla.</p><p>Seguramente, se dirá, nosotros, los de esa época, éramos ingenuos, niños ingenuos que hoy vendríamos a ser algo así como viejos boludos. A los jóvenes de hoy, a nuestros millenials, no es tan fácil engañarlos. Ya los espejitos de colores con que nos maravillaban a nosotros no resisten ante el peso de internet o el poder comunicacional de las redes sociales, ya no se los puede convencer mediante la lectura sesgada y adoctrinante de un solo periódico, ya que tienen acceso a todos los diarios y publicaciones del mundo. ¿O acaso esto no es cierto?</p><p>Escribe Miguel Santos Guerra: “Si metemos varias pulgas en una pequeña caja de cristal, podremos ver cómo saltan sin cesar contra las paredes y el techo de la caja. Si después de un tiempo las sacamos de su encierro y las dejamos en libertad podremos ver que sólo realizan saltos como los que efectuaban dentro de la caja. Se han acostumbrado a los límites, se han habituado a unos esfuerzos recortados por la experiencia. Los amaestradores han condenado a las pulgas a su pequeño fracaso”.</p><p>Así, los nuevos amaestradores de pulgas van generando consignas que van, poco a poco, convirtiéndose en profecías autocumplidas: “sos un inútil”, “los pobres tienen que asumir su condición de pobres”, “la universidad podrá ser para todos pero no es para cualquiera”, “todo el mundo sabe que eso que se está proponiendo está mal”, “usted y yo ya somos grandes y sabemos bien que no nos van a vender esto como si fuéramos criaturas”, “quizás los argentinos no estamos todavía preparados para decidir en temas de tanta trascendencia”, “los chicos a la escuela vienen a aprender lo que se les enseña y punto”, “todo bien con los discapacitados pero de ahí a juntarlos con la gente normal con el pretexto de la integración es un disparate”…</p><p>Y es así que gozamos de un espectáculo maravilloso y único al que no vemos, pero si nos dicen que eso está pasando dentro de la caja de vidrio así debe ser y como tal hay que aplaudirlo, creyendo ciegamente en lo que nos dicen los amaestradores que son, en definitiva, quienes han hecho su trabajo, amaestrar, por un lado, a las pulgas, para que no sobrepasen jamás el límite impuesto por su amo, y por otro al público, que aplaude a rabiar lo que cree que está mirando. El viejo circo de pulgas que, aggiornado, le llaman posverdad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AKkY10s2ovf5b_xKKRsI6vs7ls8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Hay gente que cree que han desaparecido. Otros, más escépticos aún, aseguran que son una fantasía; sin embargo, los circos o parques de atracciones en...]]>
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                <published>2024-12-14T19:15:00+00:00</published>
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            ¿Quién dijo que no se puede?
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BM7s4d_GLFDOHISi0s2e8IO5Hrg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Buscar respuestas a preguntas que muchas veces son las mismas, no es un error sino uno de los rasgos más destacables de nuestra naturaleza humana. A diferencia del instinto animal, en donde el estímulo–respuesta es la base de la supervivencia, nuestra condición de homo sapiens nos permite, tanto tropezar dos veces con la misma piedra, como seguir buscando respuestas allí donde pareciera que ya no es necesario.&nbsp;</p><p>Ese maravilloso libro de historia y sociología que es la Biblia, nos relata que apenas hubo dos hombres –Caín y Abel–, uno mató al otro. Las causas o las motivaciones son irrelevantes, lo que pone al desnudo ese relato es lo que subyace bajo el manto de los reyes de la creación: la violencia.&nbsp;</p><p>¿Acaso nacemos con una carga genética que nos conmina a matar? ¿A matar porque sí, no para saciar el hambre –lo que es discutible–, no para evitar ser muertos por otros animales que sí quieren saciar su hambre –eso sería indiscutible–, sino la muerte absurda bajo justificaciones que pueden llamarse poder, odio, envidia, codicia y muchos otros nombres que apenas son sinónimos de la abominación? No, lamentablemente la violencia no está en los genes, no se hereda, ni se nace con ella.&nbsp;</p><p>Digo lamentablemente porque el poder atribuir nuestros males a la genética sería una elegante forma de quitarnos el peso de responsabilizarnos por actos muchas veces aberrantes. La violencia se construye, la construye cada sociedad del mismo modo en que construye su cultura.&nbsp;</p><p>La Biblia nos cuenta que, dado que era imposible lograr que los hombres dejaran de matarse entre ellos, violarse mutuamente aldeas y mujeres (y viceversa), Dios no tuvo otra opción que barrer con todos y arrancar de nuevo. Una especie de reseteo universal, en donde sólo quedaron Noé, su mujer, un par de hijos y una muchacha estéril. Poco, pero bueno, podría haberse pensado, pero no: ni aún eso logró evitar que algunos siglos más tarde matáramos al propio hijo de Dios que vino a poner orden en persona. ¿Irredentos o incorregibles?&nbsp;</p><p>Hoy tenemos, para bien o para mal, un enorme espejo en donde nos vemos reflejados como sociedad cada día y todo el día: las redes sociales. Sabemos que son un negocio –no uno más ni uno cualquiera, desde luego– y que crece a medida que alcanza a interpretar lo que de ellas se espera; por eso, no puede haber redes sociales mediocres sin una sociedad mediocre ni redes sociales violentas sin una sociedad violenta, las redes sociales no generan violencia, la reproducen, la refractan, la enrostran.&nbsp;</p><p>La psique del niño, aseguran especialistas en el tema, posee un enorme potencial para generar conductas tanto de sociabilidad como su opuesto, depende de los estímulos a los que esté sometida será la conformación de la misma, por lo que el niño de hoy y adulto del futuro serán lo que de ellos hagan tanto su núcleo primario –la familia– como la sociedad que lo cobije. Una sociedad cuyos valores estén sostenidos sobre el dinero, el consumo y la superficialidad está irremediablemente condenada; cuando un niño no aspira a ser bueno sino ser rico, cuando solo vale lo que cotiza y lo que cotiza es la belleza, la juventud eterna, la frivolidad, mientras veamos que ser un narcotraficante es una meta y ser científico “no garpa”, mientras el político robe impunemente, el juez garantice la impunidad del político y las cárceles se abarroten de pobres, mientras la mujer sea cada vez más un objeto de consumo y el respeto una utopía, los libros una raza en exterminio, la pena de muerte una panacea y la Ley del Talión la respuesta a nuestros males, mientras sea más importante un gerente de programación que un maestro, una vedette que una bibliotecaria y un concejal que un discapacitado, mientras soñar con un futuro distinto sea privilegio de unos iluminados y no hagan falta intelectuales para el cambio, mientras un niño no sea lo más importante, la escuela lo más prioritario y los viejos los menos castigados, será difícil no pensar en que la raíz de nuestros males es la genética, o el castigo bíblico o Nostradamus o los mayas.&nbsp;</p><p>Pero, le confieso algo, si no creyera que todo esto que parece imposible podemos hacerlo, no podría estar escribiendo estas palabras.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BM7s4d_GLFDOHISi0s2e8IO5Hrg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Buscar respuestas a preguntas que muchas veces son las mismas, no es un error sino uno de los rasgos más destacables de nuestra naturaleza humana. A d...]]>
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                <updated>2024-12-08T03:30:35+00:00</updated>
                <published>2024-12-07T22:30:00+00:00</published>
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            El hombre de la calesita
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                <![CDATA[El Día Ahora]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YhcTvb20UWFwsSspGrwxTWs38A4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/calesita.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Domingo. Tarde de sol prolongada más allá de lo esperable para la época por esas cosas del azar que tiene el clima. La plaza principal de mi pueblo está pletórica de niños, de padres y de perros, de aroma a pochocho y algodón de azúcar, de vida. A un costado de los toboganes, la calesita da vueltas. El mágico tiovivo me hipnotiza como si fuera la primera vez que lo viera; la música que brota desde algún secreto parlante no es la misma que me acompañaba en mis eternos viajes a ninguna parte en mi infancia, desde luego, sin embargo, ese hamelinesco sonido sigue provocando el éxtasis de esos pequeños que se acercan desde todos los extremos de la plaza, escapando peligrosamente de las manos cuidadoras que los llevan.&nbsp;</p><p>En un pequeño habitáculo, adornado con globos brillantes y luces de color, está el hombre de la calesita. Es alto, de edad indefinida y con la bondad dibujada en la sonrisa, tan alto es, que pareciera que debe doblarse en dos para llegar hasta las pequeñas manos que se estiran para recoger las fichas que no son sino el pasaporte hacia el país de los sueños. El hombre de la calesita seguramente sabe –o al menos presiente– lo que cada uno de esos viajes significa para esos pequeños argonautas y por eso en lugar de entregar una ficha, suele entregar dos. El niño eleva la mirada porque no sabe si acaso se habrá equivocado en la entrega el hombre de la calesita, él sonríe con los ojos y le hace saber que no, que no se ha equivocado, que esa vuelta extra es un estímulo para que siga soñando arriba de algún brioso corcel, dentro de un avión, algún plato volador o sobre un esbelto cisne rosa de sonrisa congelada.&nbsp;</p><p>La calesita comienza a girar, las cámaras de los teléfonos celulares abren y cierran sus electrónicos diafragmas para eternizar no solo un mohín, una sonrisa o un saludo desde el caballito dorado, las cámaras y sus dueños están registrando en sus respectivas memorias momentos únicos, fugaces e irrepetibles, como cada momento de nuestras vidas.&nbsp;</p><p>Registran y memorizan un tiempo de felicidad que quizás termine junto al movimiento monótono de la calesita sobre su eje por lo que, de algún modo, se busca eternizarlo, no en la fragilidad de la electrónica sino en ese silencioso rincón de la memoria donde perdura lo que merece perdurar, ese beso lanzado desde una boca en la que asoman los primeros dientes o ese adiós que solo significa hasta la próxima vuelta y que no sospechamos entonces que presagia otros adioses.&nbsp;</p><p>Todo eso tiene la dicha de observarlo, desde su pequeño lugar, el hombre de la calesita quien, sin dudas, debe tener un nombre, una historia, pero para cada uno de esos niños que corren hacia él para recibir el pasaje hacia la fantasía no importan, para ellos es solo el hombre de la calesita. El que parece que estuvo desde siempre y a quien nadie puede imaginar no estando más allí. Eso sería como pensar una plaza sin juegos o unos juegos sin niños. Nada sería igual en esa plaza sin la calesita y la calesita no sería lo mismo sin el hombre de la calesita. Él sabe del poder de su sonrisa, tan grande como el de la máquina de crear fantasías que da vueltas y vueltas cada tarde de domingo, sabe que esa ficha extra que deja caer entre las manos de los niños no es una dádiva ni un premio, sino que ese gesto es el estímulo para que ellos puedan volar con su imaginación otro instante más, pequeño, mínimo, y a la vez eterno.&nbsp;</p><p>Desde ese pequeño lugar, el hombre de la calesita observa cómo se desdibujan hasta perderse las clases sociales, los prejuicios y las miserias; en su reino circular hay solo niños, con la pureza intacta y la risa franca, niños que miran sin entender por qué sus padres tararean sin pudor canciones que se suponen son infantiles y que, sin embargo, ellos continúan cantando como si a través de la calesita, de la música o de la alegría de sus hijos recuperaran su propia infancia. Y el hombre de la calesita sonríe, ve las emociones y sonríe, ve el llanto, los silencios, las miradas húmedas, la nostalgia teñida de melodías balbuceadas y sonríe. Sonríe, siempre sonríe, y yo tengo la impresión de que sonríe porque sabe que, de algún modo, es inmortal ya que perdurará por siempre en la memoria de quienes, gracias a él, a ese enorme hombre sin nombre, pudieron girar y girar por un instante atemporal en ese carrusel de sueños en el que todo era posible, donde el tiempo se detenía para siempre en ese instante único de felicidad.&nbsp;</p><p>Cierto día, recuerdo, junto a uno de mis hijos lo encontré caminando por el centro y, después de saludarlo, mi hijo me preguntó, visiblemente preocupado, qué hacía él por ahí. No sé, le contesté, haciendo algún trámite, supongo; pero, cómo va a estar fuera de la calesita, insistió, y si algún chico va y él no está, ¿qué hace?; como pude, traté de explicarle que ese hombre que vimos no vivía en la plaza y que era una persona como cualquier otra. Aliviado me dijo: ah, qué suerte, lo confundí con el hombre de la calesita.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YhcTvb20UWFwsSspGrwxTWs38A4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/calesita.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Domingo. Tarde de sol prolongada más allá de lo esperable para la época por esas cosas del azar que tiene el clima. La plaza principal de mi pueblo es...]]>
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                <updated>2024-11-30T20:20:00+00:00</updated>
                <published>2024-11-30T12:18:00+00:00</published>
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            El bar del Turco
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G0neX5joImU5aydDuvwp-aiVleI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/bar.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Aunque la puerta sigue abierta, las sillas volteadas sobre algunas de las mesas indican que el bar ya está cerrado. La media luz ilumina dos siluetas sentadas sobre uno de los laterales. Sobre ellos, un cuadro recuerda la formación del Boca campeón del ‘62, un poco más allá, ocultando una mancha, un cedro rodeado de caracteres arábigos y un amarronado “LEBANON” como única inscripción legible contrasta con fotografías de glorias del tango, goleadores olvidados y alguna publicidad de un desaparecido licor de mandarina.</p><p>De espaldas a la barra, con el respaldo de la silla apoyada sobre la pared, el dueño de casa llena nuevamente la copa del otro, un hombre de unos cincuenta años, de hombros fornidos, manos callosas y labio leporino. César es el nombre, descarga camiones cargados de medias reses en las carnicerías cada madrugada y bebe hasta el olvido cada noche en ese bar en donde parece haber encontrado alguien que lo escuche en silencio, sin interrupciones. Y que no lo contradiga. El otro, el dueño del bar, es Omar, el turco. A nadie jamás le importó si ese acaso era su verdadero nombre, si sería del Líbano, de Turquía o de ninguna parte. Habla poco y mal, abre el bar cuando nadie lo ve y lo cierra cuando se va el último cliente que, inevitablemente, es César.</p><p>Uno habla, se confiesa, el otro escucha. Ambos beben, ninguno ríe, austeros en gestos uno y en palabras el otro. Monótonos, grises, herméticos.</p><p>El turco debe rondar los sesenta años, viste siempre la misma ropa descolorida y sus ojos marrones quizás tengan la misma tonalidad que el cedro del cartel, sin dudas la misma tristeza; probablemente tenga una historia, un nombre, algún recuerdo. La trastienda del bar es su hogar; una cama matrimonial, una mesa de luz, un calentador, un placard sin puerta y un par de sillas son todo su mobiliario; sobre la mesa de luz, un álbum de fotos, de tapas duras y de color ámbar con rayas negras, seguramente es toda su memoria. La sutil línea de tierra que rodea el álbum habla de su abandono, de su inercia. Hay un olor rancio en el cuarto, olor a flores marchitas, a tierra yerma, olor a insectos y a té frío, olor a sábana arrugada y a plato único, a papel en blanco, a vino y a tabaco; la oscuridad se cuela entre las ropas, la ausencia se esconde entre los pliegues de la almohada. Hay un disco también, un disco de pasta, negro y duro, pieza inútil.</p><p>César vive del otro lado de la calle, en una casilla de madera y chapas viejas; una mujer vive con él, quizás también un hijo, de él, de ella o de ambos, un par de perros gordos (bondades del oficio) y a través de la única ventana puede verse, a un lado de la cama, un par de botas de goma y un guardapolvo blanco. Lo único blanco de la casa. Desde que recuerda, su despertador fue una mezcla de ansiedad y miedo responsable; a las cinco y media de la madrugada se sienta agitado en la cama y mira por cualquier agujero si afuera sigue siendo noche y calcula burdamente si no llegará tarde al frigorífico. Se viste en silencio, no por respeto al sueño ajeno sino porque no hay nada que pueda hacer ruido, y camina por las calles de tierra o bien de barro, un par de kilómetros hasta el trabajo. Al llegar al camión, se coloca el guardapolvo con la sobriedad de un cirujano, cambia las alpargatas por las botas blancas y se trepa a saludar con las manos calientes los fríos cadáveres colgados.</p><p>Al terminar la jornada, la escena se repite en forma inversa; se quita las botas, el guardapolvo manchado y desanda los dos kilómetros hasta su casa, deja la ropa a lavar, algo de carne y sin decir adiós, camina hacia el bar a media tarde.</p><p>Se sienta siempre a la misma mesa, debajo de la foto que recuerda al Boca Campeón del ’62, y sin que sea preciso decir nada, el Turco trae la primera jarra de vino ácido. Cuando ya no queda nadie en el bar, este se sienta, coloca una nueva jarra, y fija la mirada en el vaso de vidrio. Entonces César comienza, a veces, su monólogo. El vaso de vino ahoga palabras y frases donde se perciben sonidos que semejan ronroneos de infancia, otras veces asperezas de pelotas de goma, náuseas de primeras borracheras, nombres femeninos; gemidos que suenan a reproches, balbuceos de miseria y resignación, de resentimiento y angustia.</p><p>Una noche la segunda jarra lo sorprende hablando del camión, y una risa se escapa de su boca irregular junto a un chorro de baba. El turco apoya la bebida sobre la mesa y cierra la puerta. El bar ya está cerrado.</p><p>Llena los vasos. El otro sigue. Y el relato entusiasma al relator, que está dentro del camión, entre las reses muertas y colgadas, se ve junto al chofer que, como él, esta sin ropas, y hay alguien más, una muchacha, que tiembla de frío y de miedo al percibir lo que se esconde detrás de esas miradas, de esos ojos lascivos, de esas manos manchadas que le arrancan la ropa, los zapatos, la vergüenza. El grito de placer del relator se confunde con el grito de dolor de la muchacha, que clava sus uñas sobre un pedazo de carne muerta que yace a sus espaldas, y una y otra vez siente la embestida bestial de sus captores y la sangre caliente que mana de entre sus piernas se enfría y confunde velozmente con la otra sangre, y de la boca irregular brota una lengua que lastima unos senos pequeños y mordidos, azules de dolor y de frío. El vaso de vidrio se llena y se vacía, la jarra casi no toca la mesa, no alcanza a hacerlo, ya que los vasos parecen sacudirse al compás del relato, llenarse de espanto y vaciarse de piedad, de razones, de lógica.</p><p>Tenía dieciséis años –dice– después nos enteramos. Quedó olvidada en el camión mientras nosotros entramos a un bar cualquiera a festejar la hazaña. Al regresar, la temperatura de ella era igual al del resto de la carga, la boca entreabierta, las manos crispadas. Pero lo que más me impresionó –sigue el relator– fue la mirada, parecía estar en paz, como si no pasara nada, no parecía haber dolor ni rencor en esa cara. Eso nos ayudó a no tener remordimientos y a no dudar cuando la tiramos en el basural, para que algún perro o algún ciruja la encontrara. La hallaron casi diez días después. Gracias a Dios –concluye– nunca pasó nada.</p><p>Levantó la mirada de la mesa y buscó en silencio la jarra. Frente a él, el Turco estaba de pie, pero en la mano no tenía más la jarra sino algo cuadrangular y aún con tierra, de color ámbar y rayas negras. Abrió el álbum y buscó una página. Y César vio una foto atemporal, en blanco y gris, un paisaje cualquiera, una hora irreal y una muchacha, con un vestido sin color, dos trenzas, zapatos sin tacón y una sonrisa. Quizás por eso le costó reconocerla, porque la muchacha que relataba el relator sólo gritaba. La muchacha de la foto sonreía.</p><p>A la mañana siguiente, a la hora habitual, el bar abrió su puerta. En algún otro lugar, alguien miró el reloj, insultó en voz baja, y arrancó el camión sin esperar más a quien nunca llegaría.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G0neX5joImU5aydDuvwp-aiVleI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/bar.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Aunque la puerta sigue abierta, las sillas volteadas sobre algunas de las mesas indican que el bar ya está cerrado. La media luz ilumina dos siluetas...]]>
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                <updated>2024-11-23T22:05:43+00:00</updated>
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            Charly y la fábrica de hacer enanos
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nrWYRxVCTaJ8YwoMeV9pGBP37fI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/charly_y_la_fabrica_de_enanos.JPG" class="type:primaryImage" /></figure><p>Algo que quizás muchos desconozcan es que enano no se nace, se hace. No es azaroso ni casual, sino más bien sistemático y elaborado. El cómo y para qué, es algo que intentaremos dilucidar en este texto.&nbsp;</p><p>Fue un inglés, Jonathan Swift, quien nos hizo vislumbrar la posibilidad de que todo sea una cuestión de perspectiva a través de los dos más famosos viajes de su creación literaria llamada Los viajes de Gulliver. Como se recordará, el accidentado navegante llegó en un primer momento a Lilliput, un país en el que todos eran diminutos seres desde la óptica del recién llegado. Enanos que se asombraban ante el poderío y la inteligencia de este semidiós arrojado a sus plácidas playas por el destino; Gulliver era aquello que les permitiría vencer a sus eternos enemigos, aun a costa de recordarles lo atrasados que estaban: casi medievales ante un ejemplar salido de la modernidad naciente. Sin pensarlo, asumieron su condición de enanos y se sometieron voluntariamente a los designios del gigante; aunque más tarde quisieran arrancarle los ojos. Pero esa es otra historia.&nbsp;</p><p>En su segundo viaje, Gulliver se encontró de repente en otro país (Brobdingnag), un sitio poblado por gigantes, en donde –vaya paradoja– el enano podría haber sido él. Lo que, sabemos, no sucedió; es decir, no actuó como el enano que se supondría era debido a la diferencia de tamaño, sino que, una vez más, su inteligencia y vivencias previas le permitieron sobreponerse a la desdicha.&nbsp;</p><p>Esta historia, un verdadero éxito editorial desde su nacimiento allá por 1726, no es ingenua, ni mucho menos inocente como se intentó desvirtuar si no, como aseguran algunos entendidos, una crítica implacable a la sociedad inglesa de ese entonces, quizás con ambiciones no muy distintas de las sociedades capitalistas que dominaron el siglo XX. Y el XXI, claro. Para ser gigante, entonces, solo hace falta fabricar enanos. Eso lo sabían –o lo intuían al menos– ya los conquistadores romanos cuyo accionar se dividía en dos tiempos; uno de sangre y muerte y un segundo de sometimiento. Este último, el más importante, consistía en el reemplazo gradual de la cultura de los pueblos conquistados por la suya propia. Imponían las leyes, los dioses y, fundamentalmente, la lengua.&nbsp;</p><p>Los españoles que diezmaron nuestra América traían en sus barcos, junto a las espadas y los arcabuces, la Biblia y la lengua de Castilla. Traían su bagaje de dioses y de letras, de costumbres “civilizatorias” y de ritos. Alguien dijo alguna vez que un dialecto es solo una lengua que no tuvo suerte; esa quizás fuera la mala suerte del quichua y el mapuche, el guaraní y el mataco. Hoy, la conquista continúa. El eufemismo que lo identifica es el de globalización. La aldea global. El sitio que es todos los sitios, como una siniestra deformación del Aleph que relatara Borges. Una lengua única, una cultura única. La cultura del gigante, naturalmente. Esa que hace vestir de jeans a los paisanos de Atamisqui y festejar Halloween en las polvorientas callejas de Tilcara, nos muestra las miserias del mundo online y revisar nuestra historia en e-books. Sin embargo, pudo ser una gran victoria –minimizada hasta el olvido por los “derrotados”– que reapareciera la letra “ñ” en los teclados de las computadoras; una simple letra que es la identificación de la que hoy es nuestra lengua. Nada menos. Pero no fue una gran derrota sino más bien una negociación económica que permitió vender millones de teclados para los hispanohablantes que de ese modo accedían a un mundo virtual dominado por el inglés. Hay quienes ven como una pequeña venganza la gran inmigración latina al gigante del norte (residencia oficial de Charly) pero olvidan que esos inmigrantes a cambio de comprar el sueño americano vendieron su lengua y su pasado. Hablan “Spanglish”, un híbrido que, como el minotauro de Creta nació, al decir de Julio Cortázar, del amor y del deseo. Una victoria a lo Pirro, diría yo. Custodiar nuestra lengua es velar por nuestra esencia; somos habitantes de una lengua, perderla es condenarnos al destierro. Somos lo que hablamos, y en nuestro hablar se encuentra nuestra historia, nuestro pasado, costumbres, tradiciones, mitos y certezas; al hablar exhibimos, como una huella digital, nuestra genealogía y nuestro origen, aunque también los ocultos anhelos de sellar el mefistofélico pacto que pueda convertirnos –a sabiendas o no– en enanos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nrWYRxVCTaJ8YwoMeV9pGBP37fI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/charly_y_la_fabrica_de_enanos.JPG" class="type:primaryImage" /></figure>Algo que quizás muchos desconozcan es que enano no se nace, se hace. No es azaroso ni casual, sino más bien sistemático y elaborado. El cómo y para qu...]]>
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                <updated>2024-11-16T22:56:46+00:00</updated>
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            La mirada de los otros
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZWfhonaflWWQ4sAEw_anR1ucWg0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/la_mirada_de_los_otros.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuando lo conocí, Juan trabajaba de ciego en la esquina de la terminal de ómnibus. Solía venir –según me contó después– alrededor de las diez de la mañana y se quedaba hasta el mediodía, con lo que juntaba generalmente le alcanzaba para el almuerzo y no eran pocas las veces –en especial en verano, cuando la ciudad empezaba a llenarse de turistas– que ni siquiera tenía necesidad de trabajar a la tarde. Por ese entonces, Juan tendría unos veintipico de años, la cabellera tupida pero cortada casi al ras y unas mandíbulas angulosas que parecían un dibujo de Alberto Breccia. Tenía una voz entre gutural y gangosa, entrecortada, deliberadamente lastimosa e incomprensible que semejaba un ronroneo que acompañaba el mecánico movimiento de una lata en su mano derecha. No se precisaba saber mucho ni entender nada, los anteojos oscuros, el mentón ligeramente elevado hacia el cielo, el tintineo de alguna moneda en la lata y el siseo aguardentoso que dejaba escapar de su boca entrecerrada eran suficientes como carné de presentación para todo aquel que quisiera tener su dosis de humanidad y acción caritativa.</p><p>La mañana que lo conocí yo volvía de Buenos Aires. Era la primera vez que viajaba así que la terminal de ómnibus era para mí un edificio más, no muy diferente al de tribunales o la sinagoga. Estaba todavía pensativo e impresionado por ese mundo gigantesco y curioso que estaba a solo cuatro horas de viaje de mi ciudad y al que no había conocido sino hasta hace un par de días atrás, cuando bajé del colectivo y caminé hasta la esquina buscando algún conocido que me acercara hasta mi casa. Ahí lo vi. Me detuve delante de él y lo observé durante no sé cuánto tiempo. Los pocos pasajeros que venían en el colectivo que me había traído se dispersaron rápidamente y quedamos prácticamente solos él y yo. Cuando el silencio copó la terminal, dejó de sacudir la lata. Yo miraba mi reflejo en sus anteojos oscuros y sucios de tierra, él bajo el mentón y pareció tomar conciencia de mi presencia.</p><p>–¿Qué pasa, no te vinieron a buscar o estás al pedo?</p><p>– Las dos cosas. Dije sin poder evitar reírme por la pregunta y sorprenderme por el tono de su voz, que no era el de la letanía de hacía un momento.</p><p>–¿En serio sos ciego, vos?</p><p>–¿Ya comiste? Sino acá a la vuelta hay un boliche que se come muy bien y por dos mangos. Vamos, te acompaño y te dejo pagar encima– dijo.</p><p>Sin esperar respuesta, se adelantó, me tomó del brazo y empezamos a caminar por calle Bolívar hacia el oeste. Hacía calor y hasta la tarde, según supe después, no había más colectivos.</p><p>Llegamos a un pequeño restaurante sobre calle Montevideo, me ubiqué en una mesa cerca de la barra y él se dirigió al baño. Volvió sin los anteojos, con la cara y las manos aún algo húmedas y se sentó frente a mí.&nbsp;</p><p>–Sos una estafa ¿no? Te haces pasar por ciego y mendigas dando lástima.</p><p>–¿Yo te dije que era ciego? ¿vos me escuchaste decirle eso a alguno de los que pasaba o me tiraba una moneda? ¿Me escuchaste que pidiera limosna?</p><p>–No, pero…</p><p>–Pero ¿qué? ¿Porque tengo anteojos oscuros ya se supone que no veo? ¿Sacudo la lata y ya vos entendés que te estoy pidiendo plata? ¿Sabés lo que pasa? Que cada uno ve lo que tiene ganas de ver, escucha lo que necesita escuchar, ¿sabes las veces que veo una mina que no le compra caramelos a los gurises para darme las monedas a mí? Y por qué crees que hace eso, ¿porque es buena? No, porque los mata la culpa y encima pretenden comprar la redención con dos monedas, porque les encanta la sensación de sentirse superiores, como los reyes cuando salían por las calles a repartir limosnas para que todos vieran lo bueno y generosos que eran, cómo querían a su pueblo; estos no son reyes y su máxima aspiración es que un mendigo los bendiga por su generosidad de mierda. ¿y vos decís que yo soy la estafa? ¿Sabés qué vengo a ser yo? Una especie de espejo pero que, a diferencia de los otros, nadie quiere mirarse porque no se ve por fuera sino por dentro. ¿qué loco eso, no?</p><p>Eso, palabras más, palabras menos, fue lo que me dijo. Almorzamos y hablamos durante casi dos horas, en realidad fue casi un monólogo de su parte. Cuando íbamos a retirarnos, llevé la mano al bolsillo, pero él me detuvo secamente: dejá, yo te invito, la próxima pagás vos.</p><p>Durante varios días no pude evitar pensar quién sería ese extraño personaje y confieso que contuve mis ganas de acercarme a la terminal a ver si lo encontraba y le devolvía su gentileza del almuerzo a cambio de escucharlo de nuevo. No lo hice y ya nunca más pude hacerlo, un día cualquiera escuché por la radio que habían matado a alguien que, por la descripción, no podía ser otro que él. Las circunstancias de su muerte eran tan extrañas que no pude evitar pensar qué miserias humanas habría estado explorando para pagar con su vida.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZWfhonaflWWQ4sAEw_anR1ucWg0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/la_mirada_de_los_otros.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Cuando lo conocí, Juan trabajaba de ciego en la esquina de la terminal de ómnibus. Solía venir –según me contó después– alrededor de las diez de la ma...]]>
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                <updated>2024-11-02T22:41:19+00:00</updated>
                <published>2024-11-02T22:39:39+00:00</published>
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            La mujer que se atrevió a curar vestida de utopía
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/s0hJBBxBo23CDOlfo7QnBjSHGJE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/agnodice.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Una conocida marca de cigarrillos pensada para mujeres utilizaba un slogan que persiste en la memoria de quienes peinan o tiñen algunas canas; sin dudas, aquella frase publicitaria era casi una declaración de principios: “Has recorrido un largo camino, muchacha”, rezaba. Camino que, sabemos, no fue fácil ni mucho menos para las herederas de quien fuera la responsable de la expulsión del paraíso; para ambos pecadores el destierro, pero para ella, además, el castigo de parir con dolor.</p><p>Sin dudas, los autores de la Biblia tenían muy clara la polisemia del término parir. Desde el principio de los tiempos –cualquiera haya sido el principio− la condición de mujer obligó a escribir o al menos intentar que dejaran de escribirse algunas de las páginas más oscuras de la historia. Cada cultura, de la mano de su religión o sus costumbres, hizo lo propio para que la palabra igualdad no tuviera nada que ver con el género. Cada conquista en la lucha por esa, en impresión inconcebible, igualdad, estuvo precedida por sufrimiento, persecución y no pocas veces muerte. Cuando se repasa la historia de los logros femeninos, se percibe con claridad que nunca está mejor utilizado la expresión conquista para referirse a ellos.&nbsp;</p><p>“A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti” Génesis 3:16. Pero ¿no podía hacerse nada para que la sentencia bíblica no fuera tan literal? Quizás esta fue la pregunta que se hizo Agnodice antes de tomar la decisión que casi le costaría la vida.</p><p>Para hablar de Agnodice, debemos remontarnos a la Grecia de los tiempos de los primeros filósofos (curiosamente, un campo académico que, al decir de Eugene Park: "Es predominantemente blanca y predominantemente masculina, esta homogeneidad existe en casi todos los aspectos y en todos los niveles de la disciplina (la filosofía") y allí encontraremos a esta mujer nacida en el seno de una tradicional familia ateniense. Agnodice debe haber vivido como injusto el que algo tan natural como un parto se convirtiera a veces en verdaderos suplicios –cuando no la muerte– y eso hizo que su deseo luego se convirtiera en la obsesión de ser médica.&nbsp;</p><p>¿Mujer y médica en el siglo IV? Bueno, en realidad razones había para soñarlo. Hipócrates (470-360 a.C.) ya había formado algunas mujeres para ejercer la medicina –en particular en el arte de lo que hoy sería la obstetricia− no obstante, tras la muerte del maestro, se comenzó a denunciar la realización de abortos por parte de estas mujeres. Bajo acusaciones falsas o verdaderas −es irrelevante en este momento ese análisis−, se prohibió la práctica de la medicina para la mujer (como si los médicos hombres no hubieran realizado abortos). Y se condenó dicha transgresión con la pena de muerte.&nbsp;</p><p>Agnodice, sin embargo, logró convencer a su padre −tal su determinación− y éste accedió a ayudarla a concretar su sueño enviándola a estudiar a Egipto, más precisamente a Alejandría, y nada menos que con el gran anatomista Herófito (quién, entre otras muchas y fantásticas afirmaciones, sentenció que la inteligencia se hallaba en el cerebro y no en el corazón, como era de creencia popular). Eso sí, debió cortarse el cabello y no solo vestir sino asumir por completo el aspecto de hombre.</p><p>De regreso a su patria, comenzó a ganar fama entre las mujeres dadas su capacidad y trato para con ellas (aunque continuaba travestida de hombre) lo que le valió ganar cada vez mayor fama y clientela. Afirmaba José Ingenieros en “El hombre mediocre” refiriéndose a la envidia: “(…) los hombres de letras no se quedan atrás, pero los cómicos y las rameras tendrían el privilegio, si no existiesen los médicos”. La envidia medicorum. Eso fue quizás, lo que llevó a sus colegas, primero, a perseguirla acusándola de “acercarse demasiado a sus pacientes” y, más adelante, hasta de violación.&nbsp;</p><p>Acto seguido, fue llevada a juicio. El mismo se realizó en una colina llamada Areópago que –vaya paradoja− se llamaba así porque Ares (Dios de la guerra) había sido juzgado por los dioses y exonerado de ser ajusticiado por haber matado a Halirrotio, hijo de Poseidón, quien había violado a la hija de Ares, Alcipe.&nbsp;</p><p>En un momento del juicio, Agnodice decidió confesar su condición de mujer y para ello mostró sus genitales a fin de ser creída y sobreseída de las calumnias. Pues bien, dicha confesión le valió que sumara la grave acusación de suplantación de identidad para ejercer una profesión prohibida a las mujeres. Finalmente, cuando ya su suerte estaba echada, las mujeres atenienses irrumpieron en el juicio evitando no sólo que salvara la médica su vida, sino que, además, se pudiera rever la ley que prohibía que ejercieran.</p><p>Como vemos, desde hace por lo menos 2.500 años las mujeres han debido pelear una a una cada batalla –desigual y agotadora− en la búsqueda no de privilegios sino apenas de una igualdad que a ninguna parece importarle que, por momentos, sea lo más parecido a una utopía.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/s0hJBBxBo23CDOlfo7QnBjSHGJE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/agnodice.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Una conocida marca de cigarrillos pensada para mujeres utilizaba un slogan que persiste en la memoria de quienes peinan o tiñen algunas canas; sin dud...]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2024-10-19T19:04:00+00:00</published>
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            La fe de Teresita
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                <![CDATA[El Día Ahora]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WtQ96SEnyDE8LlZt5Wjktq8EFGA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/la_fe_de_teresita.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Teresita nació en un hogar en el que se iba a misa los domingos, se guardaba respetuoso silencio durante la Semana Santa y se tenía bien claro que la Navidad era una fiesta religiosa en la estaban de más la pirotecnia, la desmesurada ingesta de bebidas alcohólicas y hasta quizás también lo estuviera el perdón hipócrita que duraba, como mucho, hasta Reyes, en que todo volvía a la normalidad con amigos y parientes a los que suele unirlos más la soledad y la culpa que el afecto.</p><p>Como todos los niños educados sobre la base de un estudio memorístico y no razonado –si acaso se pudiera– del catecismo, Teresita no rezaba, sino que expresaba, a voz viva o mentalmente, oraciones aprendidas a fuerza de repetición y que, es justo decirlo, muchas veces desconocía su significado. Pero eso, también es justo decirlo, tampoco era motivo de preocupación o algo que le quitara el sueño. No por lo menos mientras fue niña.</p><p>Cuando llegó a la adolescencia y la escuela secundaria la encontró en una escuela pública, empezó a dudar de la infalibilidad de las estampitas y los rezos a la hora de aprobar los exámenes. Algo similar ocurría en relación a los primeros amoríos, en donde comenzó a dudar del valor agregado de los cuidados de la virtud a la hora de salir de noche y procurar los mejores candidatos.</p><p>Más adelante, su padre tuvo un infarto y la frase del médico: "está en manos de Dios", le sonó casi como una burla y pensó si encomendarse al Ángel de la guarda cada noche, en su ahora cada vez más lejana infancia, había sido una buena idea considerando lo que parecía significar estar en las manos de los santos. El padre murió esa misma noche. La madre seis meses después. Teresita quiso donar todos los San Roques, Vírgenes Marías y hasta un San Expedito al asilo de ancianos, amablemente le contestaron que, si no se ofendía, preferían un televisor.</p><p>Teresita cayó presa de una profunda depresión. Tomó conciencia de que ya tenía 40 años y ni siquiera tenía marido. Ni un gato tenía, ya que era alérgica a los pelos de los gatos. No tenía amigas. Y no tenía fe.</p><p>Nunca se vio una ocasión más propicia para que los vendedores de parcelas en el cielo se acercaran a ella y la convencieran de que no todo estaba perdido ni mucho menos, que para la Iglesia Universal de los Adoradores del Noveno Mandamiento no hay nada que un diezmo no pueda lograr y mucho menos aún la felicidad tanto terrenal como eterna.</p><p>Teresita descubrió entonces que tenía una voz que quizás sería lo suficientemente buena como para agradar a los ángeles, los arcángeles y ni qué decir del pastor, que hasta comenzó a visitarla en su propia casa, los domingos a la tardecita después del oficio primero y los días de entresemana después. Ella ya lo esperaba con la cena –el pastor era de gustos sencillos pero de buen apetito–, el vinito tinto que aprendió a conocer que le gustaba –hay que tomar poco pero del bueno, se jactaba él– y, cuando quiso acordarse, el pastor almorzaba y cenaba en casa de Teresita. Ella se sintió viva y feliz por primera vez en su vida. Él no le pedía nada a cambio de dárselo todo, su tiempo, sus oraciones, sus miradas cómplices desde el púlpito los domingos durante el oficio. Nada le pedía. Hasta ese día.</p><p>Fue después de almorzar un domingo, las palabras de elogio hacia los tallarines con boloñesa se mezclaban con citas bíblicas y risas cómplices. Fue mientras sacaba una generosa cucharada de dulce de leche del pote para dejarlo caer sobre el flan casero que le dijo casi como al descuido que estaba con problemas. No de salud, se adelantó a aclarar ante la expresión de pánico de Teresita, problemas terrenos, dijo. Teresita no advirtió en ese momento cuán literal era lo de terrenos. Una mala inversión inmobiliaria, un amigo que no pudo cumplir con lo pactado; en fin, necesitaba sacar un préstamo y la casa de Teresita como garantía era lo que permitiría llevar nuevamente la paz al templo.</p><p>Teresita, con los ojos llenos de lágrimas y cristiana compasión lo escuchó dar los detalles del negocio de marras; cuando el pastor terminó, ella le propuso orar juntos, luego entonar algunos salmos, más tarde recordaron anécdotas maravillosas del tiempo que compartieron haciendo hincapié en lo que ella llamaba: su nuevo nacimiento. El nacimiento a la fe. Cantaron, oraron, rieron, lloraron y recién entonces, sin ninguna culpa ni remordimiento, Teresita lo mandó al carajo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WtQ96SEnyDE8LlZt5Wjktq8EFGA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/la_fe_de_teresita.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Teresita nació en un hogar en el que se iba a misa los domingos, se guardaba respetuoso silencio durante la Semana Santa y se tenía bien claro que la...]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2024-10-12T13:00:00+00:00</published>
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            La muerte como una cuestión epistemológica
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        <author>
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HlzOILXNTaPfEtY-calniQY8jaU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/muerte.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Intentar definir el concepto de muerte es una tarea tan ardua como probablemente ímproba. La muerte, como parte del ciclo vital (nacer, crecer, reproducirse y morir) termina siendo, paradójicamente, parte de la vida. Parte insoslayable del ciclo de la vida. El temor a la muerte, a la finitud, tiene su origen casi paralelamente al origen del homo sapiens, el animal que logra crear e interpretar los símbolos, capaz de un razonamiento abstracto, el hombre posibilitado de una introspección. Cuando nace la conciencia de muerte nacen los dioses. Dioses que intervienen desde los inicios de la medicina cuando luchan por inclinar la balanza en la lucha entre la vida y la muerte Eros (dios de la vida) y&nbsp;Tanatos (dios de la muerte) debiendo, no en pocos casos, apelar tan sólo a la resignación como único recurso y muchas veces siendo disputado por otro dios que busca aferrar a los humanos al mundo terreno: Agón, dios de la lucha. Dios de la agonía.&nbsp;</p><p>La aparición en el siglo pasado de nuevas herramientas terapéuticas tales como el respirador artificial, los equipos de diálisis, las cirugías de alta complejidad, los trasplantes de órganos y otros muchos, provocaron un profundo cambio en ese ya de por sí inestable paradigma de la muerte. Nace, como concepto, la muerte cerebral. Ni el corazón detenido es sinónimo de muerte ni un corazón batiente es sinónimo de vida. El soporte brindado en las Terapias Intensivas genera nuevos problemas éticos que oscilan entre los extremos del encarnizamiento terapéutico y el retiro del soporte vital.&nbsp;</p><p>Ya en 1952, durante la apertura de un congreso de neurología, el Papa Pío XII advertía “El médico mira, pues, el aspecto médico del caso; el moralista, las normas morales. Ordinariamente, explicándose y completándose mutuamente estos datos, será posible un juicio seguro sobre la licitud moral de cada caso en su situación absolutamente concreta.” El debate estaba planteado. Opiniones convergentes y divergentes surgen casi a diario; el Dr. Camilo Talé, reconocido profesor titular de Filosofía del derecho afirma: “El hombre tiene el deber moral de preservar la salud, y por ende está obligado a aplicarse los medios terapéuticos que no sean desproporcionados; pero no debe ser coaccionado para ello. (…) Por los fundamentos expuestos (y no por una ‘autonomía’ moral del paciente), hay que afirmar que, en general, ni los médicos ni la sociedad tienen la facultad de constreñir al enfermo para el beneficio de éste”.&nbsp;</p><p>En una sociedad en donde los recursos no son de ningún modo ilimitados y mucho menos universales en cuanto a salud se refiere, también se suma al debate el hecho de que mantener artificialmente con vida a ciertos pacientes –que sin el soporte mencionado estarían indefectiblemente condenados a la muerte- conlleva el acaparamiento a todas luces inconducente de recursos económicos, así como de infraestructura hospitalaria, impidiendo una distribución más ecuánime de dichos recursos.&nbsp;</p><p>Como si fuera escaso el cono de sombras que se yergue sobre estas decisiones controversiales, no es menor la opinión de familiares y allegados que aportan su cuota de confusión ante una ya de por sí difícil situación. Prolongar innecesariamente la vida no sólo perjudica a quienes se está privando del derecho a una muerte digna, sino que, indirectamente, priva a muchos otros de dichos recursos que, como se dijo antes, son no sólo finitos sino generalmente escasos o insuficientes.&nbsp;</p><p>Escribe Carlos Gherardi en su libro Vida y muerte en Terapia Intensiva: “que estas salas (de Terapia Intensiva) habiendo nacido para la restauración de la vida casi perdida, no se transformen en una obligada estadía previa a la muerte”.&nbsp;</p><p>No deben, las instituciones de salud en general y las terapias intensivas en particular, convertirse obligatoriamente en la antesala obligada de la muerte. Según Gherardi: “la agonía injustificadamente prolongada, el sufrimiento extremo, la desfiguración y el aislamiento del paciente, cualquiera de ellas puede ser la consecuencia del encarnizamiento terapéutico que conlleva formas de morir que resultan una caricatura de la dignidad personal”.</p><p>Decíamos al inicio, qué difícil resulta definir el concepto de muerte considerando que este no es, sino, una construcción cultural y por lo tanto humana, de allí la alternativa de pensarla desde un punto de vista epistemológico. Y debatirlo en consecuencia. Ese quizás sea el desafío. Desde nuestra sociedad y con nuestra mirada, nuestros conceptos y nuestra visión, desde nuestros prejuicios y nuestros temores. Quizás, y paradójicamente, empezar a pensar en el significado de una muerte digna nos ayude a pensar el significado de una vida digna.&nbsp;</p><p>Me gusta, en este punto, citar una anécdota atribuida a Sigmund Freud por Peter Gay: “A la edad de 83 años, Sigmund Freud se había sometido a 33 operaciones. Sufría un cáncer de maxilar hacía más de 15 años. El 21 de Septiembre de 1939, estando el doctor Shur sentando junto a su paciente, Freud le tomó la mano y le dijo si recordaba el “contrato” que ambos tenían, “prometió no dejarme en la estacada cuando llegara el momento. Ahora sólo queda la tortura y no tiene sentido, hable con Ana y si ella piensa que está bien, terminemos”.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HlzOILXNTaPfEtY-calniQY8jaU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/muerte.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Intentar definir el concepto de muerte es una tarea tan ardua como probablemente ímproba. La muerte, como parte del ciclo vital (nacer, crecer, reprod...]]>
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            Lo que aprendió Ramón de su viaje al centro de la Tierra
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/izq2U-t1a499oDXemU31HmhcS3I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/pozo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En Pueblo Nuevo, uno de los míticos barrios periféricos de nuestra ciudad, nació y vivió toda su vida Ramón Torresani, hombre honesto, trabajador y pocero de profesión. Desde hacía ya varios años, con la llegada del progreso, tanto a la ciudad como al campo, su trabajo había disminuido bastante, por lo que el tiempo libre lo utilizaba haciendo diferentes changas que le permitían vivir humilde, pero dignamente. Pero, humano al fin, Torresani también tenía sus defectos: amante desmesurado de las bebidas espirituosas y mentiroso al extremo. Ninguna de las dos molestaba a nadie ya que no tenía familia a quien avergonzar con su vicio y sus mentiras provocaban más gracia que daño ya que abundaba en exageraciones e historias hilarantes y plenas de desmesura.&nbsp;</p><p>Solía recalar a la caída del sol por un conocido bodegón de la zona en donde siempre había una silla libre para que se sentara a compartir sus historias, la mayoría de ellas ligadas a su oficio, que era su mundo. Allí, bebía un vino áspero que el bolichero servía casi hasta el borde del vaso dejando, según expreso pedido de Ramón, siempre un dedo libre para cortarlo con un poquito de agua. “A lo Jesús”, decía. En varias ocasiones había explicado su descabellada hipótesis acerca de la errónea interpretación bíblica del vino y el agua y que él resumía en que, según los libros sagrados, Jesús rebajaba el vino con agua. El bolichero, respetuoso de Ramón y sus tradiciones religiosas, le dejaba un chupín de vidrio con agua para que el otro lo usara cuándo y cómo creyera conveniente.&nbsp;</p><p>Cierta noche, sorprendió a la nutrida concurrencia del bodegón –dado que era viernes y vísperas de fin de semana largo– despidiéndose por algún tiempo ya que iniciaría, según adelantó, un viaje que llenaría de orgullo tanto a su persona como al barrio todo. La cosa empezó, en realidad, cuando un par de parroquianos, conocedores de los puntos débiles de Ramón, comenzaron a elogiar las virtudes de un tal Ramallo –Jeremías Ramallo, hombre de Gualeguay– capaz de hacer un pozo de hasta 25 metros en una mañana. Ramón acusó la estocada, pero no dijo nada y siguió bautizando su vino en silencio. Las lisonjas, lejos de disminuir, iban aumentando a medida que avanzaba la noche y el número de parroquianos que seguía aportando datos, algunos ya rayanos al disparate, sobre ese tal Ramallo y nada parecía hacer mella en el sensible orgullo del pocero de Pueblo nuevo.&nbsp;</p><p>Sería casi la una de la noche del sábado ya cuando Ramón se puso de pie, pidió la cuenta y anunció sin emoción que iba a ausentarse por algún tiempo del boliche debido a un viaje que iba a realizar.&nbsp;</p><p>–¿Salió una changa en algún campo, Ramón? Preguntó uno.&nbsp;</p><p>–No es trabajo precisamente.&nbsp;</p><p>–¿Vacaciones? Argumentó otro con un dejo de sorna.&nbsp;</p><p>–No sé qué es eso. Respondió Ramón.&nbsp;</p><p>–¿Y entonces? Dejá de hacerte el misterioso, che.&nbsp;</p><p>–Si quieren, llamenló desafío personal. –Y siguió–, como hay algunos que todavía dudan de mis habilidades con la pala de punta, he decidido romper mi propio récord y me voy a ir a profundidades que nadie ha llegado jamás. –Y nadie, no de acá, de toda la provincia–. Enfatizó.&nbsp;</p><p>–¿Y a dónde vas a ir, Ramón?&nbsp;</p><p>–Al centro de la Tierra. Dijo.&nbsp;</p><p>Nadie sabía que lo que había alimentado esa decisión había sido, además de la mencionada charla sobre este ficticio pocero de Gualeguay, una conferencia que había disfrutado casi por casualidad Ramón en la que el escritor Darío Carrazza se explayaba sobre la obra de Julio Verne y uno de los tópicos era, precisamente, Viaje al centro de la Tierra, que quién sabe qué efectos tuvo en ese momento en Ramón y que hoy venía a ser esgrimida como carta de triunfo en el boliche.&nbsp;&nbsp;</p><p>Nadie se atrevió a decir nada en ese momento para evitar herir los sentimientos del pocero que tan estoicamente había aguantado en silencio toda la noche las cargadas, pero el silencio se empezó a volver preocupación cuando pasaron varios fines de semana y nada se sabía de Ramón. Tanto es así que hasta algunos borrachines comenzaron a preguntarse si no estaría viajando en serio hasta el centro de la Tierra.&nbsp;</p><p>Casi tres meses duró la ausencia de Ramón al boliche. Y suerte que fue para agosto que volvió, sino capaz que de haber sido para Semana Santa alguno iba a pensar que era una resurrección. Entró al bodegón como si nada y se ubicó en una de las mesas a la espera de un vaso de vino. Todos rodearon al recién llegado y nadie se animaba a preguntar nada. Ramón tomó el vaso, le agregó unas gotas de agua, bebió un trago que pareció eterno, eructó respetuosamente y recién entonces habló.&nbsp;&nbsp;</p><p>–Como lo prometido es deuda, hice el viaje que les anticipé y aquí estoy de vuelta, trayendo pruebas irrefutables de mi viaje.</p><p>–¿Y qué trajiste, Ramón? –se atrevió a preguntar uno.&nbsp;</p><p>–Experiencia– dijo. Y algunas respuestas a preguntas que la ciencia venía haciéndose desde hace añares. Primero, y de esto ya no puede seguir habiendo discusión, los dinosaurios están acabados del todo.</p><p>-¡Noooo! Se oyó un grito desde el lado de la barra.&nbsp;</p><p>–Segundo. –Dijo Ramón levantando una mano y llamando a silencio-, segundo: el que diga que en Federación hace calor es porque nunca fue al centro de la Tierra. Esos son calores, resaltó.&nbsp;</p><p>–¡Lo parió! Agregó el que tenía al lado.&nbsp;</p><p>–Por último, y lo más importante, el volcán Nautilus ha salvado varias vidas a pesar de ser tan peligroso.&nbsp;</p><p>El Negro Martínez, que era filoso como cuchillo de matarife, intentó ponerlo en aprietos.&nbsp;</p><p>–Todo bien, Ramón, pero, ¿cómo sabemos que es verdad que llegaste hasta ahí y no nos estas bolaceando?&nbsp;</p><p>–Fácil. Planté una bandera de Pueblo Nuevo justo en el centro.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/izq2U-t1a499oDXemU31HmhcS3I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/pozo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En Pueblo Nuevo, uno de los míticos barrios periféricos de nuestra ciudad, nació y vivió toda su vida Ramón Torresani, hombre honesto, trabajador y po...]]>
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                <updated>2024-09-28T19:23:28+00:00</updated>
                <published>2024-09-28T11:22:00+00:00</published>
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            El regreso de Cortázar al Suda
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ltqYgEMXiMCooSGj3LLIQptHZkM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/cronica_urbanas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Se llamaba Roberto. Roberto “Chiche” Echenique. Nació y creció en la barriada de atrás de la Catedral, en el barrio del Suda, en donde todos lo conocía como Cortázar. Alto, desgarbado, de mirada profunda y huidiza, solía recalar todas las noches en la cantina del club Sudamérica, “el Suda”, en donde pasaba largas horas jugando al mus y bebiendo lo que cayera a la mesa. Tuvo que aprender por necesidad a jugar al mus a pesar de que siempre había preferido –y era bueno en eso, para qué negarlo– el truco, pero optó por cambiar de juego tras no quedar prácticamente nadie con quien no se hubiera trompeado. Porque eso sí, tan bonachón como chinchudo era. Lo de Cortázar, como todos llegaron a llamarle y a él, lejos de disgustarle le gustaba más que Chiche, su apodo de la infancia, había nacido precisamente en el club, allá por los ochenta. El único canal que medianamente se veía era ATC, como se llamaba el antiguo canal 7, luego TV pública, y se encontraba permanentemente encendido, sin sonido, como una visita discreta en una de las paredes de la cantina. Un día cualquiera, una noche cualquiera, mejor dicho, mientras observaban el noticiero, apareció la figura enorme de Julio Cortázar regresando al país después de un prolongado exilio al que tuvo que regresar muy pronto debido al vacío que sintió a su vuelta a la Argentina. Llamó la atención a la escasa concurrencia de esa noche primero la figura del escritor –a quien naturalmente no conocían- pero lo importante sucedió cuando lo escucharon hablar. Parece Chiche, gritó uno y todos asintieron. Chiche padecía –literalmente hablando– de un trastorno del habla en el que no podía pronunciar las erres y las reemplazaba por una ge. Precisamente esa fue la razón por la debió abandonar el truco ya que bastaba que gritara exaltado: “tguco” para que las cargadas no se hicieran esperar. Por eso, también, se presentaba como Chiche y no como “Ggobegto” ya que la situación era la misma. En aquella época y aquel barrio si alguien hubiera mencionado la palabra “bulling” se hubiera confundido fácilmente con una marca de whisky barato por lo que la infancia y adolescencia de Chiche no fue precisamente un lecho de rosas a la hora de relacionarse con la barra. Desde aquella noche todos empezaron a llamarle Cortázar y a él no le molestaba. Le habían dicho que era un reconocido escritor y como Chiche despuntaba de a ratos el vicio de la poesía repentista, hasta lo vivió con cierto halago. Tenía, además, la curiosa capacidad –nacida sin dudas de la angustia– de hacer cuartetas de hasta tres o cuatro estrofas esquivando toda palabra que contuviera erres y, de ese modo, privaba a los borrachines del placer de cargarlo mientras exhibía sus veleidades poéticas.</p><p>La vida de Cortázar transcurría con la serenidad que solo puede proporcionar la rutina, por lo que la cantina empezó a extrañar sus calenturas y peleas. Alguien decidió jugarle una broma y todos se sumaron a la perversa idea. ¿Cómo puede catalogarse sino a lo que sirve para divertirse a costillas del dolor del otro?&nbsp;</p><p>-Che, Cortázar, el viernes es el aniversario de tu muerte. Le dijo uno como toda recepción cuando este se hizo presente al boliche.</p><p>-¿Cómo decís?</p><p>-No, fuera de joda, el viernes se cumplen no sé cuántos años del nacimiento del otro Cortázar y ya que vos, aparte de usarle el nombre también sos medio colega, los muchachos querían hacerle un homenaje y que vos leyeras alguna poesía de él.</p><p>-¿Y de dónde querés que saque una poesía de él?</p><p>-Ah, el Rulo la consigue –se sumó otro–, él tiene Internet en el laburo y ahí se consigue todo.</p><p>A Cortázar le gustó la idea y su rostro no pudo ocultarlo. Tanto le gustó que bajó por un momento su defensa y no pudo ver de dónde vendría el uppercut que lo dejaría nocaut un par de días más tarde.</p><p>Ese viernes estaba todo listo. La cantina llena. Hasta un micrófono y un par de parlantes habían conseguido. Con varios cajones de cerveza dados vuelta hicieron el proscenio y apelaron a cuanto ardid andaba dando vueltas para no darle el papel con la supuesta poesía de Julio Cortázar hasta el momento de iniciar su lectura. El pelado Lencina lo presentó y todo. La poesía que habían preparado –apócrifa por donde se la mirara– empezaba diciendo: Ruedas raídas las de mi carroza renegrida / retorcidos relámpagos refulgen como rayos…</p><p>Cortázar subió al escenario improvisado tras la empalagosa presentación de Lencina quien, en ese instante, le entregó la hoja doblada con una mirada cómplice. Cortázar abrió la hoja, echó una rápida mirada y apenas alzó los ojos adivinó las risas contenidas en todo el auditorio. Lo primero que pensó hacer fue echarlos a la mierda, pero no podía ya que iba a darles el gusto de decir “miegda”; por lo que se limitó a doblar nuevamente la hoja, meterla en el bolsillo del saco que le habían prestado y salir de la cantina atravesando el pesado silencio que se había creado. Nadie pudo reírse. Hasta ese momento nadie se percató de que había sido una broma estúpida. Pero ya era tarde.</p><p>Cortázar no volvió nunca más por la cantina del Suda. Hasta ese 26 de agosto, día de muerte del otro Cortázar, de Julio. Todos lo vieron entrar y se petrificaron. Lo vieron tomar un cajón, darlo vuelta, subirse a éste, sacar una hoja del bolsillo de una campera azul tipo ferroviario que siempre usaba y tras carraspear como un toque de atención dijo:</p><p>-Dedicado a vos, colega, en este infausto aniversario de tu óbito. Y leyó: “Qué vanidad imaginar que puedo darte todo, el amor y la dicha, itinerarios, música, juguetes. Es cierto que es así: todo lo mío te lo doy, es cierto, pero todo lo mío no te basta como a mí no me basta que me des todo lo tuyo.</p><p>Ni una sola erre.</p><p>Cortázar por Cortázar –remató– y fue a servirse un vino, que no pensaba pagar, junto a la barra.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ltqYgEMXiMCooSGj3LLIQptHZkM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/cronica_urbanas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Se llamaba Roberto. Roberto “Chiche” Echenique. Nació y creció en la barriada de atrás de la Catedral, en el barrio del Suda, en donde todos lo conocí...]]>
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                <updated>2024-09-21T19:18:51+00:00</updated>
                <published>2024-09-21T19:17:56+00:00</published>
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            Cosas de australianos
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        <author>
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/m5h-JSM2SGP3JwLgxYYb_15jefM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/bumerang.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fue para un verano de hace bastantes años, cuando el océano era mucho más grande que ahora y las distancias se medían en semanas y no en horas, que sucedió esto que les narro.</p><p>Por aquel entonces lucir en el mueble del comedor un souvenir hecho con caracoles de Mar del Plata era todo un detalle, segundado poco más allá por alguna artesanía traída desde Carlos Paz o desde la lejana Bariloche. Europa, por aquellos años, apenas había dejado de traer gringos, por lo que descubrir suvenires de esos países era prácticamente una rareza. Quizás por eso causó tanta conmoción cuando el turco Budeguer entró al boliche con aquel objeto que los más versados en historia universal podían haberlo visto en alguna película de aventuras, pero nunca haber siquiera imaginado tener uno no solo a la vista sino al alcance de la mano.</p><p>Acá está, para los que creían que era todo un invento mío —dijo exhibiendo un paquete envuelto en papel de diario—, y original, ¿eh? Nada de imitaciones berretas. Desenvolvió el paquete y ante la atónita mirada de todos los parroquianos que estaban a esa hora en el bar del vasco, tomó con ambas manos, casi como si de un santo grial se tratara, un búmeran. ¿Y de dónde decís que te lo trajeron, turco? Preguntó uno sin sacar la mirada del objeto de madera que exhibía curiosos dibujos simétricos en cada una de sus alas. De Australia. ¡A los patos! Mirá que es lejos eso, ¿eh? ¿y andan todos con eso encima allá, como los paisanos acá con el facón? Increpó el vasco. Por lo que he podido saber, arrancó el turco, esta isla, ¿Cómo isla, no es un país? Cortó el petiso Echegoyen. Sí, es una isla y un país también, no es una islita de esas de los dibujitos con una palmera en el medio, es enorme, no sé cuántos kilómetros tiene, pero es gigantesca. Y hay canguros, también, aportó Mendizábal, que apuró la ginebra y se acercó a la mesa que se había convertido en el centro de atención del bar. Y a quién se le puede ocurrir irse a vivir a una isla en medio de la nada ¿podés explicarme? Dijo el vasco mientras completaba el vaso de Mendizábal. Presos. Eran todos presos. ¿Cómo que eran presos? ¿Me estás cargando vos? No, de verdad, los ingleses, que se habían apoderado de la isla después de someter a los nativos de ahí, bah, más que someter los habían hecho bolsa, como no sabían qué hacer con todos los presos que se le habían juntado en Inglaterra, decidieron mandarlos para allá y como era más fácil quedarse a vivir ahí que volverse se aquerenciaron. Bueno, más o menos como hicieron aquí con la isla Martín García o con la cárcel de Ushuaia. Ponele, concedió el turco. Pero, ves, eso es lo que no entiendo, dijo Mendizábal metiéndose de lleno en la conversación ya con el vaso cargado, los gringos mandan un grupo de presos a una isla en el culo del mundo y estos tipos te hacen un país impresionante; acá los presos no sirven ni para hacer huerta, ¿me explicas cómo es eso?</p><p>Mira, dijo el turco, yo creo que esto es lo que te puede dar la respuesta, dijo y mostró a la mesa el búmeran que todavía sostenía entre ambas manos. No entiendo, dijo una voz desde atrás, ¿qué tiene que ver eso? Mirá, lo que hace diferente a este pedazo de madera es que vos lo tirás y vuelve, lo tirás y vuelve, es como una metáfora de la vida, ¿entendés? Todo lo que vos tirás, vuelve, y si no estás preparado para recibirlo te saca la cabeza, yo creo que eso es lo que ha pasado y pasa en este país con algunos políticos, que esos sí están en su propia isla con la palmera haciéndoles sombra y creen que son los dioses del mundo, piensan por los demás, deciden por los demás y hasta se enfurecen si alguien, no digo ya que los contradiga, que a alguien se le ocurra decirle que puede estar equivocado, listo, que se dé por liquidado, muerto y afeitado. Esos dioses de pies de barro son sordos, ciegos y necios. Además, ignorantes. Porque si supieran esto que les estoy contando acerca del búmeran se darían cuenta de que todo eso que tiran les va a volver y les va a reventar en la mano, en el cuerpo, en el orgullo y, fijate si serán brutos que ni siquiera aprenden lo que la historia cuenta a los gritos, ninguno de los grandes déspotas de la humanidad resistió a sus pueblos que, como bumeranes, se le volvieron en contra, qué decir entonces de nuestros tiranuelos de opereta.&nbsp;</p><p>La verdad, turco, dijo el vasco, algo de razón tenés, mirá que no damos pie con bola con los mandamases, ¿eh?, no tenemos suerte. No es precisamente suerte lo que se precisa, —respondió el turco— hermano, es memoria.&nbsp;</p><p>El turco volvió a envolver el búmeran y se levantó para retirase. Cerca ya de la puerta se dio vuelta y dijo: ah, si alguno gusta tirar un día, nos vamos hasta el parque y se los presto para que prueben. Nadie respondió nada.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/m5h-JSM2SGP3JwLgxYYb_15jefM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/bumerang.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Fue para un verano de hace bastantes años, cuando el océano era mucho más grande que ahora y las distancias se medían en semanas y no en horas, que su...]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2024-09-14T16:18:00+00:00</published>
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