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    <title>El Día Ahora</title>
    <subtitle>Contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Gualeguaychú y la región. Noticias, deportes, espectáculos, política, economía, cultura y más.</subtitle>
    <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
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            La jaula
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/_fxBpqiZUB-NIt5tu9yCLWcpSUM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/la_jaula.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>No me gustan los pájaros. Nunca me gustaron. Jamás pude entender a un animal que tan mansamente se entregue al cautiverio; que lo capturen, lo encierren, lo atormenten, y encima cante. Siempre creí que el cautiverio y el canto eran tan incompatibles como el agua y el aceite. Ya sé, es tan pobre mi metáfora, pero no es mi intención impresionar a nadie con mi lucidez o mis recursos literarios, tan sólo pienso e imagino que escribo.&nbsp;</p><p>Escribo para mí, consciente de que pregono la libertad y estoy encerrando mis letras en el espacio reducido de una hoja de papel, con lo que quizás no esté sino encerrando también mis ideas hechas palabras. Escribo y no puedo no hacerlo. Grito silencioso, quizás, grito cobarde. Plasmo mis ideas y las oculto entre garabatos desteñidos que quedan a merced del tiempo y el polvo, cobardes alegorías del olvido.&nbsp;</p><p>Alguna vez soñé la libertad, y la nombré con nombres estridentes, la nombré con nombres de poetas, con epístolas de desterrados, con manos abiertas, con puños cerrados, con bocas gimiendo, con rabia abriendo surcos de arado, con tetas fláccidas, con ojos hundidos, con esperanzas huecas, con platos vacíos, con heridas resecas. Yo no conozco la muerte, por eso le temo. La muerte de los demás, eso no es muerte, como el dolor ajeno no es dolor ni alguien es feliz porque otro se ría.&nbsp;</p><p>Nunca creí en la hipocresía del prójimo ni en la comunión de los espíritus. Yo nací solo, como nacen los perros, gemido circunstancial de entrepiernas sangrantes, dato estadístico de viejos anaqueles. Erré por el mundo ignorando que, dada su redondez, era lo mismo que dar una vuelta a la manzana, caminar por el borde de una plaza o tal vez girar sobre uno mismo. Nadie estuvo jamás despidiéndome, nadie jamás me recibió. Mis interlocutores fueron árboles mudos o libros que respondían a mis preguntas con más preguntas.</p><p>Alguna vez soñé, es verdad, pero mi sueño no toleró el desvelo. Alguna vez ofrecí mi sangre a los verdugos, pero me despreciaron, su placer es el tomar no el recibir. También quise enseñarles a los pájaros a ser libres, pero no toleraron la idea de abandonarme cuando les repartí migajas.&nbsp;</p><p>No creo en la virtud, al menos no en las que se me pudieran atribuir, cuál es el mérito del ciruelo que da ciruelas si su esencia no es otra que esa, dar ciruelas; o la del pez con su belleza o el ciervo con su cornadura, cuál es el mérito de dar lo que nos sobra, enseñar lo que no sirve o pregonar lo que se duda. Alguien de sotana me dijo alguna vez que lo más difícil era creer en lo que no se ve, no se palpa, sólo se percibe su magnificencia infinita. Recuerdo que lo miré con displicencia, apreté su hombro con afecto y quizás hasta con algo de soberbia y me retiré revoleando unas monedas en el cesto de mimbre de las limosnas. Si eso que acabo de hacer es caridad, recuerdo que le dije, desconfíe de mi fe, de mi esperanza y de cualquier otra virtud que usted crea que yo tengo.&nbsp;</p><p>Si el hombre nació con un cerebro que quién sabe por qué endemoniado sistema nos hace sentir que pensamos, qué mérito se encierra en ser pensante, cuál en pretender ser libres si el hombre que no es libre ni siquiera es hombre. Yo apenas si defendí mi propia libertad y no quise ser héroe, ni líder, ni mártir, ni ejemplo, ni prócer, ni prohombre, ni santo, ni sabio. Ni siquiera poeta. Sólo quise no domesticar pájaros ni sentirme, como ellos, enjaulado. Viví, pensé, grité, sólo porque no sabía hacer otra cosa. Amé, quizás fui amado y tras haber llegado sin nada le dejo mis huesos a la tierra, creo que con eso estamos a mano.&nbsp;</p><p>Perdí mis ojos hace un tiempo, luego perdí mi voz, mis oídos, y la escasa sensibilidad que aún mantienen ciertas partes de mi piel me informan de cuando me están moviendo, o si me bañan, o si colocan en mi cuerpo alguna de esas inútiles mangueras que colocan a los moribundos para darles la sensación de estar viviendo. Sólo eso siento. Y mi cerebro pájaro que no duerme, no descansa, se azota contra los barrotes de hueso e inventa hojas en las que escribo páginas memorables, recuerdos nuevos cada día, alguna historia de amor, y espera, temeroso, la muerte que no llega.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/_fxBpqiZUB-NIt5tu9yCLWcpSUM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/la_jaula.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>No me gustan los pájaros. Nunca me gustaron. Jamás pude entender a un animal que tan mansamente se entregue al cautiverio; que lo capturen, lo encierr...]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-01-04T19:12:00+00:00</published>
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            El interregno de Navidad
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZaNMq05fTZ-rcCMzejpTC3VD2sE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/interregno.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Existe un breve lapso de tiempo (considerando la imposibilidad de definir qué es breve o prolongado en referencia al tiempo) entre Navidad y Año Nuevo, que no es una semana de vacaciones (al menos no para todos), pero tampoco es una semana laboral típica.</p><p>El espíritu navideño es tan efímero como indescifrable y tan universal como las miserias humanas. Las esperanzas de cambio en el nuevo año no le van a la zaga. Durante esa semana (días más, días menos) podemos pasar de la euforia a la depresión y de la esperanza a la desilusión en un pestañeo, lo simbólico cobra fuerza de tangibilidad y la posibilidad del milagro está casi, casi, al alcance de la mano. Aun para aquellos que dicen descreer de los milagros, pero colocan el billete de lotería detrás de una estampita.</p><p>Hay quienes, a la vieja escuela, anotan, como si de un fixture se tratara, todo lo que suponen que, cambiando u obteniendo el año siguiente, los acercaría a ese utópico sitio llamado felicidad. Otros, teñidos de escepticismo quizás, hacen todo para fortalecer su profecía autocumplida de que nada va a cambiar. Al menos para bien. Hay quienes planifican. Hay quienes sueñan no tanto con que les vaya bien como que a otros les vaya mal. Y sí, somos humanos. Bestias gregarias por naturaleza pero que precisamos de normas escritas y relativamente consensuadas para no destruirnos y que, pese a eso, insistimos en hacerlo.</p><p>Hay quienes, estando solos, toman conciencia en esos días de su soledad y quienes, rodeados de gente, toman conciencia en esos días de su soledad. Paradojas de ese interregno. Una noche de San Juan más prolongada, aunque no menos bizarra.&nbsp;</p><p>Interregno es un interesante término que hace alusión a un período de tiempo entre la muerte de un monarca y el ascenso de su sucesor. Un lapso de tiempo indefinido que, históricamente, se acompañaba de caos, desorden y todo aquello que puede ocasionar un vacío transitorio de poder. Un vacío entre dos reyes, el que se fue (única certeza) y el que vendrá (sólo incertidumbre).&nbsp;</p><p>Tenemos la certeza de que el año que termina ya se fue. Para bien o para mal terminó y nada podemos hacer al respecto mas que tomar conciencia de que el pasado es eso, pasado, y lo que viene, lo que nos está esperando a pocos días de distancia, apenas un dilema.&nbsp;&nbsp;Leí o escuché alguna vez que el único momento en que Dios se ríe es cuando nos escucha hacer planes; eso, creo, explica todas aquellas circunstancias a las que por ignorancia llamamos inesperadas y es que, naturalmente, no estamos preparados sino para esperar más que lo esperable, lo conocido, lo rutinario. Sin embargo, eso no obsta para sentarnos, mate en mano o con una copa de vino o con una simple paja entre los dientes, a entrecerrar los ojos e imaginar que podemos imaginar un futuro mejor. Mejor para nuestros parámetros de lo que pueda significar estar mejor. Y en este punto no puedo no mencionar un antiguo proverbio chino que dice: Ten cuidado con lo que deseas, puede que se haga realidad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZaNMq05fTZ-rcCMzejpTC3VD2sE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/interregno.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Existe un breve lapso de tiempo (considerando la imposibilidad de definir qué es breve o prolongado en referencia al tiempo) entre Navidad y Año Nuevo...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
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                <published>2024-12-28T13:33:00+00:00</published>
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            El maravilloso y ancestral arte de amaestrar pulgas
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AKkY10s2ovf5b_xKKRsI6vs7ls8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay gente que cree que han desaparecido. Otros, más escépticos aún, aseguran que son una fantasía; sin embargo, los circos o parques de atracciones en donde por unas pocas monedas podía el respetable público admirar este prodigio, no solamente existieron, sino que están más vivos y vigentes que nunca. Como tantas otras cosas aggiornadas (modernizarse es un término que ya se aggiornó) ahora al adiestramiento de pulgas se lo conoce con otro nombre; pero, ya llegaremos a eso.</p><p>Para los más jóvenes, conviene comenzar desde el principio relatando que era muy frecuente hace algunos años atrás, encontrar en las ferias de diversiones itinerantes o bien en algunos circos, el increíble espectáculo de las pulgas amaestradas. Si bien esta práctica se remontaría al siglo XVII, quién la popularizó fue, en 1830, un italiano llamado Luigi Bertolotto, quien, según refieren las crónicas, recorrió Londres con sus presentaciones que incluían desde orquestas completas y compañías de baile hasta pulgas a bordo de barcos en miniatura e incluso retratos de pulgas caracterizadas como Napoleón o el Duque de Pese. Lo que se dice, un verdadero ladri.&nbsp;</p><p>Parece increíble que la misma Europa que vio morir un tercio de su población merced a la peste negra (transmitida por las pulgas de rata en rata) se maravillara ―y aún lo hace― frente a las teóricas proezas de estos sifonápteros cuyo mayor mérito quizás sea (lectores impresionables abstenerse) que su pene mida unas dos terceras partes del cuerpo. No se moleste en sacar cálculos, serían uno 60 cm. en un humano promedio.</p><p>Ahora bien, lo que sí hacen estos bichos es saltar. Hasta 80 veces su tamaño. Y eso, para cualquier adiestrador de pulgas que se precie de tal puede ser un problema. Pero pasible de resolverse.</p><p>Como ante otras tantas situaciones o circunstancias ante las cuales nos asombrábamos durante nuestra infancia y que hoy nuestros hijos nos miran ―en el mejor de los casos― de una manera displicente, tales como, por mencionar solo algunas: jugar a la bolita, leer libros o revistas de historietas, recorrer el barrio en bicicleta sin temor al secuestro, ir solos a la matiné del domingo al cine, armar sofisticados equipos de telecomunicación con dos latas de tomate y un hilo piolín encerado; en fin, cosas tan ilógicas y difíciles de explicar cómo que se podía pasar toda una tarde sentado con un amigo jugando con un autito de plástico o una muñeca con diez pelos ralos y no aburrirse. Y asistíamos, impávidos, a los circos de pulgas. O al menos, si no sabíamos de su existencia de ningún modo nos hubiéramos atrevido a negarla.</p><p>Seguramente, se dirá, nosotros, los de esa época, éramos ingenuos, niños ingenuos que hoy vendríamos a ser algo así como viejos boludos. A los jóvenes de hoy, a nuestros millenials, no es tan fácil engañarlos. Ya los espejitos de colores con que nos maravillaban a nosotros no resisten ante el peso de internet o el poder comunicacional de las redes sociales, ya no se los puede convencer mediante la lectura sesgada y adoctrinante de un solo periódico, ya que tienen acceso a todos los diarios y publicaciones del mundo. ¿O acaso esto no es cierto?</p><p>Escribe Miguel Santos Guerra: “Si metemos varias pulgas en una pequeña caja de cristal, podremos ver cómo saltan sin cesar contra las paredes y el techo de la caja. Si después de un tiempo las sacamos de su encierro y las dejamos en libertad podremos ver que sólo realizan saltos como los que efectuaban dentro de la caja. Se han acostumbrado a los límites, se han habituado a unos esfuerzos recortados por la experiencia. Los amaestradores han condenado a las pulgas a su pequeño fracaso”.</p><p>Así, los nuevos amaestradores de pulgas van generando consignas que van, poco a poco, convirtiéndose en profecías autocumplidas: “sos un inútil”, “los pobres tienen que asumir su condición de pobres”, “la universidad podrá ser para todos pero no es para cualquiera”, “todo el mundo sabe que eso que se está proponiendo está mal”, “usted y yo ya somos grandes y sabemos bien que no nos van a vender esto como si fuéramos criaturas”, “quizás los argentinos no estamos todavía preparados para decidir en temas de tanta trascendencia”, “los chicos a la escuela vienen a aprender lo que se les enseña y punto”, “todo bien con los discapacitados pero de ahí a juntarlos con la gente normal con el pretexto de la integración es un disparate”…</p><p>Y es así que gozamos de un espectáculo maravilloso y único al que no vemos, pero si nos dicen que eso está pasando dentro de la caja de vidrio así debe ser y como tal hay que aplaudirlo, creyendo ciegamente en lo que nos dicen los amaestradores que son, en definitiva, quienes han hecho su trabajo, amaestrar, por un lado, a las pulgas, para que no sobrepasen jamás el límite impuesto por su amo, y por otro al público, que aplaude a rabiar lo que cree que está mirando. El viejo circo de pulgas que, aggiornado, le llaman posverdad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AKkY10s2ovf5b_xKKRsI6vs7ls8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Hay gente que cree que han desaparecido. Otros, más escépticos aún, aseguran que son una fantasía; sin embargo, los circos o parques de atracciones en...]]>
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