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    <title>El Día Ahora</title>
    <subtitle>Contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Gualeguaychú y la región. Noticias, deportes, espectáculos, política, economía, cultura y más.</subtitle>
    <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
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            Bartolomé Zapata, el entrerriano que la historia oficial olvidó
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SjtyhpuJYxbNqAvtPsMJ-03Tdow=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/05/cabildo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Con frecuencia, cometemos el error –naturalmente producto de cierta tendenciosa enseñanza– a convertir la cronología en causalidad. Con las historias en general y la Historia en particular (la mayúscula es para señalar que hablamos de los sucesos de una comunidad y no de los propios) percibimos secuencias de acontecimientos que van ordenándose en una metafórica línea temporal en donde pareciera que cada evento lleva invariablemente al siguiente, olvidando o dejando de lado que, para que cada evento suceda, hay una concatenación de hechos – conocidos o no– que provocan que suceda un determinado acontecimiento.</p><p>De este modo, esa simplificación permite llegar a conclusiones casi lógicas y muchas veces engañosamente inmutables, que no hacen sino provocarnos la ilusión del conocimiento de los hechos sobre los cuales – salvo que de un estudioso de la materia se trate o de alguien a quien no satisface la historia oficial–, por lo general, tampoco indagamos demasiado. Así, en la construcción de los acontecimientos históricos, no son pocas las veces que los héroes son solo héroes porque, o bien estaban en el momento justo y el lugar exacto, o simplemente porque el narrador precisaba de uno para resaltar una batalla, una conquista o una revolución.</p><p>Hablar de nuestra revolución de mayo de 1810 como algo que se gestó de la nada, en una semana y con el ingenuo romanticismo que se aprende (y se enseña) desde los jardines de infantes, es llevar ese reduccionismo del que hablamos al principio hasta límites inaceptables.</p><p>Podemos pensar en un año bastante particular para la historia de América toda como el de 1776. Ese año se produce, en el norte, la independencia de los Estados Unidos; en el sur, la creación del Virreinato del Rio de la Plata. Los sucesos independentistas del norte hicieron comenzar a creer que la emancipación era algo no tan imposible. La Constitución recién nacida proclamaba la igualdad de todos los hombres ante la ley (excepto los esclavos, claro), el derecho de propiedad y, básicamente, la libertad bajo un gobierno republicano, es decir, elegido por el pueblo. Unos años después, en 1789, cuando hacía apenas 6 años desde la fundación de la Villa de Gualeguaychú, la Revolución francesa hacía realidad la supresión de los privilegios de los nobles con su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (“Libertad, Igualdad, Fraternidad”). Mientras tanto, en Gran Bretaña, daba inicio la revolución industrial y, ante el crecimiento de la producción, se precisaba de nuevos mercados. Fue cuando empezó a mirar con codiciosos ojos las colonias Españolas en América, absolutamente desprotegidas debido a la invasión Napoleónica a España.</p><p>Con este escenario mundial, podemos poner como punto de partida a nuestra revolución (esto también es caprichoso y arbitrario si se quiere) el año de 1806, con las invasiones inglesas.</p><p>El comercio exterior en el Virreinato del Río de la Plata era monopolio de España y de los españoles aquí afincados por lo que, legalmente, no se permitía el comercio con otras potencias (lo que fomentaba, naturalmente, el contrabando). España, recordemos, se encontraba bajo dominio Napoleónico. Los barcos desde allí eran escasos y caros dado el peligro de los piratas básicamente ingleses, en particular tras la batalla de Trafalgar en 1805 en la que el Almirante Nelson destruyó la flota española quedando como dueña de los mares. Naturalmente, algunos comerciantes criollos estaban más que ansiosos por iniciar formalmente –más allá del contrabando– sus negocios con la gran potencia. Unos pocos, como Mariano Moreno, apostaban al desarrollo de la manufactura y producción locales. La nueva burguesía criolla, que anhelaba la revitalización del comercio y se entusiasmaba con las noticias revolucionarias de Europa, esperaba la oportunidad para acceder a la conducción política. Quienes estaban a favor de un nuevo orden se llamaban a sí mismos patriotas, americanos o criollos, mientras que los partidarios de la realeza española se decían, orgullosamente, realistas.</p><p>Al llegar los ingleses en 1806, quedó claro tanto que España nada podía hacer para proteger a sus colonias como que el virreinato podía ya defenderse a sí mismo. Tras ese intento de dudosa conquista (a los ingleses no les interesaba una nueva colonia sino un nuevo cliente comercial) se conformó el primer ejercito netamente nacional: el regimiento de Patricios, en donde vemos entre los jóvenes nombres en sus filas a: Manuel Belgrano, Martín Miguel de Güemes, Vicente López y Planes (sí, el autor de la letra del Himno Nacional Argentino), Domingo French (el de las escarapelas del 25 de mayo) y otros tantos que ocuparon lugares centrales durante la guerra de la independencia y que hoy solo son nombres de calles.</p><p>Todo esto sucedió antes de que comenzara La semana de mayo de 1810</p><p>Viernes 18: El virrey Cisneros, habiéndose confirmado la noticia de la caída del rey Fernando VII en manos de Napoleón, intenta hacer una Junta de virreyes en América. Las huestes criollas avizoran que el esperado momento ha llegado. En la habitual cita en la jabonería de Vieytes encargan a Juan José Castelli y a Martín Rodríguez reunirse con Cisneros y exigir un cabildo abierto.</p><p>Sábado 19: Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano, por otra parte, piden al Alcalde Lezica la convocatoria a un Cabildo Abierto.</p><p>Domingo 20: Cisneros, quien ve venir la rebelión, solicita ayuda a los jefes militares, pero estos se rehúsan a brindárselo. Por la noche, Castelli y Martín Rodríguez intiman al virrey: le dan 5 minutos para decidir el cabildo abierto. El virrey se da cuenta que está solo y acepta.</p><p>Lunes 21: A las nueve de la mañana la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) estaba ocupada por unos 600 hombres armados con pistolas y puñales que llevaban en sus sombreros el retrato de Fernando VII y en sus solapas una cinta blanca; era la “Legión Infernal” encabezada por Domingo French y Antonio Luis Beruti, exigían a los gritos la convocatoria al Cabildo Abierto.</p><p>Martes 22: Lleganlos “cabildantes”. De los 450 invitados sólo concurrieron 251y la gente seleccionada por los “chisperos” de la Legión. El Obispo Lué dice: ”(…) mientras haya un español en América, los americanos le deben obediencia”. Juan José Castelli replica que “habiendo caducado el poder Real, la soberanía debe volver al pueblo”. Juan José Paso nota que se quiere dilatar el proceso y dice que no hay tiempo que perder y que se debía formar inmediatamente una Junta de gobierno.</p><p>Miércoles 23: Hecho el recuento de votos, el cabildo comunica que: “(…) resulta de ella que el Excmo. Señor Virrey debe cesar en el mando y recae éste provisoriamente en el Excmo. Cabildo (…) hasta la erección de una Junta que ha de formar el mismo Excmo. Cabildo, en la manera que estime conveniente”. Pura cháchara.</p><p>Jueves 24: Lo que había decidido el cabildo no era otra cosa que formar una Junta de gobierno presidida… por el virrey. Cuenta Tomás Guido en sus memorias “En estas circunstancias el señor Don Manuel Belgrano, mayor del regimiento de Patricios, que vestido de uniforme escuchaba la discusión en la sala contigua, reclinado en un sofá, casi postrado por largas vigilias observando la indecisión de sus amigos, púsose de pie súbitamente y a paso acelerado y con el rostro encendido por el fuego de sangre generosa entró al comedor de la casa del señor Rodríguez Peña y lanzando una mirada en derredor de sí, y poniendo la mano derecha sobre la cruz de su espada dijo: “Juro a la patria y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese renunciado, a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas.” A la noche, Cisneros había renunciado.</p><p>Viernes 25 de mayo: Algunos vecinos y milicianos convocados por French y Beruti se reúnen frente al cabildo. Algunos llevan cintas azules y blancas, los colores de la casa de Borbón que los Patricios habían usado durante las invasiones inglesas. Pasaban las horas y la gente comenzó a dispersarse por el frío. Beruti perdió la paciencia e intimó a los cabildantes. Poco después, la Junta de gobierno se había conformado para gobernar en nombre de Fernando VII. Escribió en sus memorias Saavedra: “(…) Por política fue preciso cubrir a la junta con el manto del señor Fernando VII a cuyo nombre se estableció y bajo de él expedía sus providencias y mandatos.” Esto fue lo que se conoció como “La máscara de Fernando” y que persistiría hasta el 9 de julio de 1816.Mientras tanto en Entre Ríos…Cuando estalló el movimiento revolucionario, tres eran las villas existentes en Entre Ríos: Concepción del Uruguay, Gualeguaychú y Gualeguay. Todas eran cabeza de Partidos y dependían de Buenos Aires. Concepción del Uruguay, la más importante, era el asiento del Comandante General de todos los Partidos, cargo que desde 1804 ocupaba don Josef de Urquiza, acaudalado y prestigioso vecino de la villa, quien por ese entonces jugaba en algunos ratos libres con su pequeño hijo Justo José.</p><p>Los tres cabildos estaban a cargo de españoles peninsulares por lo que la convocatoria a adherir a una Junta que respondiera a Fernando VII no pareció afectarles. Al menos inicialmente. Pronto fue evidente que la revolución se había iniciado y las cosas tomaron otro curso. Urquiza fue advertido por el gobernador de Montevideo, Joaquín de Soria, de lo que sucedía, y el 13 de septiembre de 1810 renunció a su cargo y se decidió por el bando realista. El 15 de junio el Cabildo de Montevideo rompió relaciones con la Junta y el 16 de octubre una flotilla al mando del capitán de navío Michelena avanzaba por el río Uruguay para apoderarse de Entre Ríos. La contrarrevolución estaba en marcha. Michelena ocupó Concepción del Uruguay el 6 de noviembre de 1810 con 300 soldados, la vanguardia realista era encabezada por José Rondeau, quien 9 años más tarde sería designado Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. En ese momento se encontraba a cargo de una compañía de Blandengues junto a Artigas, quien por entonces también pelaba con los colores del ejército realista. Qué difícil resulta saber, en determinados momentos de la historia, quién es quién. Qué difícil resulta, asimismo, juzgar a héroes y traidores.</p><p>En febrero de 1811, Michelena recibió órdenes de regresar a Mercedes, lo que fue aprovechado por Rondeau para desertar junto a Artigas. Aprovechando esta debilidad, Bartolomé Zapata, un paisano ignoto, al frente de unos pocos gauchos y armados apenas con rebenques, cuchillos y alguna obsoleta arma de fuego, el 18 de febrero de 1811 recupera Gualeguay. El 22 de febrero, secundado por Gregorio Samaniego, quien se le unió con sus criollos gualeguaychuenses, recuperaron Gualeguaychú. El 7 de marzo entraron en Concepción del Uruguay junto a algunos soldados blandengues de la compañía que había comandado Artigas, desertores estos de las filas realistas, permitiendo, de este modo, que la revolución del 25 de mayo pudiera seguir adelante rumbo a la independencia.</p><p>Bartolomé Zapata murió el 21 de marzo cuando intentaba evitar ser arrestado por el teniente Mariano Zejas durante una disputa por el puesto de comandante interino con el teniente coronel de milicias Francisco Doblas.</p><p>Refiere el libro “Crónica de héroes y traidores” en su epílogo: “La Junta ordenó a José Rondeau realizar una investigación acerca de la actuación y responsabilidad del comandante Doblas en referencia a la muerte de Bartolomé Zapata. Rondeau llegó a Concepción del Uruguay el 24 de abril de 1811 y allí se anotició que el sumario ya había sido iniciado por Díaz Vélez, según argumentó éste: por orden del General Manuel Belgrano. Doblas continuó en su cargo hasta agosto del año 1812 en que fue destinado a Misiones a fin de reclutar soldados para el general San Martín. Merced a los triunfos obtenidos por Zapata y su gente en Entre Ríos, germinó la idea libertaria que provocó el derrocamiento del Virrey de Elío en la Banda Oriental. Diez días más tarde de los acontecimientos relatados, Belgrano cruzó a Soriano y desde allí designó a Manuel Artigas para dirigir la insurrección por el norte, a José Gervasio Artigas por el centro y a Venancio Benavidez por el sur. El 20 de mayo se inició el sitio de Montevideo, al que colaboró la población de Gualeguaychú enviando dinero, reses y caballos, sin embargo, el Triunvirato porteño firmó un armisticio con el virrey en donde no solo negoció la retirada de los ejércitos patriotas que con tanto sufrimiento habían logrado derrotar al último bastión realista en el Río de la plata sino que, en el acuerdo llevado a cabo con los españoles el artículo séptimo decía: “Los pueblos del Arroyo de la China, Gualeguay y Gualeguaychú, situados en Entre Ríos, quedarán de la propia suerte, sujetos al gobierno del Excelentísimo Señor Virrey…”. Esta traición fue lo que inició el Éxodo oriental liderado por Artigas, pero… esa es otra historia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SjtyhpuJYxbNqAvtPsMJ-03Tdow=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/05/cabildo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Entre mitos escolares y complejidades geopolíticas, una mirada a los verdaderos orígenes de la Revolución de Mayo y los olvidados protagonistas del litoral. La gesta no fue porteña ni espontánea: también fue obra de paisanos anónimos, tensiones regionales y decisiones que aún hoy interpelan nuestra memoria colectiva.]]>
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            Ánima bendita
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5FSXFzpQoe8P4jXWJ4GsndNAyRg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/canario.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Un relato basado en hechos reales no comprobados por la ciencia, pero sí asimilados por nuestra cultura popular.</p><p>-Es un infarto, sin dudas. El policía asintió sin entusiasmo y preguntó si ya podían moverla. El forense contestó seca y afirmativamente, mientras abandonaba la casa contestando su teléfono. La anciana estaba sentada aún en su reposera, con los ojos en blanco y la boca abierta en un rictus indescifrable de dolor o de espanto, las manos crispadas sobre el pecho, una mosca posada desvergonzadamente sobre un párpado. Frente a ella, un canario muerto en la jaula parecía su imagen patéticamente especular. Los dos se miraban sin verse. Los dos muertos.</p><p>El canario se llamaba Jeremías, nombre curioso para un ave, si se desconoce que ese era el nombre del finado marido de doña Úrsula Baigorria, cantor aficionado de tangos y albañil de oficio. Doña Úrsula aseguraba -y quién iba a negarlo- que el Jeremías no silbaba como cualquier canario, sino que, prestando atención, podía adivinarse en su trinar un valsecito, una milonga breve, un tanguito montielero, una chamarrita, y, si estaba inspirado alguna mañana, capaz que hasta un bolero le chiflaba. Que cantaba lindo, cantaba lindo, pero de ahí a decir que a veces le recordaba a Magaldi… Había que quererla mucho a Dona Úrsula para no pensar que no había quedado muy bien después de la trágica muerte de su esposo.&nbsp;</p><p>El canario era todo para ella, no precisaba de más compañía y tanto lo quería que hasta consideraba la jaula no un encierro sino una seguridad para él, ya que no solo doña Úrsula lo miraba de un modo especial, también estaba el Pancho, el gato de los vecinos. El Pancho era un barcino merodeador y poco afecto a los límites, se pasaba horas enteras mirándolo con cierta malicia desde uno de los postes del precario alambrado que separaba ambos fondos; sus dueños, una joven pareja que por razones laborales estaban la mayor parte del día fuera de la casa, varias noches habían compartido su preocupación por los instintos claramente depredadores del felino y el brillo especial de los ojos que se le notaba cada vez que desde el poste observaba al canario.</p><p>Un domingo al mediodía, la pesadilla se hizo realidad. Mientras mateaban a la sombra de un viejo sauce que estaba casi al fondo del patio, apareció el Pancho con el canario entre las fauces. Juan se ligó varios arañazos hasta que logró arrebatarle al extinto animal de entre los dientes al gato, la pobre ave tenía todo su plumaje amarillo teñido de tierra producto, seguramente, de los revolcones que le había propinado su depredador. Con un paño húmedo, limpiaron una a una las plumas y una vez acabado esto, Juan se dirigió sigilosamente hacia la casa vecina y colocó al canario en su jaula para que diera el aspecto de una muerte natural.&nbsp;</p><p>Claro, ellos no podían saber que doña Úrsula, al no escuchar los cantos mañaneros, había descubierto a su compañero muerto en la jaula y, llena de congoja y dolor, le había cavado un pequeño hoyo en el fondo del patio para darle cristiana sepultura. A lo sumo, para reconfortarse, habrá rezado para que el Jeremías fuera al cielo, no de vuelta a su jaula; así que verlo allí y que su gastado corazón dijera basta, fue una sola cosa.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5FSXFzpQoe8P4jXWJ4GsndNAyRg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/canario.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un relato basado en hechos reales no comprobados por la ciencia, pero sí asimilados por nuestra cultura popular.-Es un infarto, sin dudas. El policía...]]>
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                <published>2025-01-11T00:01:00+00:00</published>
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            La jaula
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/_fxBpqiZUB-NIt5tu9yCLWcpSUM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/la_jaula.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>No me gustan los pájaros. Nunca me gustaron. Jamás pude entender a un animal que tan mansamente se entregue al cautiverio; que lo capturen, lo encierren, lo atormenten, y encima cante. Siempre creí que el cautiverio y el canto eran tan incompatibles como el agua y el aceite. Ya sé, es tan pobre mi metáfora, pero no es mi intención impresionar a nadie con mi lucidez o mis recursos literarios, tan sólo pienso e imagino que escribo.&nbsp;</p><p>Escribo para mí, consciente de que pregono la libertad y estoy encerrando mis letras en el espacio reducido de una hoja de papel, con lo que quizás no esté sino encerrando también mis ideas hechas palabras. Escribo y no puedo no hacerlo. Grito silencioso, quizás, grito cobarde. Plasmo mis ideas y las oculto entre garabatos desteñidos que quedan a merced del tiempo y el polvo, cobardes alegorías del olvido.&nbsp;</p><p>Alguna vez soñé la libertad, y la nombré con nombres estridentes, la nombré con nombres de poetas, con epístolas de desterrados, con manos abiertas, con puños cerrados, con bocas gimiendo, con rabia abriendo surcos de arado, con tetas fláccidas, con ojos hundidos, con esperanzas huecas, con platos vacíos, con heridas resecas. Yo no conozco la muerte, por eso le temo. La muerte de los demás, eso no es muerte, como el dolor ajeno no es dolor ni alguien es feliz porque otro se ría.&nbsp;</p><p>Nunca creí en la hipocresía del prójimo ni en la comunión de los espíritus. Yo nací solo, como nacen los perros, gemido circunstancial de entrepiernas sangrantes, dato estadístico de viejos anaqueles. Erré por el mundo ignorando que, dada su redondez, era lo mismo que dar una vuelta a la manzana, caminar por el borde de una plaza o tal vez girar sobre uno mismo. Nadie estuvo jamás despidiéndome, nadie jamás me recibió. Mis interlocutores fueron árboles mudos o libros que respondían a mis preguntas con más preguntas.</p><p>Alguna vez soñé, es verdad, pero mi sueño no toleró el desvelo. Alguna vez ofrecí mi sangre a los verdugos, pero me despreciaron, su placer es el tomar no el recibir. También quise enseñarles a los pájaros a ser libres, pero no toleraron la idea de abandonarme cuando les repartí migajas.&nbsp;</p><p>No creo en la virtud, al menos no en las que se me pudieran atribuir, cuál es el mérito del ciruelo que da ciruelas si su esencia no es otra que esa, dar ciruelas; o la del pez con su belleza o el ciervo con su cornadura, cuál es el mérito de dar lo que nos sobra, enseñar lo que no sirve o pregonar lo que se duda. Alguien de sotana me dijo alguna vez que lo más difícil era creer en lo que no se ve, no se palpa, sólo se percibe su magnificencia infinita. Recuerdo que lo miré con displicencia, apreté su hombro con afecto y quizás hasta con algo de soberbia y me retiré revoleando unas monedas en el cesto de mimbre de las limosnas. Si eso que acabo de hacer es caridad, recuerdo que le dije, desconfíe de mi fe, de mi esperanza y de cualquier otra virtud que usted crea que yo tengo.&nbsp;</p><p>Si el hombre nació con un cerebro que quién sabe por qué endemoniado sistema nos hace sentir que pensamos, qué mérito se encierra en ser pensante, cuál en pretender ser libres si el hombre que no es libre ni siquiera es hombre. Yo apenas si defendí mi propia libertad y no quise ser héroe, ni líder, ni mártir, ni ejemplo, ni prócer, ni prohombre, ni santo, ni sabio. Ni siquiera poeta. Sólo quise no domesticar pájaros ni sentirme, como ellos, enjaulado. Viví, pensé, grité, sólo porque no sabía hacer otra cosa. Amé, quizás fui amado y tras haber llegado sin nada le dejo mis huesos a la tierra, creo que con eso estamos a mano.&nbsp;</p><p>Perdí mis ojos hace un tiempo, luego perdí mi voz, mis oídos, y la escasa sensibilidad que aún mantienen ciertas partes de mi piel me informan de cuando me están moviendo, o si me bañan, o si colocan en mi cuerpo alguna de esas inútiles mangueras que colocan a los moribundos para darles la sensación de estar viviendo. Sólo eso siento. Y mi cerebro pájaro que no duerme, no descansa, se azota contra los barrotes de hueso e inventa hojas en las que escribo páginas memorables, recuerdos nuevos cada día, alguna historia de amor, y espera, temeroso, la muerte que no llega.</p>]]>
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            El interregno de Navidad
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZaNMq05fTZ-rcCMzejpTC3VD2sE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/interregno.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Existe un breve lapso de tiempo (considerando la imposibilidad de definir qué es breve o prolongado en referencia al tiempo) entre Navidad y Año Nuevo, que no es una semana de vacaciones (al menos no para todos), pero tampoco es una semana laboral típica.</p><p>El espíritu navideño es tan efímero como indescifrable y tan universal como las miserias humanas. Las esperanzas de cambio en el nuevo año no le van a la zaga. Durante esa semana (días más, días menos) podemos pasar de la euforia a la depresión y de la esperanza a la desilusión en un pestañeo, lo simbólico cobra fuerza de tangibilidad y la posibilidad del milagro está casi, casi, al alcance de la mano. Aun para aquellos que dicen descreer de los milagros, pero colocan el billete de lotería detrás de una estampita.</p><p>Hay quienes, a la vieja escuela, anotan, como si de un fixture se tratara, todo lo que suponen que, cambiando u obteniendo el año siguiente, los acercaría a ese utópico sitio llamado felicidad. Otros, teñidos de escepticismo quizás, hacen todo para fortalecer su profecía autocumplida de que nada va a cambiar. Al menos para bien. Hay quienes planifican. Hay quienes sueñan no tanto con que les vaya bien como que a otros les vaya mal. Y sí, somos humanos. Bestias gregarias por naturaleza pero que precisamos de normas escritas y relativamente consensuadas para no destruirnos y que, pese a eso, insistimos en hacerlo.</p><p>Hay quienes, estando solos, toman conciencia en esos días de su soledad y quienes, rodeados de gente, toman conciencia en esos días de su soledad. Paradojas de ese interregno. Una noche de San Juan más prolongada, aunque no menos bizarra.&nbsp;</p><p>Interregno es un interesante término que hace alusión a un período de tiempo entre la muerte de un monarca y el ascenso de su sucesor. Un lapso de tiempo indefinido que, históricamente, se acompañaba de caos, desorden y todo aquello que puede ocasionar un vacío transitorio de poder. Un vacío entre dos reyes, el que se fue (única certeza) y el que vendrá (sólo incertidumbre).&nbsp;</p><p>Tenemos la certeza de que el año que termina ya se fue. Para bien o para mal terminó y nada podemos hacer al respecto mas que tomar conciencia de que el pasado es eso, pasado, y lo que viene, lo que nos está esperando a pocos días de distancia, apenas un dilema.&nbsp;&nbsp;Leí o escuché alguna vez que el único momento en que Dios se ríe es cuando nos escucha hacer planes; eso, creo, explica todas aquellas circunstancias a las que por ignorancia llamamos inesperadas y es que, naturalmente, no estamos preparados sino para esperar más que lo esperable, lo conocido, lo rutinario. Sin embargo, eso no obsta para sentarnos, mate en mano o con una copa de vino o con una simple paja entre los dientes, a entrecerrar los ojos e imaginar que podemos imaginar un futuro mejor. Mejor para nuestros parámetros de lo que pueda significar estar mejor. Y en este punto no puedo no mencionar un antiguo proverbio chino que dice: Ten cuidado con lo que deseas, puede que se haga realidad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZaNMq05fTZ-rcCMzejpTC3VD2sE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/interregno.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Existe un breve lapso de tiempo (considerando la imposibilidad de definir qué es breve o prolongado en referencia al tiempo) entre Navidad y Año Nuevo...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2024-12-28T13:33:00+00:00</published>
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            El maravilloso y ancestral arte de amaestrar pulgas
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AKkY10s2ovf5b_xKKRsI6vs7ls8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay gente que cree que han desaparecido. Otros, más escépticos aún, aseguran que son una fantasía; sin embargo, los circos o parques de atracciones en donde por unas pocas monedas podía el respetable público admirar este prodigio, no solamente existieron, sino que están más vivos y vigentes que nunca. Como tantas otras cosas aggiornadas (modernizarse es un término que ya se aggiornó) ahora al adiestramiento de pulgas se lo conoce con otro nombre; pero, ya llegaremos a eso.</p><p>Para los más jóvenes, conviene comenzar desde el principio relatando que era muy frecuente hace algunos años atrás, encontrar en las ferias de diversiones itinerantes o bien en algunos circos, el increíble espectáculo de las pulgas amaestradas. Si bien esta práctica se remontaría al siglo XVII, quién la popularizó fue, en 1830, un italiano llamado Luigi Bertolotto, quien, según refieren las crónicas, recorrió Londres con sus presentaciones que incluían desde orquestas completas y compañías de baile hasta pulgas a bordo de barcos en miniatura e incluso retratos de pulgas caracterizadas como Napoleón o el Duque de Pese. Lo que se dice, un verdadero ladri.&nbsp;</p><p>Parece increíble que la misma Europa que vio morir un tercio de su población merced a la peste negra (transmitida por las pulgas de rata en rata) se maravillara ―y aún lo hace― frente a las teóricas proezas de estos sifonápteros cuyo mayor mérito quizás sea (lectores impresionables abstenerse) que su pene mida unas dos terceras partes del cuerpo. No se moleste en sacar cálculos, serían uno 60 cm. en un humano promedio.</p><p>Ahora bien, lo que sí hacen estos bichos es saltar. Hasta 80 veces su tamaño. Y eso, para cualquier adiestrador de pulgas que se precie de tal puede ser un problema. Pero pasible de resolverse.</p><p>Como ante otras tantas situaciones o circunstancias ante las cuales nos asombrábamos durante nuestra infancia y que hoy nuestros hijos nos miran ―en el mejor de los casos― de una manera displicente, tales como, por mencionar solo algunas: jugar a la bolita, leer libros o revistas de historietas, recorrer el barrio en bicicleta sin temor al secuestro, ir solos a la matiné del domingo al cine, armar sofisticados equipos de telecomunicación con dos latas de tomate y un hilo piolín encerado; en fin, cosas tan ilógicas y difíciles de explicar cómo que se podía pasar toda una tarde sentado con un amigo jugando con un autito de plástico o una muñeca con diez pelos ralos y no aburrirse. Y asistíamos, impávidos, a los circos de pulgas. O al menos, si no sabíamos de su existencia de ningún modo nos hubiéramos atrevido a negarla.</p><p>Seguramente, se dirá, nosotros, los de esa época, éramos ingenuos, niños ingenuos que hoy vendríamos a ser algo así como viejos boludos. A los jóvenes de hoy, a nuestros millenials, no es tan fácil engañarlos. Ya los espejitos de colores con que nos maravillaban a nosotros no resisten ante el peso de internet o el poder comunicacional de las redes sociales, ya no se los puede convencer mediante la lectura sesgada y adoctrinante de un solo periódico, ya que tienen acceso a todos los diarios y publicaciones del mundo. ¿O acaso esto no es cierto?</p><p>Escribe Miguel Santos Guerra: “Si metemos varias pulgas en una pequeña caja de cristal, podremos ver cómo saltan sin cesar contra las paredes y el techo de la caja. Si después de un tiempo las sacamos de su encierro y las dejamos en libertad podremos ver que sólo realizan saltos como los que efectuaban dentro de la caja. Se han acostumbrado a los límites, se han habituado a unos esfuerzos recortados por la experiencia. Los amaestradores han condenado a las pulgas a su pequeño fracaso”.</p><p>Así, los nuevos amaestradores de pulgas van generando consignas que van, poco a poco, convirtiéndose en profecías autocumplidas: “sos un inútil”, “los pobres tienen que asumir su condición de pobres”, “la universidad podrá ser para todos pero no es para cualquiera”, “todo el mundo sabe que eso que se está proponiendo está mal”, “usted y yo ya somos grandes y sabemos bien que no nos van a vender esto como si fuéramos criaturas”, “quizás los argentinos no estamos todavía preparados para decidir en temas de tanta trascendencia”, “los chicos a la escuela vienen a aprender lo que se les enseña y punto”, “todo bien con los discapacitados pero de ahí a juntarlos con la gente normal con el pretexto de la integración es un disparate”…</p><p>Y es así que gozamos de un espectáculo maravilloso y único al que no vemos, pero si nos dicen que eso está pasando dentro de la caja de vidrio así debe ser y como tal hay que aplaudirlo, creyendo ciegamente en lo que nos dicen los amaestradores que son, en definitiva, quienes han hecho su trabajo, amaestrar, por un lado, a las pulgas, para que no sobrepasen jamás el límite impuesto por su amo, y por otro al público, que aplaude a rabiar lo que cree que está mirando. El viejo circo de pulgas que, aggiornado, le llaman posverdad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AKkY10s2ovf5b_xKKRsI6vs7ls8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Hay gente que cree que han desaparecido. Otros, más escépticos aún, aseguran que son una fantasía; sin embargo, los circos o parques de atracciones en...]]>
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                                <category term="cronicas-urbanas" label="Crónicas Urbanas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2024-12-14T19:15:00+00:00</published>
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            ¿Quién dijo que no se puede?
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BM7s4d_GLFDOHISi0s2e8IO5Hrg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Buscar respuestas a preguntas que muchas veces son las mismas, no es un error sino uno de los rasgos más destacables de nuestra naturaleza humana. A diferencia del instinto animal, en donde el estímulo–respuesta es la base de la supervivencia, nuestra condición de homo sapiens nos permite, tanto tropezar dos veces con la misma piedra, como seguir buscando respuestas allí donde pareciera que ya no es necesario.&nbsp;</p><p>Ese maravilloso libro de historia y sociología que es la Biblia, nos relata que apenas hubo dos hombres –Caín y Abel–, uno mató al otro. Las causas o las motivaciones son irrelevantes, lo que pone al desnudo ese relato es lo que subyace bajo el manto de los reyes de la creación: la violencia.&nbsp;</p><p>¿Acaso nacemos con una carga genética que nos conmina a matar? ¿A matar porque sí, no para saciar el hambre –lo que es discutible–, no para evitar ser muertos por otros animales que sí quieren saciar su hambre –eso sería indiscutible–, sino la muerte absurda bajo justificaciones que pueden llamarse poder, odio, envidia, codicia y muchos otros nombres que apenas son sinónimos de la abominación? No, lamentablemente la violencia no está en los genes, no se hereda, ni se nace con ella.&nbsp;</p><p>Digo lamentablemente porque el poder atribuir nuestros males a la genética sería una elegante forma de quitarnos el peso de responsabilizarnos por actos muchas veces aberrantes. La violencia se construye, la construye cada sociedad del mismo modo en que construye su cultura.&nbsp;</p><p>La Biblia nos cuenta que, dado que era imposible lograr que los hombres dejaran de matarse entre ellos, violarse mutuamente aldeas y mujeres (y viceversa), Dios no tuvo otra opción que barrer con todos y arrancar de nuevo. Una especie de reseteo universal, en donde sólo quedaron Noé, su mujer, un par de hijos y una muchacha estéril. Poco, pero bueno, podría haberse pensado, pero no: ni aún eso logró evitar que algunos siglos más tarde matáramos al propio hijo de Dios que vino a poner orden en persona. ¿Irredentos o incorregibles?&nbsp;</p><p>Hoy tenemos, para bien o para mal, un enorme espejo en donde nos vemos reflejados como sociedad cada día y todo el día: las redes sociales. Sabemos que son un negocio –no uno más ni uno cualquiera, desde luego– y que crece a medida que alcanza a interpretar lo que de ellas se espera; por eso, no puede haber redes sociales mediocres sin una sociedad mediocre ni redes sociales violentas sin una sociedad violenta, las redes sociales no generan violencia, la reproducen, la refractan, la enrostran.&nbsp;</p><p>La psique del niño, aseguran especialistas en el tema, posee un enorme potencial para generar conductas tanto de sociabilidad como su opuesto, depende de los estímulos a los que esté sometida será la conformación de la misma, por lo que el niño de hoy y adulto del futuro serán lo que de ellos hagan tanto su núcleo primario –la familia– como la sociedad que lo cobije. Una sociedad cuyos valores estén sostenidos sobre el dinero, el consumo y la superficialidad está irremediablemente condenada; cuando un niño no aspira a ser bueno sino ser rico, cuando solo vale lo que cotiza y lo que cotiza es la belleza, la juventud eterna, la frivolidad, mientras veamos que ser un narcotraficante es una meta y ser científico “no garpa”, mientras el político robe impunemente, el juez garantice la impunidad del político y las cárceles se abarroten de pobres, mientras la mujer sea cada vez más un objeto de consumo y el respeto una utopía, los libros una raza en exterminio, la pena de muerte una panacea y la Ley del Talión la respuesta a nuestros males, mientras sea más importante un gerente de programación que un maestro, una vedette que una bibliotecaria y un concejal que un discapacitado, mientras soñar con un futuro distinto sea privilegio de unos iluminados y no hagan falta intelectuales para el cambio, mientras un niño no sea lo más importante, la escuela lo más prioritario y los viejos los menos castigados, será difícil no pensar en que la raíz de nuestros males es la genética, o el castigo bíblico o Nostradamus o los mayas.&nbsp;</p><p>Pero, le confieso algo, si no creyera que todo esto que parece imposible podemos hacerlo, no podría estar escribiendo estas palabras.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BM7s4d_GLFDOHISi0s2e8IO5Hrg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/12/cronicas_urbanas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Buscar respuestas a preguntas que muchas veces son las mismas, no es un error sino uno de los rasgos más destacables de nuestra naturaleza humana. A d...]]>
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                <updated>2024-12-08T03:30:35+00:00</updated>
                <published>2024-12-07T22:30:00+00:00</published>
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            El bar del Turco
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        <author>
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G0neX5joImU5aydDuvwp-aiVleI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/bar.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Aunque la puerta sigue abierta, las sillas volteadas sobre algunas de las mesas indican que el bar ya está cerrado. La media luz ilumina dos siluetas sentadas sobre uno de los laterales. Sobre ellos, un cuadro recuerda la formación del Boca campeón del ‘62, un poco más allá, ocultando una mancha, un cedro rodeado de caracteres arábigos y un amarronado “LEBANON” como única inscripción legible contrasta con fotografías de glorias del tango, goleadores olvidados y alguna publicidad de un desaparecido licor de mandarina.</p><p>De espaldas a la barra, con el respaldo de la silla apoyada sobre la pared, el dueño de casa llena nuevamente la copa del otro, un hombre de unos cincuenta años, de hombros fornidos, manos callosas y labio leporino. César es el nombre, descarga camiones cargados de medias reses en las carnicerías cada madrugada y bebe hasta el olvido cada noche en ese bar en donde parece haber encontrado alguien que lo escuche en silencio, sin interrupciones. Y que no lo contradiga. El otro, el dueño del bar, es Omar, el turco. A nadie jamás le importó si ese acaso era su verdadero nombre, si sería del Líbano, de Turquía o de ninguna parte. Habla poco y mal, abre el bar cuando nadie lo ve y lo cierra cuando se va el último cliente que, inevitablemente, es César.</p><p>Uno habla, se confiesa, el otro escucha. Ambos beben, ninguno ríe, austeros en gestos uno y en palabras el otro. Monótonos, grises, herméticos.</p><p>El turco debe rondar los sesenta años, viste siempre la misma ropa descolorida y sus ojos marrones quizás tengan la misma tonalidad que el cedro del cartel, sin dudas la misma tristeza; probablemente tenga una historia, un nombre, algún recuerdo. La trastienda del bar es su hogar; una cama matrimonial, una mesa de luz, un calentador, un placard sin puerta y un par de sillas son todo su mobiliario; sobre la mesa de luz, un álbum de fotos, de tapas duras y de color ámbar con rayas negras, seguramente es toda su memoria. La sutil línea de tierra que rodea el álbum habla de su abandono, de su inercia. Hay un olor rancio en el cuarto, olor a flores marchitas, a tierra yerma, olor a insectos y a té frío, olor a sábana arrugada y a plato único, a papel en blanco, a vino y a tabaco; la oscuridad se cuela entre las ropas, la ausencia se esconde entre los pliegues de la almohada. Hay un disco también, un disco de pasta, negro y duro, pieza inútil.</p><p>César vive del otro lado de la calle, en una casilla de madera y chapas viejas; una mujer vive con él, quizás también un hijo, de él, de ella o de ambos, un par de perros gordos (bondades del oficio) y a través de la única ventana puede verse, a un lado de la cama, un par de botas de goma y un guardapolvo blanco. Lo único blanco de la casa. Desde que recuerda, su despertador fue una mezcla de ansiedad y miedo responsable; a las cinco y media de la madrugada se sienta agitado en la cama y mira por cualquier agujero si afuera sigue siendo noche y calcula burdamente si no llegará tarde al frigorífico. Se viste en silencio, no por respeto al sueño ajeno sino porque no hay nada que pueda hacer ruido, y camina por las calles de tierra o bien de barro, un par de kilómetros hasta el trabajo. Al llegar al camión, se coloca el guardapolvo con la sobriedad de un cirujano, cambia las alpargatas por las botas blancas y se trepa a saludar con las manos calientes los fríos cadáveres colgados.</p><p>Al terminar la jornada, la escena se repite en forma inversa; se quita las botas, el guardapolvo manchado y desanda los dos kilómetros hasta su casa, deja la ropa a lavar, algo de carne y sin decir adiós, camina hacia el bar a media tarde.</p><p>Se sienta siempre a la misma mesa, debajo de la foto que recuerda al Boca Campeón del ’62, y sin que sea preciso decir nada, el Turco trae la primera jarra de vino ácido. Cuando ya no queda nadie en el bar, este se sienta, coloca una nueva jarra, y fija la mirada en el vaso de vidrio. Entonces César comienza, a veces, su monólogo. El vaso de vino ahoga palabras y frases donde se perciben sonidos que semejan ronroneos de infancia, otras veces asperezas de pelotas de goma, náuseas de primeras borracheras, nombres femeninos; gemidos que suenan a reproches, balbuceos de miseria y resignación, de resentimiento y angustia.</p><p>Una noche la segunda jarra lo sorprende hablando del camión, y una risa se escapa de su boca irregular junto a un chorro de baba. El turco apoya la bebida sobre la mesa y cierra la puerta. El bar ya está cerrado.</p><p>Llena los vasos. El otro sigue. Y el relato entusiasma al relator, que está dentro del camión, entre las reses muertas y colgadas, se ve junto al chofer que, como él, esta sin ropas, y hay alguien más, una muchacha, que tiembla de frío y de miedo al percibir lo que se esconde detrás de esas miradas, de esos ojos lascivos, de esas manos manchadas que le arrancan la ropa, los zapatos, la vergüenza. El grito de placer del relator se confunde con el grito de dolor de la muchacha, que clava sus uñas sobre un pedazo de carne muerta que yace a sus espaldas, y una y otra vez siente la embestida bestial de sus captores y la sangre caliente que mana de entre sus piernas se enfría y confunde velozmente con la otra sangre, y de la boca irregular brota una lengua que lastima unos senos pequeños y mordidos, azules de dolor y de frío. El vaso de vidrio se llena y se vacía, la jarra casi no toca la mesa, no alcanza a hacerlo, ya que los vasos parecen sacudirse al compás del relato, llenarse de espanto y vaciarse de piedad, de razones, de lógica.</p><p>Tenía dieciséis años –dice– después nos enteramos. Quedó olvidada en el camión mientras nosotros entramos a un bar cualquiera a festejar la hazaña. Al regresar, la temperatura de ella era igual al del resto de la carga, la boca entreabierta, las manos crispadas. Pero lo que más me impresionó –sigue el relator– fue la mirada, parecía estar en paz, como si no pasara nada, no parecía haber dolor ni rencor en esa cara. Eso nos ayudó a no tener remordimientos y a no dudar cuando la tiramos en el basural, para que algún perro o algún ciruja la encontrara. La hallaron casi diez días después. Gracias a Dios –concluye– nunca pasó nada.</p><p>Levantó la mirada de la mesa y buscó en silencio la jarra. Frente a él, el Turco estaba de pie, pero en la mano no tenía más la jarra sino algo cuadrangular y aún con tierra, de color ámbar y rayas negras. Abrió el álbum y buscó una página. Y César vio una foto atemporal, en blanco y gris, un paisaje cualquiera, una hora irreal y una muchacha, con un vestido sin color, dos trenzas, zapatos sin tacón y una sonrisa. Quizás por eso le costó reconocerla, porque la muchacha que relataba el relator sólo gritaba. La muchacha de la foto sonreía.</p><p>A la mañana siguiente, a la hora habitual, el bar abrió su puerta. En algún otro lugar, alguien miró el reloj, insultó en voz baja, y arrancó el camión sin esperar más a quien nunca llegaría.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G0neX5joImU5aydDuvwp-aiVleI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/bar.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Aunque la puerta sigue abierta, las sillas volteadas sobre algunas de las mesas indican que el bar ya está cerrado. La media luz ilumina dos siluetas...]]>
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                <updated>2024-11-23T22:05:43+00:00</updated>
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            Charly y la fábrica de hacer enanos
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nrWYRxVCTaJ8YwoMeV9pGBP37fI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/charly_y_la_fabrica_de_enanos.JPG" class="type:primaryImage" /></figure><p>Algo que quizás muchos desconozcan es que enano no se nace, se hace. No es azaroso ni casual, sino más bien sistemático y elaborado. El cómo y para qué, es algo que intentaremos dilucidar en este texto.&nbsp;</p><p>Fue un inglés, Jonathan Swift, quien nos hizo vislumbrar la posibilidad de que todo sea una cuestión de perspectiva a través de los dos más famosos viajes de su creación literaria llamada Los viajes de Gulliver. Como se recordará, el accidentado navegante llegó en un primer momento a Lilliput, un país en el que todos eran diminutos seres desde la óptica del recién llegado. Enanos que se asombraban ante el poderío y la inteligencia de este semidiós arrojado a sus plácidas playas por el destino; Gulliver era aquello que les permitiría vencer a sus eternos enemigos, aun a costa de recordarles lo atrasados que estaban: casi medievales ante un ejemplar salido de la modernidad naciente. Sin pensarlo, asumieron su condición de enanos y se sometieron voluntariamente a los designios del gigante; aunque más tarde quisieran arrancarle los ojos. Pero esa es otra historia.&nbsp;</p><p>En su segundo viaje, Gulliver se encontró de repente en otro país (Brobdingnag), un sitio poblado por gigantes, en donde –vaya paradoja– el enano podría haber sido él. Lo que, sabemos, no sucedió; es decir, no actuó como el enano que se supondría era debido a la diferencia de tamaño, sino que, una vez más, su inteligencia y vivencias previas le permitieron sobreponerse a la desdicha.&nbsp;</p><p>Esta historia, un verdadero éxito editorial desde su nacimiento allá por 1726, no es ingenua, ni mucho menos inocente como se intentó desvirtuar si no, como aseguran algunos entendidos, una crítica implacable a la sociedad inglesa de ese entonces, quizás con ambiciones no muy distintas de las sociedades capitalistas que dominaron el siglo XX. Y el XXI, claro. Para ser gigante, entonces, solo hace falta fabricar enanos. Eso lo sabían –o lo intuían al menos– ya los conquistadores romanos cuyo accionar se dividía en dos tiempos; uno de sangre y muerte y un segundo de sometimiento. Este último, el más importante, consistía en el reemplazo gradual de la cultura de los pueblos conquistados por la suya propia. Imponían las leyes, los dioses y, fundamentalmente, la lengua.&nbsp;</p><p>Los españoles que diezmaron nuestra América traían en sus barcos, junto a las espadas y los arcabuces, la Biblia y la lengua de Castilla. Traían su bagaje de dioses y de letras, de costumbres “civilizatorias” y de ritos. Alguien dijo alguna vez que un dialecto es solo una lengua que no tuvo suerte; esa quizás fuera la mala suerte del quichua y el mapuche, el guaraní y el mataco. Hoy, la conquista continúa. El eufemismo que lo identifica es el de globalización. La aldea global. El sitio que es todos los sitios, como una siniestra deformación del Aleph que relatara Borges. Una lengua única, una cultura única. La cultura del gigante, naturalmente. Esa que hace vestir de jeans a los paisanos de Atamisqui y festejar Halloween en las polvorientas callejas de Tilcara, nos muestra las miserias del mundo online y revisar nuestra historia en e-books. Sin embargo, pudo ser una gran victoria –minimizada hasta el olvido por los “derrotados”– que reapareciera la letra “ñ” en los teclados de las computadoras; una simple letra que es la identificación de la que hoy es nuestra lengua. Nada menos. Pero no fue una gran derrota sino más bien una negociación económica que permitió vender millones de teclados para los hispanohablantes que de ese modo accedían a un mundo virtual dominado por el inglés. Hay quienes ven como una pequeña venganza la gran inmigración latina al gigante del norte (residencia oficial de Charly) pero olvidan que esos inmigrantes a cambio de comprar el sueño americano vendieron su lengua y su pasado. Hablan “Spanglish”, un híbrido que, como el minotauro de Creta nació, al decir de Julio Cortázar, del amor y del deseo. Una victoria a lo Pirro, diría yo. Custodiar nuestra lengua es velar por nuestra esencia; somos habitantes de una lengua, perderla es condenarnos al destierro. Somos lo que hablamos, y en nuestro hablar se encuentra nuestra historia, nuestro pasado, costumbres, tradiciones, mitos y certezas; al hablar exhibimos, como una huella digital, nuestra genealogía y nuestro origen, aunque también los ocultos anhelos de sellar el mefistofélico pacto que pueda convertirnos –a sabiendas o no– en enanos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nrWYRxVCTaJ8YwoMeV9pGBP37fI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/charly_y_la_fabrica_de_enanos.JPG" class="type:primaryImage" /></figure>Algo que quizás muchos desconozcan es que enano no se nace, se hace. No es azaroso ni casual, sino más bien sistemático y elaborado. El cómo y para qu...]]>
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                <updated>2024-11-16T22:56:46+00:00</updated>
                <published>2024-11-16T14:41:00+00:00</published>
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            Sobre héroes y fabulas
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-GKp6ph7p4aJC9sKrSLNF_sn4xY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/gente_caminando.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Nombrar, se me ocurre, no es sólo darles un nombre a las cosas, sino entidad, un significado y una historia. Las personas, los objetos, los lugares, solo cobran trascendencia a partir de lo que para cada uno signifique, es decir, nada tiene valor por sí mismo, sino que solo vale por lo que significa, por lo que representa. Pensaba esto mientras recorría las calles de mi ciudad y observaba la paradoja del nombrar para olvidar, nombrar para ocultar, para vaciar de contenido. Churruarín, por ejemplo, Seguí, Franco, Rodó, Colombo, uno se pregunta (en realidad no creo que nadie se tome el tiempo de preguntarse esto mientras camina) ¿serán próceres, mártires, tiempos verbales o fallas geológicas?&nbsp;</p><p>Los carteles en las esquinas se limitan a informar –escuetamente– el nombre, digamos, coloquial, más de entrecasa si se quiere, sin especificar siquiera los nombres completos y, en los casos que así lo amerite, alguna alusión a su razón de ser en esa calle; la calle Cervantes, ¿se refiere al autor del Quijote? Suponemos que sí ya que así figura en el Correo Argentino, pero exiguo homenaje se le hace al padre de la novela española, si no se aclara que de él se trata agregando algunos caracteres más a los carteles; Juan Lapalma, quien fuera nada menos que el primer médico de Gualeguaychú, merecería que se lo mencionara como “doctor” para saber que de él se trata, o la calle Jauretche, ¿se referirá a don Arturo?, o la calle Smith, ¿acaso alguien sabe que es un homenaje al sindicalista Oscar Smith, desaparecido durante la última dictadura?&nbsp;</p><p>A don Luis Doello Jurado –conocido como el Sócrates de Gualeguaychú en los primeros años del siglo XX– lo diferencia de Martín Doello Jurado –científico gualeguaychuense fundador de la Asociación Argentina de Ciencias Naturales– apenas el hecho de que uno está en la ciudad y el otro en el parque; quizás no todos sepan que acá tenemos nuestra calle Florida, aunque ni siquiera está claro porqué lleva ese nombre.&nbsp;</p><p>Al ver el cartel de la calle Samaniego, es probable que el distraído caminante pueda pensar en un homenaje al conocido autor de fábulas, ya que es poco probable que sepa que ese nombre se colocó en homenaje a Gregorio Samaniego. Pero, ¿quién era Gregorio Samaniego?&nbsp;</p><p>Hace algún tiempo, leí unas crónicas del genial premio Nobel José Saramago en donde, con la agudeza que lo caracterizaba, se refería al monumento de los ignotos mártires de la independencia Portuguesa; recordé esa crónica cuando pude saber que la calle Samaniego llevaba ese nombre en homenaje a alguien de quien se desconoce hasta su año de nacimiento; se cree que nació en Gualeguaychú, se supone su procedencia en un hogar humilde y las primeras noticias que se tienen de él datan de 1811, cuando es perseguido por los españoles acusado de rebeldía. En febrero de ese mismo año, reunió algunos gauchos de la zona y formaron una milicia que se puso a disposición de Bartolomé Zapata con el objeto de recuperar a Gualeguaychú, que había caído en manos de las tropas realistas; contra estos, se sabe que combatió con éxito en Arroyo Bellaco y en un combate en las cercanías del río Paranacito alrededor del año 1813; posteriormente, ya a cargo del escuadrón Gualeguaychú y durante la guerra entre Directoriales y Federales, combatió por el bando porteño obteniendo los triunfos en Mandisoví, Pospos y Paso Belén.&nbsp;</p><p>Un 18 de marzo de 1819, perdió la vida en la batalla de Saucecito. Su desaparición, como aporta certeramente Patricio Álvarez Daneri, significó asimismo una significativa pérdida de representatividad de nuestra ciudad en el escenario político de ese entonces con sus imaginables consecuencias.&nbsp;</p><p>Quizás no sea exagerado hablar de Gregorio Samaniego como uno de nuestros primeros héroes gualeguaychuenses, tanto durante la lucha por nuestra independencia, como en los combates fratricidas que siguieron tras de ésta, un héroe a quien no se le rinden homenajes y, lo que es peor, de tanto nombrarlo sin nombrarlo, se lo ha condenado al olvido.&nbsp;</p><p>De esto de dar la vida a cambio del olvido quizás hablaba también el otro Samaniego, Félix María, el de las fábulas, cuando relata en “El hombre y la culebra”: A una culebra que de frío yerta / en el suelo yacía medio muerta / un labrador tomó / más fue tan bueno / que incautamente la abrigó en su seno. Apenas revivió, cuando la ingrata / a su gran bienhechor traidora mata.</p>]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2024-11-09T22:03:00+00:00</published>
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            La mirada de los otros
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZWfhonaflWWQ4sAEw_anR1ucWg0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/la_mirada_de_los_otros.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuando lo conocí, Juan trabajaba de ciego en la esquina de la terminal de ómnibus. Solía venir –según me contó después– alrededor de las diez de la mañana y se quedaba hasta el mediodía, con lo que juntaba generalmente le alcanzaba para el almuerzo y no eran pocas las veces –en especial en verano, cuando la ciudad empezaba a llenarse de turistas– que ni siquiera tenía necesidad de trabajar a la tarde. Por ese entonces, Juan tendría unos veintipico de años, la cabellera tupida pero cortada casi al ras y unas mandíbulas angulosas que parecían un dibujo de Alberto Breccia. Tenía una voz entre gutural y gangosa, entrecortada, deliberadamente lastimosa e incomprensible que semejaba un ronroneo que acompañaba el mecánico movimiento de una lata en su mano derecha. No se precisaba saber mucho ni entender nada, los anteojos oscuros, el mentón ligeramente elevado hacia el cielo, el tintineo de alguna moneda en la lata y el siseo aguardentoso que dejaba escapar de su boca entrecerrada eran suficientes como carné de presentación para todo aquel que quisiera tener su dosis de humanidad y acción caritativa.</p><p>La mañana que lo conocí yo volvía de Buenos Aires. Era la primera vez que viajaba así que la terminal de ómnibus era para mí un edificio más, no muy diferente al de tribunales o la sinagoga. Estaba todavía pensativo e impresionado por ese mundo gigantesco y curioso que estaba a solo cuatro horas de viaje de mi ciudad y al que no había conocido sino hasta hace un par de días atrás, cuando bajé del colectivo y caminé hasta la esquina buscando algún conocido que me acercara hasta mi casa. Ahí lo vi. Me detuve delante de él y lo observé durante no sé cuánto tiempo. Los pocos pasajeros que venían en el colectivo que me había traído se dispersaron rápidamente y quedamos prácticamente solos él y yo. Cuando el silencio copó la terminal, dejó de sacudir la lata. Yo miraba mi reflejo en sus anteojos oscuros y sucios de tierra, él bajo el mentón y pareció tomar conciencia de mi presencia.</p><p>–¿Qué pasa, no te vinieron a buscar o estás al pedo?</p><p>– Las dos cosas. Dije sin poder evitar reírme por la pregunta y sorprenderme por el tono de su voz, que no era el de la letanía de hacía un momento.</p><p>–¿En serio sos ciego, vos?</p><p>–¿Ya comiste? Sino acá a la vuelta hay un boliche que se come muy bien y por dos mangos. Vamos, te acompaño y te dejo pagar encima– dijo.</p><p>Sin esperar respuesta, se adelantó, me tomó del brazo y empezamos a caminar por calle Bolívar hacia el oeste. Hacía calor y hasta la tarde, según supe después, no había más colectivos.</p><p>Llegamos a un pequeño restaurante sobre calle Montevideo, me ubiqué en una mesa cerca de la barra y él se dirigió al baño. Volvió sin los anteojos, con la cara y las manos aún algo húmedas y se sentó frente a mí.&nbsp;</p><p>–Sos una estafa ¿no? Te haces pasar por ciego y mendigas dando lástima.</p><p>–¿Yo te dije que era ciego? ¿vos me escuchaste decirle eso a alguno de los que pasaba o me tiraba una moneda? ¿Me escuchaste que pidiera limosna?</p><p>–No, pero…</p><p>–Pero ¿qué? ¿Porque tengo anteojos oscuros ya se supone que no veo? ¿Sacudo la lata y ya vos entendés que te estoy pidiendo plata? ¿Sabés lo que pasa? Que cada uno ve lo que tiene ganas de ver, escucha lo que necesita escuchar, ¿sabes las veces que veo una mina que no le compra caramelos a los gurises para darme las monedas a mí? Y por qué crees que hace eso, ¿porque es buena? No, porque los mata la culpa y encima pretenden comprar la redención con dos monedas, porque les encanta la sensación de sentirse superiores, como los reyes cuando salían por las calles a repartir limosnas para que todos vieran lo bueno y generosos que eran, cómo querían a su pueblo; estos no son reyes y su máxima aspiración es que un mendigo los bendiga por su generosidad de mierda. ¿y vos decís que yo soy la estafa? ¿Sabés qué vengo a ser yo? Una especie de espejo pero que, a diferencia de los otros, nadie quiere mirarse porque no se ve por fuera sino por dentro. ¿qué loco eso, no?</p><p>Eso, palabras más, palabras menos, fue lo que me dijo. Almorzamos y hablamos durante casi dos horas, en realidad fue casi un monólogo de su parte. Cuando íbamos a retirarnos, llevé la mano al bolsillo, pero él me detuvo secamente: dejá, yo te invito, la próxima pagás vos.</p><p>Durante varios días no pude evitar pensar quién sería ese extraño personaje y confieso que contuve mis ganas de acercarme a la terminal a ver si lo encontraba y le devolvía su gentileza del almuerzo a cambio de escucharlo de nuevo. No lo hice y ya nunca más pude hacerlo, un día cualquiera escuché por la radio que habían matado a alguien que, por la descripción, no podía ser otro que él. Las circunstancias de su muerte eran tan extrañas que no pude evitar pensar qué miserias humanas habría estado explorando para pagar con su vida.</p>]]>
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                <updated>2024-11-02T22:41:19+00:00</updated>
                <published>2024-11-02T22:39:39+00:00</published>
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            La mujer que se atrevió a curar vestida de utopía
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/s0hJBBxBo23CDOlfo7QnBjSHGJE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/agnodice.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Una conocida marca de cigarrillos pensada para mujeres utilizaba un slogan que persiste en la memoria de quienes peinan o tiñen algunas canas; sin dudas, aquella frase publicitaria era casi una declaración de principios: “Has recorrido un largo camino, muchacha”, rezaba. Camino que, sabemos, no fue fácil ni mucho menos para las herederas de quien fuera la responsable de la expulsión del paraíso; para ambos pecadores el destierro, pero para ella, además, el castigo de parir con dolor.</p><p>Sin dudas, los autores de la Biblia tenían muy clara la polisemia del término parir. Desde el principio de los tiempos –cualquiera haya sido el principio− la condición de mujer obligó a escribir o al menos intentar que dejaran de escribirse algunas de las páginas más oscuras de la historia. Cada cultura, de la mano de su religión o sus costumbres, hizo lo propio para que la palabra igualdad no tuviera nada que ver con el género. Cada conquista en la lucha por esa, en impresión inconcebible, igualdad, estuvo precedida por sufrimiento, persecución y no pocas veces muerte. Cuando se repasa la historia de los logros femeninos, se percibe con claridad que nunca está mejor utilizado la expresión conquista para referirse a ellos.&nbsp;</p><p>“A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti” Génesis 3:16. Pero ¿no podía hacerse nada para que la sentencia bíblica no fuera tan literal? Quizás esta fue la pregunta que se hizo Agnodice antes de tomar la decisión que casi le costaría la vida.</p><p>Para hablar de Agnodice, debemos remontarnos a la Grecia de los tiempos de los primeros filósofos (curiosamente, un campo académico que, al decir de Eugene Park: "Es predominantemente blanca y predominantemente masculina, esta homogeneidad existe en casi todos los aspectos y en todos los niveles de la disciplina (la filosofía") y allí encontraremos a esta mujer nacida en el seno de una tradicional familia ateniense. Agnodice debe haber vivido como injusto el que algo tan natural como un parto se convirtiera a veces en verdaderos suplicios –cuando no la muerte– y eso hizo que su deseo luego se convirtiera en la obsesión de ser médica.&nbsp;</p><p>¿Mujer y médica en el siglo IV? Bueno, en realidad razones había para soñarlo. Hipócrates (470-360 a.C.) ya había formado algunas mujeres para ejercer la medicina –en particular en el arte de lo que hoy sería la obstetricia− no obstante, tras la muerte del maestro, se comenzó a denunciar la realización de abortos por parte de estas mujeres. Bajo acusaciones falsas o verdaderas −es irrelevante en este momento ese análisis−, se prohibió la práctica de la medicina para la mujer (como si los médicos hombres no hubieran realizado abortos). Y se condenó dicha transgresión con la pena de muerte.&nbsp;</p><p>Agnodice, sin embargo, logró convencer a su padre −tal su determinación− y éste accedió a ayudarla a concretar su sueño enviándola a estudiar a Egipto, más precisamente a Alejandría, y nada menos que con el gran anatomista Herófito (quién, entre otras muchas y fantásticas afirmaciones, sentenció que la inteligencia se hallaba en el cerebro y no en el corazón, como era de creencia popular). Eso sí, debió cortarse el cabello y no solo vestir sino asumir por completo el aspecto de hombre.</p><p>De regreso a su patria, comenzó a ganar fama entre las mujeres dadas su capacidad y trato para con ellas (aunque continuaba travestida de hombre) lo que le valió ganar cada vez mayor fama y clientela. Afirmaba José Ingenieros en “El hombre mediocre” refiriéndose a la envidia: “(…) los hombres de letras no se quedan atrás, pero los cómicos y las rameras tendrían el privilegio, si no existiesen los médicos”. La envidia medicorum. Eso fue quizás, lo que llevó a sus colegas, primero, a perseguirla acusándola de “acercarse demasiado a sus pacientes” y, más adelante, hasta de violación.&nbsp;</p><p>Acto seguido, fue llevada a juicio. El mismo se realizó en una colina llamada Areópago que –vaya paradoja− se llamaba así porque Ares (Dios de la guerra) había sido juzgado por los dioses y exonerado de ser ajusticiado por haber matado a Halirrotio, hijo de Poseidón, quien había violado a la hija de Ares, Alcipe.&nbsp;</p><p>En un momento del juicio, Agnodice decidió confesar su condición de mujer y para ello mostró sus genitales a fin de ser creída y sobreseída de las calumnias. Pues bien, dicha confesión le valió que sumara la grave acusación de suplantación de identidad para ejercer una profesión prohibida a las mujeres. Finalmente, cuando ya su suerte estaba echada, las mujeres atenienses irrumpieron en el juicio evitando no sólo que salvara la médica su vida, sino que, además, se pudiera rever la ley que prohibía que ejercieran.</p><p>Como vemos, desde hace por lo menos 2.500 años las mujeres han debido pelear una a una cada batalla –desigual y agotadora− en la búsqueda no de privilegios sino apenas de una igualdad que a ninguna parece importarle que, por momentos, sea lo más parecido a una utopía.</p>]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
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            La muerte como una cuestión epistemológica
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HlzOILXNTaPfEtY-calniQY8jaU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/muerte.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Intentar definir el concepto de muerte es una tarea tan ardua como probablemente ímproba. La muerte, como parte del ciclo vital (nacer, crecer, reproducirse y morir) termina siendo, paradójicamente, parte de la vida. Parte insoslayable del ciclo de la vida. El temor a la muerte, a la finitud, tiene su origen casi paralelamente al origen del homo sapiens, el animal que logra crear e interpretar los símbolos, capaz de un razonamiento abstracto, el hombre posibilitado de una introspección. Cuando nace la conciencia de muerte nacen los dioses. Dioses que intervienen desde los inicios de la medicina cuando luchan por inclinar la balanza en la lucha entre la vida y la muerte Eros (dios de la vida) y&nbsp;Tanatos (dios de la muerte) debiendo, no en pocos casos, apelar tan sólo a la resignación como único recurso y muchas veces siendo disputado por otro dios que busca aferrar a los humanos al mundo terreno: Agón, dios de la lucha. Dios de la agonía.&nbsp;</p><p>La aparición en el siglo pasado de nuevas herramientas terapéuticas tales como el respirador artificial, los equipos de diálisis, las cirugías de alta complejidad, los trasplantes de órganos y otros muchos, provocaron un profundo cambio en ese ya de por sí inestable paradigma de la muerte. Nace, como concepto, la muerte cerebral. Ni el corazón detenido es sinónimo de muerte ni un corazón batiente es sinónimo de vida. El soporte brindado en las Terapias Intensivas genera nuevos problemas éticos que oscilan entre los extremos del encarnizamiento terapéutico y el retiro del soporte vital.&nbsp;</p><p>Ya en 1952, durante la apertura de un congreso de neurología, el Papa Pío XII advertía “El médico mira, pues, el aspecto médico del caso; el moralista, las normas morales. Ordinariamente, explicándose y completándose mutuamente estos datos, será posible un juicio seguro sobre la licitud moral de cada caso en su situación absolutamente concreta.” El debate estaba planteado. Opiniones convergentes y divergentes surgen casi a diario; el Dr. Camilo Talé, reconocido profesor titular de Filosofía del derecho afirma: “El hombre tiene el deber moral de preservar la salud, y por ende está obligado a aplicarse los medios terapéuticos que no sean desproporcionados; pero no debe ser coaccionado para ello. (…) Por los fundamentos expuestos (y no por una ‘autonomía’ moral del paciente), hay que afirmar que, en general, ni los médicos ni la sociedad tienen la facultad de constreñir al enfermo para el beneficio de éste”.&nbsp;</p><p>En una sociedad en donde los recursos no son de ningún modo ilimitados y mucho menos universales en cuanto a salud se refiere, también se suma al debate el hecho de que mantener artificialmente con vida a ciertos pacientes –que sin el soporte mencionado estarían indefectiblemente condenados a la muerte- conlleva el acaparamiento a todas luces inconducente de recursos económicos, así como de infraestructura hospitalaria, impidiendo una distribución más ecuánime de dichos recursos.&nbsp;</p><p>Como si fuera escaso el cono de sombras que se yergue sobre estas decisiones controversiales, no es menor la opinión de familiares y allegados que aportan su cuota de confusión ante una ya de por sí difícil situación. Prolongar innecesariamente la vida no sólo perjudica a quienes se está privando del derecho a una muerte digna, sino que, indirectamente, priva a muchos otros de dichos recursos que, como se dijo antes, son no sólo finitos sino generalmente escasos o insuficientes.&nbsp;</p><p>Escribe Carlos Gherardi en su libro Vida y muerte en Terapia Intensiva: “que estas salas (de Terapia Intensiva) habiendo nacido para la restauración de la vida casi perdida, no se transformen en una obligada estadía previa a la muerte”.&nbsp;</p><p>No deben, las instituciones de salud en general y las terapias intensivas en particular, convertirse obligatoriamente en la antesala obligada de la muerte. Según Gherardi: “la agonía injustificadamente prolongada, el sufrimiento extremo, la desfiguración y el aislamiento del paciente, cualquiera de ellas puede ser la consecuencia del encarnizamiento terapéutico que conlleva formas de morir que resultan una caricatura de la dignidad personal”.</p><p>Decíamos al inicio, qué difícil resulta definir el concepto de muerte considerando que este no es, sino, una construcción cultural y por lo tanto humana, de allí la alternativa de pensarla desde un punto de vista epistemológico. Y debatirlo en consecuencia. Ese quizás sea el desafío. Desde nuestra sociedad y con nuestra mirada, nuestros conceptos y nuestra visión, desde nuestros prejuicios y nuestros temores. Quizás, y paradójicamente, empezar a pensar en el significado de una muerte digna nos ayude a pensar el significado de una vida digna.&nbsp;</p><p>Me gusta, en este punto, citar una anécdota atribuida a Sigmund Freud por Peter Gay: “A la edad de 83 años, Sigmund Freud se había sometido a 33 operaciones. Sufría un cáncer de maxilar hacía más de 15 años. El 21 de Septiembre de 1939, estando el doctor Shur sentando junto a su paciente, Freud le tomó la mano y le dijo si recordaba el “contrato” que ambos tenían, “prometió no dejarme en la estacada cuando llegara el momento. Ahora sólo queda la tortura y no tiene sentido, hable con Ana y si ella piensa que está bien, terminemos”.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HlzOILXNTaPfEtY-calniQY8jaU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/muerte.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Intentar definir el concepto de muerte es una tarea tan ardua como probablemente ímproba. La muerte, como parte del ciclo vital (nacer, crecer, reprod...]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2024-10-05T11:01:00+00:00</published>
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            Lo que aprendió Ramón de su viaje al centro de la Tierra
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/izq2U-t1a499oDXemU31HmhcS3I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/pozo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En Pueblo Nuevo, uno de los míticos barrios periféricos de nuestra ciudad, nació y vivió toda su vida Ramón Torresani, hombre honesto, trabajador y pocero de profesión. Desde hacía ya varios años, con la llegada del progreso, tanto a la ciudad como al campo, su trabajo había disminuido bastante, por lo que el tiempo libre lo utilizaba haciendo diferentes changas que le permitían vivir humilde, pero dignamente. Pero, humano al fin, Torresani también tenía sus defectos: amante desmesurado de las bebidas espirituosas y mentiroso al extremo. Ninguna de las dos molestaba a nadie ya que no tenía familia a quien avergonzar con su vicio y sus mentiras provocaban más gracia que daño ya que abundaba en exageraciones e historias hilarantes y plenas de desmesura.&nbsp;</p><p>Solía recalar a la caída del sol por un conocido bodegón de la zona en donde siempre había una silla libre para que se sentara a compartir sus historias, la mayoría de ellas ligadas a su oficio, que era su mundo. Allí, bebía un vino áspero que el bolichero servía casi hasta el borde del vaso dejando, según expreso pedido de Ramón, siempre un dedo libre para cortarlo con un poquito de agua. “A lo Jesús”, decía. En varias ocasiones había explicado su descabellada hipótesis acerca de la errónea interpretación bíblica del vino y el agua y que él resumía en que, según los libros sagrados, Jesús rebajaba el vino con agua. El bolichero, respetuoso de Ramón y sus tradiciones religiosas, le dejaba un chupín de vidrio con agua para que el otro lo usara cuándo y cómo creyera conveniente.&nbsp;</p><p>Cierta noche, sorprendió a la nutrida concurrencia del bodegón –dado que era viernes y vísperas de fin de semana largo– despidiéndose por algún tiempo ya que iniciaría, según adelantó, un viaje que llenaría de orgullo tanto a su persona como al barrio todo. La cosa empezó, en realidad, cuando un par de parroquianos, conocedores de los puntos débiles de Ramón, comenzaron a elogiar las virtudes de un tal Ramallo –Jeremías Ramallo, hombre de Gualeguay– capaz de hacer un pozo de hasta 25 metros en una mañana. Ramón acusó la estocada, pero no dijo nada y siguió bautizando su vino en silencio. Las lisonjas, lejos de disminuir, iban aumentando a medida que avanzaba la noche y el número de parroquianos que seguía aportando datos, algunos ya rayanos al disparate, sobre ese tal Ramallo y nada parecía hacer mella en el sensible orgullo del pocero de Pueblo nuevo.&nbsp;</p><p>Sería casi la una de la noche del sábado ya cuando Ramón se puso de pie, pidió la cuenta y anunció sin emoción que iba a ausentarse por algún tiempo del boliche debido a un viaje que iba a realizar.&nbsp;</p><p>–¿Salió una changa en algún campo, Ramón? Preguntó uno.&nbsp;</p><p>–No es trabajo precisamente.&nbsp;</p><p>–¿Vacaciones? Argumentó otro con un dejo de sorna.&nbsp;</p><p>–No sé qué es eso. Respondió Ramón.&nbsp;</p><p>–¿Y entonces? Dejá de hacerte el misterioso, che.&nbsp;</p><p>–Si quieren, llamenló desafío personal. –Y siguió–, como hay algunos que todavía dudan de mis habilidades con la pala de punta, he decidido romper mi propio récord y me voy a ir a profundidades que nadie ha llegado jamás. –Y nadie, no de acá, de toda la provincia–. Enfatizó.&nbsp;</p><p>–¿Y a dónde vas a ir, Ramón?&nbsp;</p><p>–Al centro de la Tierra. Dijo.&nbsp;</p><p>Nadie sabía que lo que había alimentado esa decisión había sido, además de la mencionada charla sobre este ficticio pocero de Gualeguay, una conferencia que había disfrutado casi por casualidad Ramón en la que el escritor Darío Carrazza se explayaba sobre la obra de Julio Verne y uno de los tópicos era, precisamente, Viaje al centro de la Tierra, que quién sabe qué efectos tuvo en ese momento en Ramón y que hoy venía a ser esgrimida como carta de triunfo en el boliche.&nbsp;&nbsp;</p><p>Nadie se atrevió a decir nada en ese momento para evitar herir los sentimientos del pocero que tan estoicamente había aguantado en silencio toda la noche las cargadas, pero el silencio se empezó a volver preocupación cuando pasaron varios fines de semana y nada se sabía de Ramón. Tanto es así que hasta algunos borrachines comenzaron a preguntarse si no estaría viajando en serio hasta el centro de la Tierra.&nbsp;</p><p>Casi tres meses duró la ausencia de Ramón al boliche. Y suerte que fue para agosto que volvió, sino capaz que de haber sido para Semana Santa alguno iba a pensar que era una resurrección. Entró al bodegón como si nada y se ubicó en una de las mesas a la espera de un vaso de vino. Todos rodearon al recién llegado y nadie se animaba a preguntar nada. Ramón tomó el vaso, le agregó unas gotas de agua, bebió un trago que pareció eterno, eructó respetuosamente y recién entonces habló.&nbsp;&nbsp;</p><p>–Como lo prometido es deuda, hice el viaje que les anticipé y aquí estoy de vuelta, trayendo pruebas irrefutables de mi viaje.</p><p>–¿Y qué trajiste, Ramón? –se atrevió a preguntar uno.&nbsp;</p><p>–Experiencia– dijo. Y algunas respuestas a preguntas que la ciencia venía haciéndose desde hace añares. Primero, y de esto ya no puede seguir habiendo discusión, los dinosaurios están acabados del todo.</p><p>-¡Noooo! Se oyó un grito desde el lado de la barra.&nbsp;</p><p>–Segundo. –Dijo Ramón levantando una mano y llamando a silencio-, segundo: el que diga que en Federación hace calor es porque nunca fue al centro de la Tierra. Esos son calores, resaltó.&nbsp;</p><p>–¡Lo parió! Agregó el que tenía al lado.&nbsp;</p><p>–Por último, y lo más importante, el volcán Nautilus ha salvado varias vidas a pesar de ser tan peligroso.&nbsp;</p><p>El Negro Martínez, que era filoso como cuchillo de matarife, intentó ponerlo en aprietos.&nbsp;</p><p>–Todo bien, Ramón, pero, ¿cómo sabemos que es verdad que llegaste hasta ahí y no nos estas bolaceando?&nbsp;</p><p>–Fácil. Planté una bandera de Pueblo Nuevo justo en el centro.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/izq2U-t1a499oDXemU31HmhcS3I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/pozo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En Pueblo Nuevo, uno de los míticos barrios periféricos de nuestra ciudad, nació y vivió toda su vida Ramón Torresani, hombre honesto, trabajador y po...]]>
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                <updated>2024-09-28T19:23:28+00:00</updated>
                <published>2024-09-28T11:22:00+00:00</published>
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            El regreso de Cortázar al Suda
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ltqYgEMXiMCooSGj3LLIQptHZkM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/cronica_urbanas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Se llamaba Roberto. Roberto “Chiche” Echenique. Nació y creció en la barriada de atrás de la Catedral, en el barrio del Suda, en donde todos lo conocía como Cortázar. Alto, desgarbado, de mirada profunda y huidiza, solía recalar todas las noches en la cantina del club Sudamérica, “el Suda”, en donde pasaba largas horas jugando al mus y bebiendo lo que cayera a la mesa. Tuvo que aprender por necesidad a jugar al mus a pesar de que siempre había preferido –y era bueno en eso, para qué negarlo– el truco, pero optó por cambiar de juego tras no quedar prácticamente nadie con quien no se hubiera trompeado. Porque eso sí, tan bonachón como chinchudo era. Lo de Cortázar, como todos llegaron a llamarle y a él, lejos de disgustarle le gustaba más que Chiche, su apodo de la infancia, había nacido precisamente en el club, allá por los ochenta. El único canal que medianamente se veía era ATC, como se llamaba el antiguo canal 7, luego TV pública, y se encontraba permanentemente encendido, sin sonido, como una visita discreta en una de las paredes de la cantina. Un día cualquiera, una noche cualquiera, mejor dicho, mientras observaban el noticiero, apareció la figura enorme de Julio Cortázar regresando al país después de un prolongado exilio al que tuvo que regresar muy pronto debido al vacío que sintió a su vuelta a la Argentina. Llamó la atención a la escasa concurrencia de esa noche primero la figura del escritor –a quien naturalmente no conocían- pero lo importante sucedió cuando lo escucharon hablar. Parece Chiche, gritó uno y todos asintieron. Chiche padecía –literalmente hablando– de un trastorno del habla en el que no podía pronunciar las erres y las reemplazaba por una ge. Precisamente esa fue la razón por la debió abandonar el truco ya que bastaba que gritara exaltado: “tguco” para que las cargadas no se hicieran esperar. Por eso, también, se presentaba como Chiche y no como “Ggobegto” ya que la situación era la misma. En aquella época y aquel barrio si alguien hubiera mencionado la palabra “bulling” se hubiera confundido fácilmente con una marca de whisky barato por lo que la infancia y adolescencia de Chiche no fue precisamente un lecho de rosas a la hora de relacionarse con la barra. Desde aquella noche todos empezaron a llamarle Cortázar y a él no le molestaba. Le habían dicho que era un reconocido escritor y como Chiche despuntaba de a ratos el vicio de la poesía repentista, hasta lo vivió con cierto halago. Tenía, además, la curiosa capacidad –nacida sin dudas de la angustia– de hacer cuartetas de hasta tres o cuatro estrofas esquivando toda palabra que contuviera erres y, de ese modo, privaba a los borrachines del placer de cargarlo mientras exhibía sus veleidades poéticas.</p><p>La vida de Cortázar transcurría con la serenidad que solo puede proporcionar la rutina, por lo que la cantina empezó a extrañar sus calenturas y peleas. Alguien decidió jugarle una broma y todos se sumaron a la perversa idea. ¿Cómo puede catalogarse sino a lo que sirve para divertirse a costillas del dolor del otro?&nbsp;</p><p>-Che, Cortázar, el viernes es el aniversario de tu muerte. Le dijo uno como toda recepción cuando este se hizo presente al boliche.</p><p>-¿Cómo decís?</p><p>-No, fuera de joda, el viernes se cumplen no sé cuántos años del nacimiento del otro Cortázar y ya que vos, aparte de usarle el nombre también sos medio colega, los muchachos querían hacerle un homenaje y que vos leyeras alguna poesía de él.</p><p>-¿Y de dónde querés que saque una poesía de él?</p><p>-Ah, el Rulo la consigue –se sumó otro–, él tiene Internet en el laburo y ahí se consigue todo.</p><p>A Cortázar le gustó la idea y su rostro no pudo ocultarlo. Tanto le gustó que bajó por un momento su defensa y no pudo ver de dónde vendría el uppercut que lo dejaría nocaut un par de días más tarde.</p><p>Ese viernes estaba todo listo. La cantina llena. Hasta un micrófono y un par de parlantes habían conseguido. Con varios cajones de cerveza dados vuelta hicieron el proscenio y apelaron a cuanto ardid andaba dando vueltas para no darle el papel con la supuesta poesía de Julio Cortázar hasta el momento de iniciar su lectura. El pelado Lencina lo presentó y todo. La poesía que habían preparado –apócrifa por donde se la mirara– empezaba diciendo: Ruedas raídas las de mi carroza renegrida / retorcidos relámpagos refulgen como rayos…</p><p>Cortázar subió al escenario improvisado tras la empalagosa presentación de Lencina quien, en ese instante, le entregó la hoja doblada con una mirada cómplice. Cortázar abrió la hoja, echó una rápida mirada y apenas alzó los ojos adivinó las risas contenidas en todo el auditorio. Lo primero que pensó hacer fue echarlos a la mierda, pero no podía ya que iba a darles el gusto de decir “miegda”; por lo que se limitó a doblar nuevamente la hoja, meterla en el bolsillo del saco que le habían prestado y salir de la cantina atravesando el pesado silencio que se había creado. Nadie pudo reírse. Hasta ese momento nadie se percató de que había sido una broma estúpida. Pero ya era tarde.</p><p>Cortázar no volvió nunca más por la cantina del Suda. Hasta ese 26 de agosto, día de muerte del otro Cortázar, de Julio. Todos lo vieron entrar y se petrificaron. Lo vieron tomar un cajón, darlo vuelta, subirse a éste, sacar una hoja del bolsillo de una campera azul tipo ferroviario que siempre usaba y tras carraspear como un toque de atención dijo:</p><p>-Dedicado a vos, colega, en este infausto aniversario de tu óbito. Y leyó: “Qué vanidad imaginar que puedo darte todo, el amor y la dicha, itinerarios, música, juguetes. Es cierto que es así: todo lo mío te lo doy, es cierto, pero todo lo mío no te basta como a mí no me basta que me des todo lo tuyo.</p><p>Ni una sola erre.</p><p>Cortázar por Cortázar –remató– y fue a servirse un vino, que no pensaba pagar, junto a la barra.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ltqYgEMXiMCooSGj3LLIQptHZkM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/cronica_urbanas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Se llamaba Roberto. Roberto “Chiche” Echenique. Nació y creció en la barriada de atrás de la Catedral, en el barrio del Suda, en donde todos lo conocí...]]>
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            Cosas de australianos
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        <author>
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/m5h-JSM2SGP3JwLgxYYb_15jefM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/bumerang.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fue para un verano de hace bastantes años, cuando el océano era mucho más grande que ahora y las distancias se medían en semanas y no en horas, que sucedió esto que les narro.</p><p>Por aquel entonces lucir en el mueble del comedor un souvenir hecho con caracoles de Mar del Plata era todo un detalle, segundado poco más allá por alguna artesanía traída desde Carlos Paz o desde la lejana Bariloche. Europa, por aquellos años, apenas había dejado de traer gringos, por lo que descubrir suvenires de esos países era prácticamente una rareza. Quizás por eso causó tanta conmoción cuando el turco Budeguer entró al boliche con aquel objeto que los más versados en historia universal podían haberlo visto en alguna película de aventuras, pero nunca haber siquiera imaginado tener uno no solo a la vista sino al alcance de la mano.</p><p>Acá está, para los que creían que era todo un invento mío —dijo exhibiendo un paquete envuelto en papel de diario—, y original, ¿eh? Nada de imitaciones berretas. Desenvolvió el paquete y ante la atónita mirada de todos los parroquianos que estaban a esa hora en el bar del vasco, tomó con ambas manos, casi como si de un santo grial se tratara, un búmeran. ¿Y de dónde decís que te lo trajeron, turco? Preguntó uno sin sacar la mirada del objeto de madera que exhibía curiosos dibujos simétricos en cada una de sus alas. De Australia. ¡A los patos! Mirá que es lejos eso, ¿eh? ¿y andan todos con eso encima allá, como los paisanos acá con el facón? Increpó el vasco. Por lo que he podido saber, arrancó el turco, esta isla, ¿Cómo isla, no es un país? Cortó el petiso Echegoyen. Sí, es una isla y un país también, no es una islita de esas de los dibujitos con una palmera en el medio, es enorme, no sé cuántos kilómetros tiene, pero es gigantesca. Y hay canguros, también, aportó Mendizábal, que apuró la ginebra y se acercó a la mesa que se había convertido en el centro de atención del bar. Y a quién se le puede ocurrir irse a vivir a una isla en medio de la nada ¿podés explicarme? Dijo el vasco mientras completaba el vaso de Mendizábal. Presos. Eran todos presos. ¿Cómo que eran presos? ¿Me estás cargando vos? No, de verdad, los ingleses, que se habían apoderado de la isla después de someter a los nativos de ahí, bah, más que someter los habían hecho bolsa, como no sabían qué hacer con todos los presos que se le habían juntado en Inglaterra, decidieron mandarlos para allá y como era más fácil quedarse a vivir ahí que volverse se aquerenciaron. Bueno, más o menos como hicieron aquí con la isla Martín García o con la cárcel de Ushuaia. Ponele, concedió el turco. Pero, ves, eso es lo que no entiendo, dijo Mendizábal metiéndose de lleno en la conversación ya con el vaso cargado, los gringos mandan un grupo de presos a una isla en el culo del mundo y estos tipos te hacen un país impresionante; acá los presos no sirven ni para hacer huerta, ¿me explicas cómo es eso?</p><p>Mira, dijo el turco, yo creo que esto es lo que te puede dar la respuesta, dijo y mostró a la mesa el búmeran que todavía sostenía entre ambas manos. No entiendo, dijo una voz desde atrás, ¿qué tiene que ver eso? Mirá, lo que hace diferente a este pedazo de madera es que vos lo tirás y vuelve, lo tirás y vuelve, es como una metáfora de la vida, ¿entendés? Todo lo que vos tirás, vuelve, y si no estás preparado para recibirlo te saca la cabeza, yo creo que eso es lo que ha pasado y pasa en este país con algunos políticos, que esos sí están en su propia isla con la palmera haciéndoles sombra y creen que son los dioses del mundo, piensan por los demás, deciden por los demás y hasta se enfurecen si alguien, no digo ya que los contradiga, que a alguien se le ocurra decirle que puede estar equivocado, listo, que se dé por liquidado, muerto y afeitado. Esos dioses de pies de barro son sordos, ciegos y necios. Además, ignorantes. Porque si supieran esto que les estoy contando acerca del búmeran se darían cuenta de que todo eso que tiran les va a volver y les va a reventar en la mano, en el cuerpo, en el orgullo y, fijate si serán brutos que ni siquiera aprenden lo que la historia cuenta a los gritos, ninguno de los grandes déspotas de la humanidad resistió a sus pueblos que, como bumeranes, se le volvieron en contra, qué decir entonces de nuestros tiranuelos de opereta.&nbsp;</p><p>La verdad, turco, dijo el vasco, algo de razón tenés, mirá que no damos pie con bola con los mandamases, ¿eh?, no tenemos suerte. No es precisamente suerte lo que se precisa, —respondió el turco— hermano, es memoria.&nbsp;</p><p>El turco volvió a envolver el búmeran y se levantó para retirase. Cerca ya de la puerta se dio vuelta y dijo: ah, si alguno gusta tirar un día, nos vamos hasta el parque y se los presto para que prueben. Nadie respondió nada.</p>]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
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            De vez en cuando la vida...
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IVy9zyVb8kSFGiUqjzCmCswXqVw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/castillo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Al principio no fue fácil. Nunca es fácil. Pero sucede que hay a quienes pareciera que la vida, dios o como quiera llamársele, se empeñan en castigarlos más que a otros. El cuero se les va curtiendo lentamente a fuerza de lonjazos y cada nuevo golpe no hace sino reafirmar su destino de desgraciados. Ya nacer en la pobreza es empezar la carrera desde varios cuerpos más atrás que el primero; tratar de fijar la mirada al pizarrón con el ruido de la panza vacía distrayendo no es cosa fácil ni a la que resulte sencillo acostumbrarse, más cuando se ve que al del banco de al lado le sobran colores en los cachetes y en las zapatillas nuevas. Crecer en un barrio en donde tener pretensiones de superarse suena a traición de clase y tolerar miradas de desconfianza al entrar a un negocio del centro hace difícil saber cuál es el lugar que se tiene que ocupar para, al menos, no molestar a nadie.Así nació y creció el Conejo Echazarreta. Ojos grandes y redondos, nariz afilada, dientes arratonados y flaco como la luna, conoció el bullying antes de que se hiciera famosa esa palabra y más de una vez volvió con la nariz ensangrentada por defender su orgullo ante los imbéciles de siempre. Porque eso sí, el Conejo se la bancaba. Se bancó el hambre, la miseria, la carestía de lo más elemental, pero nunca bajó los brazos. A los 11 ya estaba de peón de albañil cortándose los dedos con ladrillos más grandes que sus brazos y cuando no había salido el sol aun para calentárselos. Y sí, llegaba tarde a la escuela o no llegaba. Las dos de la tarde era demasiado temprano para dejar las changas y, además, estaba más que claro que lo que le iba a dar de comer era el obrador y no la escuela, a la que abandonó por completo antes de cumplir los 14.A los 21 años se juntó con la Estelita, a quien conocía de toda la vida ya que compartían la miseria casa por medio. La juntada y el parto casi, casi se superpusieron; ¡y es que había tanto que terminar en la casita antes de que llegara el primer hijo!El Conejo, que nunca bajó los brazos ante ninguna adversidad, pero tampoco jamás perdió el tiempo alimentando esperanzas, por primera vez flaqueó y se animó a soñar con que capaz que ahora empezaría una nueva etapa. Ese hijo que estaba por nacer lo convertía en padre y a la vez le daba una familia, lo que de tanto no tener ni siquiera había contabilizado como una falta.&nbsp;Una familia, un hijo y un trabajo, se dijo, qué más se puede pedir.A la madrugada, los dolores anunciaron que era hora de ir al hospital. Estelita entró en la sala de partos a los gritos y chorreando líquido entre las piernas. Se cerró la puerta y el Conejo se quedó solo en medio de una sala en penumbras y fría. Mucho más fría que la helada que empezaba a caer afuera. Se sintió solo. Por primera vez en su vida el Conejo reconoció un sentimiento al que no podía dominar; tenía miedo. Nunca le habían asustado el hambre ni el frío, ni los bravucones de la escuela con quienes se golpeaba hasta sangrar, ni las cien veces que le dijeron que se había acabado la changa. Nunca había tenido miedo ni conciencia de soledad como hasta ese momento. Nunca se había imaginado que todo lo que tenía en la vida lo podía perder en un instante. Su mujer y su hijo. Uno tan indefenso como el otro acababan de traspasar una puerta de la que no sabía si saldrían los dos, uno solo o ninguno.&nbsp;No debe haber sin dudas silencio más lastimoso que el silencio de los hospitales, silencio de orfandad, de desconsuelo, silencio que cala los huesos, que tiene olor a miedo y a desasosiego. El Conejo sentía su propia respiración atormentando ese silencio. Una de las dos puertas se abrió y una enfermera se asomó y lo buscó con la mirada. Sin mediar palabra le hizo lugar para que entrara delante de ella. El silencio ahí dentro era igual pero distinto. Lo mismo que el frío. Entraron a la sala de partos y ahí estaba la Estelita, traspirada como después de trabajar toda la noche, blanca como un papel y con una enorme sonrisa en la boca donde apenas faltaban un par de piezas. Sobre su vientre, con los pelitos húmedos y los ojos cerrados negándose a la luz, su hijo. De tanto que hubiera querido preguntar, solo atinó a decir: ¿está sanito? Por primera vez la enfermera sonrió y la partera le regaló un chiste que no escuchó o no entendió; lo importante era que esa sonrisa que le habían regalado quería decir que no se había equivocado, que hasta las historias más terribles pueden tener un final feliz, aunque éste no era un final sino apenas un comienzo.&nbsp;Y aunque no se pueda creer, las lágrimas que no le sacaron ni el hambre, ni el sueño, ni el miedo, se las hizo rodar ese pedacito de vida que se negaba a abrir los ojos, como si se quisiera demorar un poco más antes de ver la realidad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IVy9zyVb8kSFGiUqjzCmCswXqVw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/09/castillo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Al principio no fue fácil. Nunca es fácil. Pero sucede que hay a quienes pareciera que la vida, dios o como quiera llamársele, se empeñan en castigarl...]]>
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                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2024-09-07T18:53:00+00:00</published>
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            El speaker de la radio
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/s9FaZH13kIpxT6GHY00zRAf8weo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/08/radio.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Si algo no resiste el menor análisis es que los tiempos cambian; mejor dicho, cambian los hábitos, las costumbres; cambia, en definitiva, la mirada del otro, la que nos premia, nos juzga, nos ensalza a voces o en silencio o bien nos hace sufrir el escarnio público o privado (bonito modo de hablar del chisme y la maledicencia subrepticia). Hasta no hace mucho tiempo el reconocimiento público era un anhelo asordinado y –la verdad sea dicha- no exento de alguna dosis de envidia (sana envidia, claro) hacia quienes podían ostentar alguna virtud, mérito o gracia que lo hiciera destacarse, ser alguien entre tantos nadies, y que de algún modo sirviera de ejemplo a seguir, aunque fueran pocos los que lo siguieran. No porque no se quisiera claro, sino que con solo pretender ser el hacendado del pueblo o la mujer más deseada no era algo que pudiera alcanzarse tan solo con soñarlo. Pero los tiempos han cambiado. La fama será puro cuento, como dice el tango, pero el ansia de ser reconocido persiste y, más aún, se ha acrecentado, dado que ya ni es tan difícil que uno lo conozcan como tampoco es preciso ser tan meritorio para conseguir más saludos en la calle que un artista.</p><p>Las redes sociales han hecho lo suyo, qué duda cabe. La imbecilidad también. Qué importa ser el cornudo del barrio si con eso obtengo cientos de visitas a mi página, si garpa más exhibirse con un arma más costosa que la prótesis que precisaría la boca sonriente del pistolero o mostrar con imberbe impudicia unas tetas apretadas junto a un mensaje que sería provocativo si no lastimara los ojos con su ortografía. Todo vale contra el anonimato. Todo sueño de fama puede alcanzarse tan solo dejando de lado el pudor y la vergüenza. La foto procaz que ayer hubiera impedido a un tipo volver a pisar el bar en donde se hubiera, no ya visto, apenas mencionado la existencia de una foto procaz de alguna allegada, hoy es el mismo que, con una sonrisa de oreja a oreja, chapea en el boliche mostrando desde su celular el curvilíneo culo de un pariente.</p><p>Pero no todo es así. Por fortuna aún existe quienes se retiran en silencio para no compartir la mesa del bar con un reconocido perverso, un reconocido estafador, un reconocido fiolo, un reconocido pero ilustre hijo de puta. Hay quienes buscan trascender, por supuesto, pero de otro modo. Como antes. Cuando el reconocimiento iba de la mano del honor o la valía. Como cuando provocaba asombro descubrir que la voz de aquel locutor que nos hacía imaginar un mundo tan solo con palabras pertenecía a ese tipo que teníamos enfrente, en el bar, en una fiesta, en la calle. Mirá quién va ahí. ¿Quién es? Es fulano, el de la radio. Noooo, te juro que me lo imaginaba, no sé, distinto. Y el fulano se alejaba sintiendo las miradas de admiración a sus espaldas. Días de radio. Días de ilusión, de imaginación, de fantasía. Seguramente en la casa en donde nació el gordo Beltramini se escucharía mucha radio. Como en todas las casas, supongo, en ese entonces, cuando la televisión todavía era un lujo para pocos. El gordo debe haberse criado al calor de las radionovelas, de la voz de los locutores que no tenían apuro, que cuidaban el idioma como quien cuida una pieza frágil de cristal, que jugaban con la complicidad del oyente con la simpleza y respeto que se merece un compañero de juegos. Por eso el gordo siempre soñó con ser locutor. O speaker, como se le decía en ese entonces. La familia lo sabía, cómo no saberlo, pero también sabía de las limitaciones del gordo, que no es que no tuviera muchas luces, sino que algo no funcionaba bien en esa cabecita. El gordo era un niño que siguió siendo niño mientras crecía su cuerpo. Y siguió soñando con su sueño de ser speaker.&nbsp;</p><p>Un día se presentó a una radio muy reconocida y pidió hablar con el dueño. El empleado lo hizo pasar y le dijo que esperara, que ya iban a atenderlo ni bien llegara el momento de la tanda ya que el dueño y locutor estaba, en ese momento, haciendo una nota. El gordo dio un par de pasos y vio, a través del vidrio, lo que nunca había visto y quizás ni siquiera hubiera alcanzado a imaginar jamás: un estudio de radio. El locutor de un lado de la mesa, la locutora que hacía los comerciales del otro, los micrófonos, los auriculares; la magia estaba ahí, toda junta y frente a él. Solo para él.</p><p>Permaneció, extasiado, mirando como en una película muda todo lo que sucedía allí dentro. Recordó su infancia, su madre y sus hermanos escuchando tangos por las noches y folclore los domingos al mediodía, mientras el tarareo acompañaba la masa que se estiraba bajo el palote. Se recordó hablando con voz impostada frente a un pedazo de madera que era su micrófono improvisado y no pudo contener las lágrimas y la sonrisa.</p><p>Salió el locutor y le estiró la mano. El gordo se la estrechó y sin mediar preludio le dijo que quería hablar por la radio. Ser speaker. Y que además cantaba. Pero aclaró que no quería cobrar, que lo iba a hacer por placer nomás. El locutor lo escuchó con atención, lo hizo pasar, le acomodó los auriculares y le dio pie para que empezara a realizar su sueño que, naturalmente, no salía al aire. Solo se escuchaba la voz dentro del estudio, pero eso, a quién le importaba.</p><p>El gordo habló, cantó, recitó la publicidad de una gaseosa ya desaparecida –pero que existía en su imaginación y en su eterna infancia- y a los pocos minutos dio por terminada su intervención. El locutor lo acompañó hasta la puerta de la radio, le agradeció y luego le recordó, con un fingido tono de formalidad, que iba a esperarlo cada miércoles. A las seis. Sin falta, para que hiciera su programa. Quédese tranquilo, dijo el gordo, soy un hombre de palabra, el miércoles a las seis estoy por acá.&nbsp;</p><p>El gordo camina por las calles de su ciudad sabiendo que todos, de algún modo, adivinan que él es el hombre de la radio, el que los enamora con su voz y asombra con sus publicidades. El gordo siente, sabe, que no es uno más, que ahora es alguien que cumplió su sueño con solo desearlo mucho. Cómo no creer que vale la pena soñar, ¿no?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/s9FaZH13kIpxT6GHY00zRAf8weo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/08/radio.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Si algo no resiste el menor análisis es que los tiempos cambian; mejor dicho, cambian los hábitos, las costumbres; cambia, en definitiva, la mirada de...]]>
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                <updated>2024-08-31T23:48:03+00:00</updated>
                <published>2024-08-31T19:46:00+00:00</published>
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            Ciertos libros son eternos
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-4OxEkhs8eSAtoutwgUmNQKC-No=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2022/02/turf.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Aunque no figura en las enumeraciones de las que enseguida nos ocuparemos, la publicación de un libro es un hecho que no suele, afortunadamente, pasar desapercibido en una ciudad como la nuestra. Y cuánto más si esa producción literaria no es obra de alguno de nuestros consagrados escritores sino de un ignoto prosista de barrio. Del barrio Hipódromo, para ser más precisos.</p><p>El deporte de los reyes, se sabe, genera pasiones que difícilmente se observen en otro. Ya sé, antes que diga nada, cualquiera argumentará que el futbol es… nada. El futbol despierta una excitación en sus seguidores rayano a la locura, pero… pero, solo los domingos o eventuales días alternativos de partido. Lo mismo que cualquier otro deporte de competencia, pero con los burros, con el hipódromo, no. Para empezar, es un deporte en el que hay que estudiar. Mucho. Tener conocimientos bastante avanzados en ciencias tales como estadísticas, matemática, física, anatomía comparada, veterinaria, toxicología, climatología, genética, esoterismo y algunas otras que seguramente se me escapan en este momento. El burrero no llega desprevenido en la búsqueda de la bendición del azar con la misma ingenua expectativa de un pescador. No. El tipo estudia toda la semana, analiza, compara, elabora hipótesis, contrasta datos, evalúa alternativas; el burrero es un científico, que cuando se asoma a la ventanilla a comprar sus boletos pone en juego su experiencia, su prestigio y sus antecedentes, no solo unos mugrosos billetes que seguramente no recuperará jamás.</p><p>Pero como son, en general, autodidactas con cierta mística casi medieval, es raro que compartan sus conocimientos, menos aún que escriban libros. Por eso causó estupor y sorpresa, más allá de la sana envidia que producen estas cosas en el vecindario, cuando el narigón Aguirre publicó su primer libro. El narigón nació y creció entre “los pura sangre”, conoció la bosta antes que el asfalto y los nombres de los tres últimos ganadores del Carlos Pellegrini antes que el de los Reyes magos. Podía citar hasta la tercera generación de cada pingo que corría en cada carrera, así como hasta los vicios más ocultos de cada jockey. Su memoria era prodigiosa y su verborragia ilimitada. Es difícil saber quién le dio la idea o le sugirió que sería bueno que volcara sus conocimientos en un libro, acaso tampoco importe. Tras algunas semanas de ostracismo y concentración absoluta, el narigón cayó a una conocida imprenta del centro con sus originales bajo el brazo. La obra estaba terminada.&nbsp;</p><p>Era un curioso libro de olvidable título en donde se enumeraban, en cada uno de sus capítulos, cientos, miles de datos absolutamente irrelevantes, de dudosa credibilidad e imposible clasificación. Nombres de cuidadores se mezclaban con la numeración de los talonarios que se habían vendido en la tercera carrera; pesos de jockeys junto a tablas comparativas del precio de la avena durante el primer semestre.&nbsp;</p><p>Llamaba la atención un capítulo en el que pasaba revista de las diez situaciones que más expectativa provocaban entre los hombres y entre ellas no figuraba, como mencionamos al principio de esta crónica, la de escribir ni publicar un libro. En fin, eran casi trescientas páginas de algo inclasificable. En el encargado de la ventanilla 2 del Hipódromo fue en quien recayó la responsabilidad del prólogo. Se confesó con un colega mientras le mostraba los papeles que le había dejado el escritor casi como si le encargara el cuidado de un hijo. El narigón piró, fue todo el comentario. ¿Me querés decir qué hago con esto? Y qué sé yo, se encogió de hombros el otro, escribile cualquier cosa, total, ¿quién va a leer eso?</p><p>La presentación del libro se hizo —como correspondía—, en el corazón del barrio. No faltó nadie. Hasta el presidente del Jockey club estuvo allí y parecía emocionado cuando tuvo que decir unas palabras. El narigón no paraba de llorar y abrazarse con todos. Regaló y firmó libros hasta quedar exhausto, el prologuista recibió elogiosos conceptos por parte de quienes aún no habían leído el libro y probablemente nunca lo harían, pero sabían que estaba su nombre grabado allí.&nbsp;</p><p>Hoy, el libro del narigón todavía puede verse en muchas de las casas del barrio Hipódromo engalanando ciertos armarios o bibliotecas, acompañando fotos de cracks junto a sus cuidadores y sus jockeys, impecable, como si nunca hubiera sido abierto. Eterno.</p>]]>
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                <updated>2024-08-24T20:10:37+00:00</updated>
                <published>2024-08-24T14:09:00+00:00</published>
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            El conde Hans der Kluge
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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Como en aquellos años las horas eran interminables para los niños que no trabajaban, el ruso Adolfo aprendió, con la ayuda de su abuela materna, a leer el alemán y así pasaba muchas siestas conociendo algunas historias de esa desconocida y nostalgiosa tierra a las que todos en su aldea nombraban sin nombrar en cada comida, cada gesto, cada nota musical escapada de cuidados instrumentos musicales que podían escucharse en los bailes y reuniones familiares o sociales.</p><p>A los doce años el ruso Adolfo leía tanto en español como en alemán hasta el punto de agotar la escasa biblioteca del pastor Wagner y, aunque probablemente hubiera podido ser un excelente estudiante, no estaba en la mente ni en la planificación económica de Federico que su hijo fuera otra cosa que un agricultor como él, como su abuelo y quien sabe hasta dónde llegaría el árbol genealógico de cultivadores. Eran los primeros años de la década del '50 y eso de la movilidad social ascendente todavía era ilusión para aquellos que parecía que aun llevaban el olor de los barcos en las ropas.</p><p>Con escasos 17 años y una innata sed de superación, el ruso llegó a Gualeguaychú dispuesto a romper con el destino impuesto y con las únicas herramientas de su tesón e inteligencia. Casi nada. Apenas llegó a la terminal de ómnibus se cruzó con una gitana que se ofreció a leerle las manos. La ignoró. Observó un sujeto que se levantó de la mesa del bar y se retiró dejando el diario; se apuró a tomarlo con la esperanza de encontrar algún aviso clasificado que lo entusiasmara. Nada. Lo más interesante que tenían esas páginas en blanco y negro eran una foto en gris y el horóscopo. Volvió a dejar el diario en donde estaba cuando se percató de la mirada poco amable del mozo. Comenzó a recorrer las calles del centro y le llamó la atención un pizarrón colocado en la puerta de una agencia de quiniela en donde anunciaba los probables números ganadores con una certeza tan indiscutible como un dogma. ¿Qué pasa en esta ciudad? —se preguntó el ruso apoyando la mandíbula contra las manos sentado en un banco frente a la catedral— ¿todos esperan acaso un mensaje del más allá para saber qué hacer con sus vidas? Fue entonces cuando recordó a Hans der Kluge.&nbsp;</p><p>Con los pocos pesos que había juntado para venir al pueblo se compró un traje de segunda mano de color negro, cambió las alpargatas por unos botines negros de ocasión y se acercó hasta una casita cerca del centro en donde había visto, desde la ventanilla del colectivo que lo trajo al pueblo, un cartel de “Se alquila pieza”. Una amable anciana lo atendió cuando hizo tronar un llamador de hierro y el ruso le presentó su mejor sonrisa adolescente mientras le estrechaba cariñosamente las manos y se presentaba como Hans der Kluge, llegado hace poco tiempo desde Colonia, Alemania y de paso por estas tierras tan alejadas del mundo civilizado. Entremezclando palabras en impecable alemán con otras en español, no le costó mucho convencer a la anciana de alquilarle una pieza, más aún cuando le dijo a qué se dedicaba: leía el futuro. De mostrarle la habitación a suplicarle como al descuido que le dijera qué iba a ser de ella fue cosa de instantes. Nada me daría más placer —dijo el ruso con una sonrisa— pero antes tendría que ir a comer algo, fue un viaje muy largo y estoy famélico. ¡De ninguna manera! Usted es mi invitado, espéreme un ratito que ya le preparo algo para comer. Y si puede ser algo de vino tinto le agradecería, alcanzó a gritar el ruso mientras la anciana corría hacia la cocina.</p><p>Después de una opípara cena, se sentaron frente a frente a la mesa del living de la anciana. ¿Qué le gustaría saber? Usted haga las preguntas y yo le daré las respuestas dijo en un tono que inspiraba respeto. La anciana dudó. ¿Qué preguntas podía hacer cuya respuesta no la hiciera temblar? ¿No estaba bien así, en la incertidumbre? ¿Había sido correcta su pretensión? En ese momento el ruso interrumpió sus cavilaciones, tomó las manos de la anciana entre las suyas y mirándola a los ojos como si de su propia madre se tratara, le susurró: no tenga miedo, su vida será larga y feliz, la muerte no la tiene en carpeta por ahora. La anciana lo abrazó y rompió en llanto, a usted me lo mandó Dios, dijo limpiándose los mocos, y dando por terminada la sesión partió raudamente a buscar postre para el maravilloso inquilino.</p><p>Ese fue el comienzo del fructífero negocio que día a día enriqueció al ruso Adolfo, el que se negó a creer que solo podía hacer lo que debía hacer. Su fama crecía por horas y llegaba gente de hasta la otra orilla del Uruguay para preguntar y salir maravillado con las certezas del conde. Título nobiliario que se agregó casi sin querer cuando respondió a alguien que le preguntó si su mujer sospecharía lo que el escondía. Uno siempre esconde, había respondido el ruso. El otro escuchó lo que necesitaba escuchar y así Hans se convirtió en conde.</p><p>Todos coincidían en lo mismo. Era inefable. Pero, ¿acaso el ruso era realmente un psíquico, un prodigio, un iluminado? No. Definitivamente no. El ruso descubrió en él lo que la ciencia había descubierto no hacía mucho en Hans der Kluge, el caballo alemán que hacía cálculos matemáticos. En una de las revistas venidas del este, Adolfo leyó la historia de este animal que puso en jaque a la ciencia, tanto es así que 13 investigadores estudiaron el fenómeno. El animal no sabía leer ni multiplicar ni restar. No sabía nada. Solo percibía la ansiedad del interlocutor ante la consulta y golpeaba certeramente con su pezuña en el suelo. La respuesta no la tenía el caballo, se la daba —sin saberlo— el interrogador.&nbsp;</p><p>De allí que el ruso jamás daba respuestas erradas, había aprendido a contestar lo que los otros querían escuchar. Y él solo hacía su parte.</p><p>Un día la amable anciana murió sin terminar la noche y Adolfo consideró que ya era momento de marcharse del pueblo. No volvió a saberse de él. Como toda leyenda urbana, algunos aseguran haberlo visto en un lado, otros en otro y hasta no faltó quien aseguraba que había visto una foto de alguien muy parecido al conde postulándose para gobernador de no sé cuál provincia.</p>]]>
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                <updated>2024-08-17T22:21:49+00:00</updated>
                <published>2024-08-17T22:19:56+00:00</published>
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            La inteligencia artificial y las revoluciones
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                <![CDATA[Luis Castillo]]>
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                <updated>2024-08-10T17:11:49+00:00</updated>
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