<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom">
    <id>https://www.eldiaonline.com/feed-autor/fernando-piciana</id>
    <link href="https://www.eldiaonline.com/feed-autor/fernando-piciana" rel="self" type="application/atom+xml" />
    <title>El Día Ahora</title>
    <subtitle>Contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Gualeguaychú y la región. Noticias, deportes, espectáculos, política, economía, cultura y más.</subtitle>
    <updated>2026-04-20T09:45:06+00:00</updated>
        <entry>
        <title>
            Día Mundial del Malbec: la historia del vino ícono de la argentinidad que conquistó el mundo desde nuestro suelo
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/dia-mundial-del-malbec-la-historia-del-vino-icono-de-la-argentinidad-que-conquisto-el-mundo-desde-nuestro-suelo" type="text/html" title="Día Mundial del Malbec: la historia del vino ícono de la argentinidad que conquistó el mundo desde nuestro suelo" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/dia-mundial-del-malbec-la-historia-del-vino-icono-de-la-argentinidad-que-conquisto-el-mundo-desde-nuestro-suelo</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/dia-mundial-del-malbec-la-historia-del-vino-icono-de-la-argentinidad-que-conquisto-el-mundo-desde-nuestro-suelo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ECgnO3sbz_PF3T7-BFpB7bbp7SE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/04/placeres.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hace apenas cuarenta años, nadie se hubiera animado a pronosticar el éxito vertiginoso y aplastante que hoy goza nuestra uva de bandera en todo el mundo. Pero se trata de una realidad incuestionable, tanto como que el héroe de los varietales tintos argentinos supo tener, también, épocas de anonimato, tiempos de sostén de vinos populares, períodos de dura erradicación de viñedos y décadas de triste olvido en las bodegas. El estrellato no ha sido fácil: es el resultado de un largo camino lleno de obstáculos y sinsabores que constituyen una historia por sí mismos.</p><p>La introducción del legendario Michel Aimé Pouget en 1853 forma parte de la historia oficial y no da lugar a ningún tipo de revisionismo. Los registros dan absoluta fe de ello, así como de la creación de la Quinta Normal de Mendoza, donde el especialista francés pudo darle a la entonces naciente industria del vino argentino una impronta de calidad desde su composición varietal. Doce años después, se reconoce oficialmente el primer viñedo de esta cepa en la localidad de Panquehua, al norte de la capital mendocina, propiedad de la bodega González Videla (existente aún hoy y la más antigua de la provincia).</p><p>El Malbec tuvo una amplia aceptación entre los productores de la época, cuya sabiduría les permitió apreciar todas las virtudes que presentaba en las tierras de Cuyo, tales como vigor, volumen y poca susceptibilidad a las enfermedades, además de producir vinos de buen grado alcohólico, buen color, aromas intensos y ricos sabores. La entonces llamada “uva francesa” fue la cepa más difundida en la Argentina. Los primeros viticultores plantaban según la tradición europea: cada seis plantas de Malbec una de la variedad blanca Semillón. De este modo se elaboraba un corte que, según los antiguos bodegueros, equilibraba la gran concentración de color del Malbec y le quitaba esa marcada aspereza aportada por los taninos.</p><p>Con tantas cosas a favor, no resulta extraño que el Malbec haya sido la variedad tinta más plantada en los viñedos desde 1900 hasta 1980.</p><p>Hacia el final de ese período, la situación general de la vitivinicultura argentina se volvió sumamente sombría. Los tiempos del consumo monstruoso en volumen se habían terminado en un proceso tan inesperado como veloz. En el camino quedaba un modelo de producción que apuntaba a los grandes volúmenes, de un modo tan exagerado que hoy puede parecer irreal por su envergadura. Mientras tanto, la falta de horizontes y el derrumbe de muchas bodegas hicieron decrecer los números del viñedo nacional en casi una tercera parte. En medio de aquellos días de tormenta, nuestro tinto tenía pocos exponentes puros ya que su mayor uso estaba reservado al corte con vinos de menor valor en calidad y precio.</p><p>No obstante, el cambio ya estaba llegando. Durante los años finales del fin de siglo pasado, la reconversión de la industria hacia el concepto de calidad modificó las cosas una vez más a favor del Malbec. Los lanzamientos de nuevas marcas en el mercado doméstico y la exportación tuvieron a nuestro abanderado como protagonista incuestionable. Al filo del 2000, el viejo y querido cepaje tinto argentino volvió a encabezar la lista en los censos vitícolas, lugar que había perdido durante los años más duros a manos del Bonarda. Mientras tanto, los referentes internacionales de la prensa especializada ponían su mirada en ese vino tinto corpulento pero redondo, capaz de llenar la boca sin dureza, tan rico, tan versátil y tan agradable de beber. Sin dudas, comenzaba una nueva época de esplendor para el producto vinícola nacional más arraigado en el alma de los consumidores.</p><p>Nuestro país es el mayor productor mundial de Malbec, un cepaje cultivado en todas las regiones vitivinícolas del territorio nacional. Es por ello que Wines of Argentina ha decidido desde 2011 rendirle homenaje a su cepa emblema a través de la creación del Malbec World Day todos los 17 de abril.</p><p>Datos al margen• Tiene su origen en la región sudoeste de Francia, donde suele formar parte del corte de los vinos. Como varietal se elabora en Cahors, pero sus características son sustancialmente distintas a las del Malbec argentino. Se la conoce también como Côt, Auxerrois, Cauly, Etranger, Mourame, Lutkens y Malbeck, entre otros nombres.&nbsp;&nbsp;</p><p>• Se cultiva en todos los oasis vitivinícolas argentinos, a lo largo del cordón de la cordillera de los Andes. En el noroeste –entre los 1.750 y más allá de los 2.300 metros sobre el nivel del mar–; más al sur en La Rioja y en los valles de Tulum, Ullum, Zonda y El Pedernal de San Juan; en Mendoza, en especial en Maipú, Luján de Cuyo, San Rafael y el Valle de Uco; y en la Patagonia, en el Alto Valle del Río Negro. También se lo puede encontrar en la altura de lso Valles Calchaquíes, en la zona marítima de Buenos Aires y hasta en la Mesopotamia, incluidas las viñas de Gualeguaychú.</p><p>• Es un cepaje versátil, con el cual se elaboran vinos jóvenes, rosados, espumantes, dulces, encabezados, ejemplares aptos para prolongadas guardas y hasta destilados (grappa).</p><p>• El Cavas de Weinert Estrella 1977, elaborado por el enólogo Raúl de la Mota, fue el primer Malbec emblemático de la viticultura local. Aún hoy se puede conseguir alguna botella.&nbsp;&nbsp;</p><p>• Luján de Cuyo es una Denominación de Origen Controlada (DOC) para todos los vinos elaborados a base de Malbec procedentes de esta zona de la provincia de Mendoza que cumplan con la legislación vigente. Fue aprobada en 1989 y se convirtió en la primera DOC vinícola de la Argentina. Tiene un reglamento que controla al mismo tiempo la calidad, la producción, la elaboración, el embotellado y la comercialización dentro del área geográfica delimitada, que se corresponde con variedades de uva tradicionales, con sus sistemas típicos de cultivo, técnicas de manejo, etcétera.&nbsp;&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ECgnO3sbz_PF3T7-BFpB7bbp7SE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/04/placeres.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Es nuestra variedad emblema, la que más se bebe en nuestro país y la que más se exporta. Da vinos frutados, potentes y de taninos redondos, que de a poco van ganando fanáticos en todo el mundo.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-20T09:45:06+00:00</updated>
                <published>2026-04-17T09:30:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Malvinas, lo que no se llora no desaparece
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/malvinas-lo-que-no-se-llora-no-desaparece" type="text/html" title="Malvinas, lo que no se llora no desaparece" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/malvinas-lo-que-no-se-llora-no-desaparece</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/malvinas-lo-que-no-se-llora-no-desaparece">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/_YK3FKfimnNvXMEM69az9bDqMG8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/04/malvinas_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay cosas que duelen de una manera que no se explica bien. No es el dolor de perder algo y saberlo perdido. Es otro tipo, más raro: una herida con capas, con silencios de décadas y llantos que aparecen de golpe, sin aviso, sin que nadie pueda explicar del todo por qué.</p><p>Cada 2 de abril, Argentina se pone en pausa. En ciudades grandes y chicas, en escuelas, en lugares públicos, en la mesa de los veteranos que ya van quedando cada vez menos. En lugares como Río Grande, donde más de 150 instituciones se unen a un desfile conmemorativo con el objetivo de mantener viva la memoria y el reclamo de soberanía sobre las islas; o en Gualeguaychú, con su vigilia nocturna y un acto que cada año convoca más gente de la que se espera.</p><p>Este 2026 el ritual pesa más: se cumplió también medio siglo del último golpe de Estado y eso nos fuerza a volver sobre uno de sus hitos más difíciles de explicar: la guerra de Malvinas, un acontecimiento injusto que implica reconocer que el conflicto se libró por una causa justa, pero durante una dictadura donde estaba suspendida la soberanía popular. Esa paradoja —la causa justa en la guerra injusta— es el nudo que, desde hace poco más de cuatro décadas, intentamos desatar.</p><p>La plaza que no debería haber aplaudido</p><p>El 2 de abril de 1982 es una fecha que todavía no terminamos de entender. La Junta Militar ordenó la recuperación de las islas usurpadas por el Reino Unido desde 1833. La Operación Rosario, que comenzó en la madrugada de ese día, cumplió su cometido casi sin resistencia. Y entonces pasó algo que todavía cuesta explicar: la Plaza de Mayo se llenó. El mismo pueblo que la dictadura había aterrorizado durante seis años salió a aplaudirlos y a aclamarlos. Eso desconcertó a los analistas de entonces y sigue sin tener una explicación simple.</p><p>Lo que ocurrió ese día en la plaza no fue solo manipulación ni locura de multitudes. El historiador Federico Lorenz, que dedicó toda su carrera académica a estudiar el conflicto y dirigió durante años el Museo Malvinas en la ex ESMA, siempre insistió en que la lectura puramente política —“fue solamente la maniobra de la dictadura”— es verdadera, pero incompleta. Detrás de la manipulación había algo real: el reclamo de soberanía sobre las islas no era una invención de Galtieri. Era una demanda histórica legítima que el régimen usurpó para sus propios fines. Y una parte del pueblo, agotada por el miedo y hambrienta de cualquier cosa que se pareciera a la dignidad, dejó que eso ocurriera. Y eso cuesta asumirlo. No el patriotismo, sino la imagen de la plaza llena; ese momento en que el pueblo y sus verdugos querían, aparentemente, lo mismo.</p><p>Los chicos de la guerra</p><p>La cultura popular eligió una palabra para nombrarlos: los chicos. No fue una elección inocente. Las tropas estuvieron integradas mayoritariamente por soldados conscriptos de todas las provincias, de las clases del 62 y del 63, pibes que hacían el Servicio Militar Obligatorio porque no había opción. Tenían dieciocho, diecinueve y veinte años. Muchos no habían terminado la secundaria. Muchos no sabían exactamente dónde quedaban las islas por las que iban a pelear. Algunos fueron al frente sin el calzado adecuado, con temperaturas bajo cero y viento constante, con miedo y sin el entrenamiento que ese tipo de situación exigía. Seiscientos cuarenta y nueve de ellos no volvieron.</p><p>Hubo una Junta que los mandó. Hubo oficiales que los trataron con la misma brutalidad con que la dictadura trató a todos: hay testimonios documentados de soldados estaquedados en el frío como castigo, de hambre administrada como método de control, de terror ejercido por quienes debían conducirlos. La guerra tuvo dos enemigos para muchos de ellos: el ejército británico, que estaba en frente; y los propios mandos, que estaban detrás.</p><p>Los conscriptos que se fueron bajo la euforia colectiva volvieron en silencio. Muchas veces de noche. Sin ceremonia. Con la instrucción explícita o implícita de no hablar de lo que habían visto. La sociedad de 1982 no estaba preparada para procesar la derrota, quería olvidarla y el modo en que lo hizo dejó una marca que tardó décadas en hacerse visible. El país que los había enviado entre aplausos no supo —o no quiso— recibirlos. Y ese abandono los fue destruyendo por dentro, uno a uno, en silencio, sin que nadie lo contara.</p><p>La herida que espera cerrar</p><p>La causa soberana sigue pendiente: los territorios continúan bajo administración británica. Los kelpers —como se llama a los habitantes de las islas— rechazaron en el referéndum de 2013 cualquier cambio de soberanía con el 99,8% de los votos. El reclamo diplomático argentino persiste, pero sin horizonte claro de resolución. En ese limbo, la herida no puede cicatrizar porque la pérdida no puede ser ni recuperada ni definitivamente resignada. Y lo que no puede nombrarse del todo —ni como recuperación ni como renuncia— queda suspendido, sin destino. A eso se suma lo que el país nunca terminó de llorar con nombres propios. Cada caído con una historia antes del Atlántico Sur: un barrio, una madre, un club de fútbol, un primer amor, un futuro imaginado. La mayoría venía de las provincias más pobres del país, de las familias que no tenían cómo evitar el servicio militar, de los sectores que nunca tuvieron demasiadas opciones en ningún aspecto de su vida.</p><p>No hubo para ellos el duelo que merecían. La derrota fue tan vertiginosa —74 días de conflicto, el 14 de junio de 1982 ya todo era pasado— y la transición democrática tan urgente y tan sobrecargada de otros dolores, que los muertos del sur quedaron en un lugar extraño: demasiado presentes para olvidarlos, demasiado incómodos para llorarlos del todo. Y lo que no se llora no desaparece: espera, vuelve y se reinventa.</p><p>Lo que se hereda sin que nadie lo enseñe</p><p>Malvinas es el nombre de un sentimiento que puede vivir en una canción, un tatuaje, una pintada, una bandera de una hinchada, un nombre de una calle, un monumento y otra cantidad de lugares simbólicos y materiales que la sostienen y recrean a lo largo del tiempo. Ningún decreto hubiera podido fabricar eso: Malvinas sobrevivió a la derrota militar, a los cambios de gobierno y a las distintas modas intelectuales porque entró en la cultura popular por la puerta grande y se quedó.</p><p>El rock, por ejemplo, hizo con todo esto lo que hace con los traumas: lo convirtió en canciones. El 16 de mayo de 1982, con los enfrentamientos todavía en curso y los soldados cayendo, más de sesenta mil personas fueron al club Obras Sanitarias para el Festival de la Solidaridad Latinoamericana. Tocaron Charly García, Spinetta, León Gieco, Litto Nebbia, Nito Mestre… artistas cuya difusión había estado prohibida por los mismos que promovían el festival. La ironía era tan brutal que resultaba difícil de tragar en tiempo real. Charly lo hizo a su manera: bajó del escenario con una bronca que le duró meses y que derivó en “No bombardeen Buenos Aires”, grabada mientras los combates en las islas terminaban y presentada en diciembre de aquel año en Ferro, ante 25.000 almas, con un simulacro bélico que derrumbó la escenografía. Era una canción sobre el miedo, sobre la hipocresía, sobre los jefes de los chicos tomando whisky con los ricos mientras los obreros hacían masa en la plaza. Una canción de guerra para bailar.</p><p>Más acá en el tiempo, en las canchas, las hinchadas evocan las islas con una intensidad que sorprende a cualquier visitante extranjero. “Las Malvinas son argentinas” se escucha en partidos que nada tienen que ver con la diplomacia. Ese grito vive en el lugar más básico: ahí donde operan los reflejos y no los argumentos, donde está lo que somos antes de pensar.</p><p>Hay veteranos de sesenta y tantos años con las islas tatuadas en el antebrazo. Hay hijos de ex combatientes que nunca conocieron a sus padres en paz —porque esos días en el sur los devolvieron rotos— y que llevan el mismo tatuaje. Hay pibes de veinte que nacieron décadas después de lo que pasó y que lo sienten como algo propio sin que nadie se los haya enseñado. Eso no se fabrica, se hereda.</p><p>El reclamo también vive en los foros internacionales, en las resoluciones de la ONU y en las notas diplomáticas que se envían al Reino Unido sin demasiada urgencia. Esa Malvinas institucional coexiste con la del tatuaje y la de la cancha, pero rara vez se hablan.</p><p>Lo que todavía espera</p><p>Malvinas duele tanto porque es demasiadas cosas al mismo tiempo y ninguna de ellas está resuelta. Es la causa soberana legítima que sigue pendiente. Es la guerra que ordenó una dictadura criminal. Son los muertos que merecen más que un desfile. Son los veteranos que volvieron y fueron abandonados, y que siguieron muriendo en silencio durante décadas. Es el pueblo que aplaudió su recuperación y la sociedad que tardó años en poder mirarse al espejo. Es el nudo imposible entre la condena a los militares y el reconocimiento de quienes pelearon bajo sus órdenes sin pedirlo. Es el reclamo diplomático que no avanza. Es la canción que se aprende antes que la historia. Es el nombre de una avenida o una calle. Es el tatuaje. Es el llanto que aparece en los actos sin que nadie pueda explicar exactamente de dónde viene.</p><p>Malvinas es una herida abierta porque el país que la vivió todavía no terminó de entenderse a sí mismo. La democracia volvió sobre los escombros que dejó la dictadura, y fue de urgencia en urgencia, de crisis en crisis, y todo eso quedó siempre ahí, a la espera. Como esos temas de familia que se evitan en las reuniones y que sin embargo organizan todo lo que ocurre debajo de la superficie. Lo que no se llora, duele. Y mientras eso pase, algo en este país todavía puede cambiar.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/_YK3FKfimnNvXMEM69az9bDqMG8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/04/malvinas_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Pasaron 44 años del 2 de abril de 1982 y Argentina vuelve a detenerse frente a sus islas con una mezcla de duelo, orgullo y confusión que casi ningún otro hecho de nuestra historia genera. No es solamente nostalgia o patriotismo. Es algo más incómodo: la marca de una herida que este país jamás procesó del todo.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-06T10:50:12+00:00</updated>
                <published>2026-04-02T09:55:34+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Cincuenta marzos de un silencio que todavía nos aprieta la mano
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/cincuenta-marzos-de-un-silencio-que-todavia-nos-aprieta-la-mano" type="text/html" title="Cincuenta marzos de un silencio que todavía nos aprieta la mano" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/cincuenta-marzos-de-un-silencio-que-todavia-nos-aprieta-la-mano</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/cincuenta-marzos-de-un-silencio-que-todavia-nos-aprieta-la-mano">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Yow1TPcX7eyUnV-c0kY5Rp_O6e8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/03/24m_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Caminar por Buenos Aires a finales de los setenta no era simplemente ir de un lado a otro, sino ir tanteando el aire, midiendo el silencio y cuidándose de las miradas de los que venían de frente. Yo era un pibe de siete años y, como a esa edad uno solo ve cinturones, zapatos y manos, mi seguridad dependía de qué tan fuerte me agarraran para cruzar. Aquel día de otoño, el sol de la tarde pegaba de costado sobre la Avenida Constituyentes, poniendo las paredes de un color sucio y triste, pero el vientito soplaba helado y te obligaba a cerrar el cuello de la campera hasta que te rozara la pera. Mi viejo caminaba rápido, con un paso firme que no te dejaba colgarte —ni siquiera para ir contando las rayitas de las baldosas—. No íbamos a la plaza, ni al kiosco de José, el Rengo; íbamos metidos en una urgencia que yo no sabía de qué se trataba, pero que le hacía latir fuerte el pulso en la muñeca.</p><p>Su mano no solo me sostenía; me apresaba. Era un agarre que se sentía distinto al de todos los días, ese que servía para que no te atropellara un auto. Era una presión de puño cerrado, como si en cualquier momento pudiera tragarme alguno de esos huecos negros que se armaban entre los árboles de la vereda. Los chicos de esa época aprendimos pronto que el miedo de los padres no se explicaba con palabras, sino con reacciones del cuerpo: los hombros que se tensan, el paso que se vuelve casi una carrera y esa forma de vigilar la calle de punta a punta antes de doblar una esquina.</p><p>Llegamos a la estación de servicio YPF, en la intersección con Manuela Pedraza. En esa esquina, el olor a nafta te anestesiaba la nariz de tanto respirarlo. Los surtidores, con su forma de heladeras de hierro viejo, daban la sensación de estar vigilando. Justo en la diagonal, el bar del Gallego aguantaba ahí parado como un sobreviviente de otra época. Era un local de techos altos, donde el humo de los cigarrillos formaba una capa densa sobre las mesas de billar. Desde la vereda, se escuchaba el “clac” seco de las bolas chocando, un sonido que para mí siempre había sido la señal de que era sábado y el tiempo no importaba. Pero ese día, el bar tenía las persianas a medio camino y una mudez inédita.</p><p>Allí, junto a uno de los surtidores, apareció Chichín, el tío de mi viejo, un hombre que se había gastado la vida arriba del asfalto, un laburante de la línea 111 que conocía los baches y los secretos de la ciudad mejor que nadie. Chichín no tenía el uniforme puesto, pero tenía encima ese peso de los que acaban de ver una desgracia. Su rostro, donde siempre vivía un chiste rápido, estaba rígido, como si el frío de la calle se le hubiera quedado pegado a los huesos y no lo dejara ni sonreír.</p><p>Mi viejo no se detuvo en los saludos de siempre. No hubo preguntas sobre la salud ni comentarios sobre el clima. Fue directo al hueso de la preocupación que nos había llevado hasta ahí, mientras su mano volvía a cerrarse sobre la mía con una fuerza que empezaba a dolerme.</p><p>— ¿Qué pasó con los primos? —preguntó mi viejo, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo.</p><p>Chichín no respondió enseguida. Primero hizo un paneo lento por la avenida, fijándose en los autos que pasaban y en los vecinos que, con la cabeza gacha, evitaban mirar hacia la estación. La desconfianza era una gimnasia que todos hacíamos sin darnos cuenta. Finalmente, se acercó un poco más, borrando cualquier distancia, y habló con el tono de quien suelta una verdad que quema.</p><p>— Se los llevaron hace un ratito nomás —dijo Chichín, y la palabra "llevaron" se quedó vibrando como una mala noticia.</p><p>— Lo más raro de todo fue el método —siguió Chichín, casi para sí mismo—. No trajeron camiones, ni los Falcon que uno ya conoce. Pararon un bondi de línea que venía por Constituyentes. Lo interceptaron en la mitad de la cuadra, hicieron bajar a todos los pasajeros a los gritos, a los empujones. Gente común que volvía del trabajo, señoras con bolsas de las compras... todos a la vereda. Nadie entendía por qué les cortaban el viaje así.</p><p>En ese momento, la imagen de un colectivo de línea, algo tan cotidiano y familiar como el mate cocido en el desayuno, se transformó ante mis ojos en algo oscuro. Un vehículo que debía llevarte a casa se convertía en un lugar para esconder el terror.</p><p>El silencio que siguió a sus palabras fue pesado. Mi viejo no dijo nada más. Solo asintió, con la mandíbula apretada hasta que los músculos del cuello se le marcaron como si fueran cables. En ese instante, comprendí que el mundo de los adultos no era el lugar tranquilo que creía. El bar del Gallego ya no era el lugar de encuentro de los muchachos y la YPF no era solo una parada técnica. Todo el barrio se había convertido en un lugar lleno de trampas, donde a cualquiera lo podían sacar de la calle en un segundo.</p><p>Caminamos de vuelta a casa sin emitir sonido. Mi viejo no me soltó la mano ni un segundo. Años después entendería que ese apretón era su forma de decirme: "estás acá, conmigo".</p><p>A los primos los largaron un par de días después. Fue un alivio que llegó envuelto en una tristeza que no se iba. Volvieron a casa, pero algo en ellos se había quebrado. Estaban machucados, con marcas que la ropa intentaba esconder, pero lo peor eran sus ojos. Traían una mirada que no estaba en ningún lado, como si todavía estuvieran sentados adentro de ese colectivo que los arrancó de la vida. Se volvieron hombres de pocas palabras, de esos que pegan un salto ante cualquier ruido.</p><p>Ellos volvieron, y esa fue su pequeña y trágica victoria. Pero la memoria de Chichín, de mi viejo apretándome la mano en la YPF y de los gritos sordos en el bar del Gallego, quedó grabada como una cicatriz en el asfalto del barrio. Miles de otros no tuvieron ese regreso; se perdieron en los pliegues de una noche que duró años, en un sistema de desaparición que no dejó rastro, pero sí un vacío que todavía nos duele en el pecho.</p><p>Pasaron cincuenta años de ese episodio y hace mucho que no visito esa esquina, que podría haber sido cualquier otra en el país; pero cuando llega el otoño, todavía suelo sentir aquel apretón de mi viejo en mi mano, porque la memoria viaja con uno.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Yow1TPcX7eyUnV-c0kY5Rp_O6e8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/03/24m_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Buenos Aires, fines de los setenta. Un niño de siete años mide el mundo por la presión de la mano de su padre. Una tarde en una YPF de barrio y un recuerdo imposible de soltar.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2026-03-21T11:18:43+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            La soledad algorítmica y lo que perdimos en el tiempo
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/la-soledad-algoritmica-y-lo-que-perdimos-en-el-tiempo" type="text/html" title="La soledad algorítmica y lo que perdimos en el tiempo" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/la-soledad-algoritmica-y-lo-que-perdimos-en-el-tiempo</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/la-soledad-algoritmica-y-lo-que-perdimos-en-el-tiempo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OLs2K5DEJYQ0B5_byJgzG2twZIs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/01/musica.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay algo difícil de explicar a quienes no lo vivieron: escuchar la radio, en ciertos momentos, era un acontecimiento colectivo. No un ruido de fondo o un hilo sonoro que acompaña mientras hacíamos otra cosa, era esperar a que sonara ese tema del que todos hablaban, quedarse despierto hasta la medianoche para grabarlo en un cassette, sentir que en ese instante —frágil e irrepetible— se producía algo nuevo. En los ochenta y noventa, las FM eran las protagonistas de esa liturgia: las canciones no eran información disponible, eran irrupciones en tu cotidianeidad que abrían un vínculo espacio-tiempo distinto.</p><p>Ese vértigo, una suerte de mezcla entre ansiedad y celebración, se perdió en la transición hacia las plataformas digitales. Hoy, un estreno musical llega junto a cientos más, cada cierta cantidad de días, en listas diseñadas por algoritmos que deciden qué debería interesarnos según la información que recolectaron de nuestros gustos. La novedad ya no interrumpe la rutina, sino que se integra a un flujo inagotable e incesante de propuestas que aparecen y se olvidan a la misma velocidad. Lo nuevo ya no es acontecimiento, es acumulación.</p><p>El filósofo francés Jacques Attali advirtió que la música es siempre un laboratorio de lo social. En Ruidos escribió que escuchar no es un acto pasivo: es participar en una economía simbólica que anticipa los modos de organizar la vida en común. Si lo pensamos desde ahí, lo que ofrecía la radio, como medio difusor, era un tiempo compartido porque existía la certeza de que otros estaban escuchando lo mismo al mismo tiempo, mientras que lo digital impone un disfrute solitario, privado, casi encapsulado en un algoritmo que refuerza preferencias y evita sorpresas demasiado bruscas.</p><p>La diferencia es abismal. Cuando escuché, por ejemplo, Smells Like Teen Spirit de Nirvana por primera vez en un programa de medianoche, semanas antes de que saliera al mercado, no fue simplemente una nueva canción, sino sentir que algo cambiaba, que lo inesperado tenía todavía un lugar. Lo mismo les pasó a miles y ese gesto colectivo contuvo una forma de esperanza: que lo nuevo nos encontró a todos al mismo tiempo.</p><p>En su famoso ensayo sobre la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Walter Benjamin habló de la pérdida del aura, de la cual decía que no era un atributo místico, sino la experiencia de lo irrepetible, del aquí y el ahora. La música en la radio todavía conservaba algo de ese aura: llegaba como evento, como una irrupción deseada, mientras que a través de las apps de streaming aparece, pero disuelve ese carácter único en un universo de disponibilidad permanente porque cuando todo está siempre al alcance, nada sorprende de verdad.</p><p>El problema no es solo de cantidad, sino de tiempo. La radio imponía una espera: había que quedarse pendiente, escuchar los temas previos, soportar las publicidades, dejarse llevar por la programación. En esa demora nacía la expectativa. En la actualidad, en Spotify o en alguna otra, ofrecen todo ya: no hay espera, no hay demora, no hay tensión previa. Todo es inmediato cuando está disponible, sin restricciones, con lo cual el vértigo desaparece.</p><p>Quizás lo que hemos perdido sea la capacidad de escuchar con hambre. Convertimos a la música en un flujo constante, como si se tratara de un paisaje sonoro que adorna el día y nos olvidamos que, en otros momentos, disfrutar una nueva canción podía ser un acto de comunión, un descubrimiento compartido, un hito en la memoria de una generación. Presencia real y humana.</p><p>En lo virtual, sin embargo, cada estreno es apenas una notificación más y así como la política cabe en un tuit, la amistad se escribe en un chat y la memoria flota en la nube, la música se disuelve en playlists infinitas.</p><p>Lo que está en juego no es la nostalgia por algo que ya no existe, sino la pregunta por cómo queremos escuchar el arte en el futuro. Tal vez el desafío no sea resistir al algoritmo, sino reaprender a esperar, devolverle al sonido su capacidad de conmovernos, aunque dure tres minutos y medio.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OLs2K5DEJYQ0B5_byJgzG2twZIs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/01/musica.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Hubo una época en que descubrir una canción en la radio podía ser un hito generacional. Ahora, cada estreno es apenas una notificación más. Entre la espera y la inmediatez, entre lo irrepetible y lo disponible, se juega también la memoria.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2026-01-17T13:07:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            La anestesia del spoiler permanente
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/la-anestesia-del-spoiler-permanente" type="text/html" title="La anestesia del spoiler permanente" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/la-anestesia-del-spoiler-permanente</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/la-anestesia-del-spoiler-permanente">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oJtYX3MOdh0IeqcoFFbewIPXP_k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/01/la_anestesia_del_spoiler.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde el estreno del primer capítulo en el invierno de 2016, cada nueva temporada de Stranger Things la esperé con una ansiedad que ahora me cuesta explicar. Es una de esas series con una estética que me conectaba con ese pasado ochentero que tanto me gustaba. Cada lanzamiento era un evento: sabías que millones de personas iban a verlo al mismo tiempo, que durante semanas se hablaría de eso. Esa espera era ritual. Netflix soltaba los capítulos un viernes a la madrugada y el mundo se dividía entre los que ya habían maratoneado todo el fin de semana y los que todavía estaban a mitad de camino, esquivando spoilers.</p><p>El miércoles 31 de diciembre, como parte del cierre de la quinta y última temporada de la producción creada por los hermanos Duffer, liberaron el último capítulo. El lunes siguiente a la mañana, después de un fin de semana larguísimo y antes de que pudiera verlo, dos personas me lo spoilearon. Una por mensaje privado y la otra en un comentario de Instagram que leí sin querer mientras scrolleaba sin rumbo. Pensé en bloquearlas, en putearlas, en hacer algo. Pero la verdad es que me dio más bronca conmigo mismo por haber entrado a ese perfil sabiendo que muchos ya lo habían visto. Es como meter la mano en el fuego y enojarte porque te quemaste. Para el mediodía ya sabía cómo terminaba todo.</p><p>Cuando finalmente me senté a disfrutarlo esa noche, mi mirada ya no buscaba descubrir, sino verificar. No era una experiencia, sino el trámite de confirmar lo que ya sabía. Pero lo peor no fue eso, sino darme cuenta de que ya ni siquiera me molestó tanto. Como si una parte de mí hubiera aceptado, en algún momento de los últimos años, que así funciona la cosa y que el spoiler permanente es el precio que pagamos por estar conectados.</p><p>No sucede solo con las series, obviamente. Es con todo, pero me costó verlo hasta que empecé a prestarle más atención: consumimos información de múltiples fuentes antes del anuncio oficial, cada una con su propio spin y su indignación prefabricada. Y cuando llega el comunicado formal, la noticia no es tal. O esas anécdotas que te cuenta alguien en un asado y que ya escuchaste porque circuló por mensajes de voz antes de llegar a vos en vivo. Ahí estás, fingiendo sorpresa, porque socialmente es lo que corresponde, pero por dentro ya sabés el remate.</p><p>Solía pasar una cosa que ahora parece de otra época: ibas al cine sin saber de qué iba la película o comprabas un vinilo y lo escuchabas completo, sin haber leído antes qué decían los críticos, sin saber cuál era el hit que tenías que esperar. Ahora todo es contenido previo al contenido, capas y capas de información que te preparan para lo que vas a consumir antes de consumirlo. Hay trailers de trailers y análisis sobre situaciones que todavía no existen. Y uno termina funcionando igual: devorando sinopsis antes de decidir qué merece la pena, como si el riesgo de enfrentarse a lo desconocido sin saber qué esperar fuera demasiado alto.</p><p>Mi sobrino, de siete años, mira videos en YouTube y no los ve completos nunca. Salta a los treinta segundos. “¿Por qué no los ves enteros?”, le pregunté. “Porque ya sé si me va a gustar o no”, me dijo, como si fuera la cosa más obvia del mundo. Su lógica, imparable, me dejó helado: aprendió que la incertidumbre no es emoción, sino un error de carga, un tiempo muerto que hay que optimizar. No es culpa suya. Es lo que le enseñamos todos los días con nuestros propios hábitos: todo debe ser predecible, procesable y digerible en segundos.</p><p>Lo que me inquieta no es tanto la velocidad sino la anestesia que viene con ella, esa impermeabilidad adquirida que nos vuelve espectadores de nuestras propias vidas. Esa sensación de que nada te atraviesa del todo porque ya llegaste preparado, ya sabías más o menos qué esperar, ya leíste lo que otros sintieron al respecto. Es como ir a un recital habiendo escuchado tanto sobre cómo estuvo la noche anterior que cuando te toca a vos ya estás comparando en lugar de viviendo.</p><p>Alfred Hitchcock solía decir que el suspenso no está en la sorpresa sino en la anticipación: mostrar la bomba debajo de la mesa genera más tensión que hacerla explotar sin avisar. Pero eso era un recurso narrativo para construir ficción. Nosotros lo convertimos en filosofía de vida y vivimos en estado de alerta permanente sobre lo que viene en lugar de concentrarnos en lo que está pasando. Y después nos preguntamos por qué todo nos aburre tan rápido, por qué sentimos que nada nos conmueve como antes. No es que el mundo se volvió menos interesante, sino que nosotros nos encapsulamos frente a él.</p><p>El otro día volví a ver The Man from Earth, una película que me había impactado hace años. Ya sabía cada giro, cada revelación. Pero esta vez me quedé con todo ese tiempo muerto que en realidad estaba vivo porque te dejaba procesar antes de que llegara el siguiente estímulo.</p><p>Eso es lo que perdimos: ese espacio mental donde la experiencia se hace personal. No sé si se puede recuperar, pero al menos podemos reconocer que vivimos sin pausas y que sin ellas ya nada puede sorprendernos de verdad, solo hay ruido. Y en el ruido, todo suena más o menos igual.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oJtYX3MOdh0IeqcoFFbewIPXP_k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/01/la_anestesia_del_spoiler.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Ya nada nos asombra porque todo nos llega antes de vivirlo y las experiencias terminan vacías de sentido. Es la era de la antesala perpetua de lo que podría ser, pero nunca en el instante que es. Consumimos en modo preview y en algún momento, sin darnos cuenta, perdimos lo que parecía imposible de perder: la capacidad de sorprendernos.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2026-01-10T19:23:20+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Elogio de los que no tienen todo claro
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/elogio-de-los-que-no-tienen-todo-claro" type="text/html" title="Elogio de los que no tienen todo claro" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/elogio-de-los-que-no-tienen-todo-claro</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/elogio-de-los-que-no-tienen-todo-claro">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sxuhNNDnj8JYmUXFWHOS9QcH-n4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/01/dudar.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Esta semana, en la previa de un asado para despedir el año, alguien dijo algo sobre el rumbo de la economía. No importa qué, podría haber sido cualquier cosa sobre Milei, el dólar, Cristina, la inflación, el escándalo de la AFA... Lo que siguió fue tristemente previsible: dos personas intercambiando eslóganes durante no más de noventa segundos. Cada una esperando su turno para soltar la frase que ya tenía armada antes de que el otro terminara de hablar. Nadie preguntó nada. Nadie dudó. Solo hubo certezas virales chocando en el aire. Después, todo siguió como si nada hubiera pasado.</p><p>Hay algo que sucede últimamente cuando hablamos de política: creemos que conversamos, pero en realidad estamos haciendo otra cosa. Algo mucho más parecido a intercambiar figuritas repetidas que a pensar juntos. El diálogo dura lo mismo que un título leído al pasar, un mensaje de WhatsApp escrito a las apuradas, el rastro fugaz de un post que alguien compartió sin siquiera abrirlo. Ya no se discuten ideas: escupimos oraciones enlatadas con fecha de vencimiento incluida.</p><p>Y no hay espacio para dudar porque la duda, en este mundo acelerado hasta el vértigo, se volvió una falla del sistema. Una rareza improductiva. Un error de programación que hay que corregir rápido antes de que alguien piense que no tenés las cosas claras.</p><p>En tiempos donde la opinión se dispara como si fuera una selfie, dudar incomoda. Es una pausa que descoloca al otro, que rompe el ritmo de la conversación automatizada. Un titubeo que, a la velocidad de las redes, parece un silencio que nadie sabe cómo llenar porque todos esperan que respondas ya, ahora, antes de que el tema se vuelva viejo y aparezca el próximo trend para indignarse.</p><p>Pero (y acá viene lo complicado), ese titubeo incómodo es lo último que nos queda para no convertirnos en repetidores de lo que el algoritmo decidió que deberíamos pensar hoy.</p><p>René Descartes, hace cuatro siglos, se dedicó a dudar de todo. Un paranoico metódico que logró extraer de sus incertidumbres algo imposible de romper: "Pienso, luego existo". Hoy dudamos menos que él y existimos menos también. Somos ecos con DNI porque la duda quedó del lado de los perdedores, de los que "no tienen claro lo que piensan", de los tibios, de los que "no se definen" y, por lo tanto, no merecen ser tomados en serio. Vivimos en una biósfera perversa donde las oraciones cortas, las respuestas inmediatas y la indignación en serie se premian con métricas, dinero y poder.</p><p>Es un mercado -literal, no metafórico-, en el que las opiniones se transan al ritmo del algoritmo como si fueran acciones de la bolsa. Y en ese ambiente despiadado, la duda vale menos que nada: no vende, no se viraliza, no genera engagement. Una pregunta abierta no tiene la misma tracción que una sentencia cerrada, categórica e indiscutible.</p><p>Darío Sztajnszrajber, pensador argentino que hace el milagro de llenar teatros hablando de Heidegger, lo dice con mucha claridad: "La filosofía no da respuestas, no busca certezas, no tranquiliza, no brinda seguridad. Genera todo lo contrario: angustia, incertidumbre. Pero ambas te reconcilian con tu zona de libertad, con la sensación de que le podés escapar al sentido común, a lo que otros necesitan que vos pienses".</p><p>Ahí está el tema. La duda no es indecisión ni debilidad: es la base sobre la que se puede construir algo mejor, algo que realmente sea tuyo y no un copy-paste de lo que leíste en un perfil. Funciona como punto de partida de toda elección verdadera, de toda opinión que merezca ese nombre. En clave contemporánea, es un modo de resistir la tentación constante de creer que lo primero que escuchamos (lo que nos apareció en el feed, lo que compartió ese influencer que seguimos) es lo que debemos pensar.</p><p>Y yo caigo también, no me hago el purista. Leo un título, me indigno y resulta que era pura trampa, un clickbait emocional para mi sistema nervioso. Pero ya está: el daño está hecho. La indignación se instaló. La verdad fabricada se activó.</p><p>En las sobremesas de antes, en un bar de barrio o en el patio de algún club, la conversación podía durar horas y desviarse por mil caminos impredecibles. Podías arrancar hablando de fútbol y terminar discutiendo sobre la muerte, sobre el sentido de la vida, sobre por qué tu viejo nunca pudo decir ciertas cosas. O al revés, el intercambio se movía solo, como un río que encuentra su cauce sin GPS. Había tiempo para pensar, para contradecirte a vos mismo, para cambiar de opinión a mitad de lo que estabas diciendo sin que eso te convirtiera en un traidor o en un tibio, para decir "no sé, la verdad" sin que eso te descalificara automáticamente del debate.</p><p>Hoy esa deriva está en extinción. El tiempo de hablar se transformó en el de reaccionar, que no es lo mismo que reflexionar, aunque a veces nos convenzamos de que sí. Como dice Sztajnszrajber: "Nuestra sociedad no está vacía de sentido, está sobrepoblada. Pero ese sentido ya viene con manual de instrucciones que uno tiene que cumplir de manera dogmática. La filosofía lo que permite no es encontrarse a uno mismo sino perderse a uno mismo".</p><p>Por eso practicar la duda es volver a esas conversaciones desordenadas. Permitir que las preguntas se acomoden solas, sin apuro, sin forzarlas hacia una conclusión que ya teníamos lista de antemano. Entender que a veces una certeza necesita ser desmontada para que algo más verdadero, o simplemente más humano, pueda aparecer.</p><p>Y acá viene la parte que molesta: no se trata de romantizar la incertidumbre como si fuera una pose cool. Ni de quedarnos atrapados en un relativismo paralizante donde "todo es opinión" y por lo tanto nada importa y podemos decir cualquier barbaridad porque "es mi verdad". Eso es otra trampa, quizás más peligrosa todavía.</p><p>Se trata de recuperar el derecho a no saberlo todo. A preguntar sin vergüenza. A demorarse en la respuesta. A decir "no estoy seguro" sin que eso se lea como un signo de debilidad intelectual o como una invitación para que el resto te pase por arriba con sus argumentos blindados.</p><p>En esta época que confunde opinar con pensar, dudar es un lujo silencioso que pocos se pueden permitir. No necesita likes ni métricas ni validación externa. No se amolda a la estética de un reel de 15 segundos con música épica de fondo. No te va a hacer viral. Pero en su discreción late la posibilidad de otra cosa, de algo más profundo, de otra manera de habitar este mundo saturado de ruido.</p><p>Como explica Sztajnszrajber: "El pensamiento es una construcción social, se hace con el otro, y se hace de distintas formas". El pensamiento real, no el simulacro que consumimos en X, no es un monólogo narcisista, sino un diálogo de verdad. Y para que suceda tiene que haber espacio para la duda, para el "no sé", para el "contame más", para el "eso no lo había pensado así".</p><p>Y no es casualidad que, en tiempos de polarización extrema, ese territorio hostil en el que todo es blanco o negro, héroe o villano, conmigo o contra mí, la duda se vuelva un acto subversivo.</p><p>Dudar es como esos viejos de barrio que caminan lento por la vereda sin importarles que todos los apurados los puteen desde atrás. No es que no sepan que molestan. Es que saben algo que los demás olvidaron: que llegar no es lo mismo que haber caminado. Es negarse a entrar en el ring. Es decir "no, pará, no tengo que elegir entre estas dos opciones porque ambas pueden estar equivocadas". O "ambas pueden tener algo de razón, qué se yo". O simplemente "necesito más información antes de decidir".</p><p>La duda, bien entendida, no paraliza: moviliza. Significa que esto que nos presentan como la única verdad posible, esta certeza blindada que no admite matices, merece ser interrogada. No por capricho intelectual ni por pose crítica, sino porque cualquier verdad que no admita preguntas ya dejó de ser verdad y se convirtió en dogma.</p><p>Recuperarla es, en el fondo, rescatar la conversación de verdad en la que no sabés cómo va a terminar cuando empieza. Un lugar sin ganadores ni perdedores porque nadie está compitiendo por likes o por tener razón.</p><p>Y dudar, lejos de ser una debilidad, es la prueba de que todavía estamos vivos y pensamos por nosotros mismos. Eso es lo más cerca que vamos a estar de la sabiduría. No es mucho, pero es mejor que la alternativa: convertirnos en ecos de un algoritmo que ni siquiera sabe nuestro nombre.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sxuhNNDnj8JYmUXFWHOS9QcH-n4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/01/dudar.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Hablamos de política, pero en realidad repetimos frases que leímos o escuchamos en las redes. Nadie duda porque en la era del me gusta instantáneo esta acción se volvió sospechosa: una pausa incómoda, una grieta en la pared de las certezas virales. Y, sin embargo, es lo único que nos queda para no volvernos completamente alienados.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2026-01-03T13:59:06+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            La paradoja de la hiperconexión: solos en una multitud ausente
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/la-paradoja-de-la-hiperconexion-solos-en-una-multitud-ausente" type="text/html" title="La paradoja de la hiperconexión: solos en una multitud ausente" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/la-paradoja-de-la-hiperconexion-solos-en-una-multitud-ausente</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/la-paradoja-de-la-hiperconexion-solos-en-una-multitud-ausente">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/n1sjQBZ_jowmT2BKTPN5_x9nOTs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/12/hiperconexion.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Son las once de la noche y, aunque podría ser cualquier día, la escena se repite en miles de casas: cuerpos recostados sobre las camas, scrolleando feeds que les ofrecen una última dosis de contenido personalizado antes de dormir. Todo está pensado para agradar. Nada desentona. Pero al cerrar la aplicación, aparece una sensación inesperada: la de sentirse más solos que antes de usarla. Esa experiencia, tan común como difícil de admitir, define una de las contradicciones centrales de estos tiempos: la paradoja de la hiperconexión.</p><p>Los algoritmos que controlan las redes sociales y las aplicaciones de streaming y noticias han alcanzado un nivel de sofisticación inquietante. No se conforman con mostrarnos publicidad según búsquedas o intereses, sino que captan nuestros patrones emocionales, predicen qué contenido nos puede mantener enganchados y construyen universos a medida.</p><p>Sherry Turkle, profesora del MIT y una de las voces más lúcidas sobre la relación entre la tecnología y la soledad, lleva años mostrando cómo las promesas de Silicon Valley de acercarnos terminan encerrándonos en versiones cada vez más fragmentadas de nosotros mismos. Sus palabras resuenan más fuerte cuando llega el fin de año, momento de balances y de evaluar qué pasó con todas esas conexiones que se anunciaban.</p><p>La situación es cada vez más común: cientos de contactos en redes, decenas de grupos de WhatsApp, conversaciones todo el día… Pero, cuando uno necesita compartir de verdad, tomar unos mates y hablar hasta quedarse sin palabras, esas relaciones virtuales no siempre se traducen en vínculos reales. Y estas lógicas digitales tienen mucho que ver porque dan forma a lo que Eli Pariser, activista y divulgador estadounidense, llamó “filter bubble” (burbuja de filtro): ecosistemas completos diseñados para que nunca salgamos de nuestra zona de confort.</p><p>Esta personalización extrema no se limita a que veamos más de lo que ya nos gusta, sino que evolucionó hasta convertirnos en sujetos predecibles. Las plataformas que usamos a diario dejaron de ser herramientas de entretenimiento o comunicación y hoy son arquitecturas invisibles que moldean nuestras preferencias, anticipan nuestros deseos y, en el proceso, terminan aislándonos de todo lo que escapa a nuestros consumos.</p><p>Spotify dejó atrás la simple recomendación de artistas y su música a partir de nuestros gustos y empezó a crear listas de reproducción que anticipan los posibles estados de ánimo según la hora del día, el clima y hasta las rutinas de movimiento. Netflix no sugiere películas, teje narrativas individuales donde cada usuario tiene su propia versión del catálogo. Instagram ahora no muestra fotos cronológicas de las personas que seguimos, sino que decide qué relaciones debemos priorizar según métricas de interacción que nadie aún entiende del todo.</p><p>El resultado es una sensación rara y agobiante: el algoritmo parece conocernos mejor que nosotros mismos. Sin embargo, lo único que hace es retroalimentar lo que ya somos. No nos desafía, no nos presenta cosas genuinamente nuevas, no nos hace crecer. Es como tener un “amigo” que nos dice únicamente lo que queremos escuchar.</p><p>Solos juntos en la mesa familiarEn pocos días, como es costumbre, las familias se reunirán para celebrar la llegada de un nuevo año. En las mesas habrá vitel toné, pionono, pan dulce, turrones y sidra, pero también, e inevitablemente, celulares. La escena se convirtió en un clásico: abuelos intentando charlar mientras los más jóvenes miran videos virales, adultos divididos entre atender a los mayores y chequear las notificaciones y adolescentes que prefieren interactuar con sus grupos de WhatsApp que con los que tienen al lado. Lo llamativo es que, en pocos años, las quejas y los enojos desaparecieron: antes había roces y discusiones por el uso del teléfono en una reunión, pero ahora es normal. La virtualidad coexiste con la realidad. Estamos todos juntos y todos solos al mismo tiempo. Diversos especialistas advierten que cada vez que elegimos interactuar con material a medida en lugar de con la persona que tenemos enfrente, estamos entrenando a los sistemas para que aprendan qué tipo de contenido nos genera más necesidad de seguir mirando. Este fenómeno tiene hasta nombre: FOMO, siglas en inglés de “Fear Of Missing Out” (miedo a perderse algo).</p><p>Hay algo que recuerdan con melancolía las generaciones que crecieron antes de las redes sociales: el aburrimiento compartido. Esas tardes sin nada que hacer, esas sobremesas que se estiraban sin propósito, esos viajes mirando por la ventana. Hasta no hace mucho tiempo, cuando no pasaba nada interesante, igual estábamos presentes. Hoy, si la conversación no es estimulante, cada uno saca el celular y a otra cosa. Perdimos la paciencia para construir intimidad. Cada segundo muerto o cada momento de silencio son inmediatamente reemplazados con estímulos digitales.</p><p>A esta altura, es inevitable preguntarnos si podemos hacer algo o estamos condenados a la dictadura de la tecnología predictiva. Tal vez lo primero sea reconocer el problema y admitir que esta soledad que sentimos en medio de tanto vínculo en línea no es culpa nuestra, no es una falla personal, sino el resultado de fórmulas diseñadas con objetivos específicos que no incluyen nuestra felicidad o salud mental, sino que buscan que sigamos usando las aplicaciones. Como toda adicción, será necesario romper con los hábitos con voluntad de cambio y contando con estructuras de apoyo.</p><p>Este 31 de diciembre, vale la pena intentarlo: apagar el teléfono y aguantar la incomodidad de una conversación que no fluye como quisiéramos; permitir los silencios incómodos; exponerse a opiniones diferentes, incluso molestas, sin la posibilidad de escapar a un perfil que nos dé la razón. Obvio que no es fácil. Los sistemas nos entrenaron para evitar cualquier fricción, cualquier molestia, pero justamente en ese desencuentro puede estar la posibilidad de una conexión genuina. Dicho de otra manera, ser vulnerables para habitar el momento sin la opción de sumergirnos en una pantalla.</p><p>Mientras tanto, la inteligencia artificial seguirá perfeccionándose y almacenando conductas para anticiparse a nuestros deseos, construyendo mundos cada vez más confortables y más aislados. La cuestión no es si la tecnología seguirá avanzando —no tengo dudas que lo hará—, sino si nosotros tendremos la lucidez para no dejarnos atrapar completamente.</p><p>La paradoja de la hiperconexión, quizás, se resuelva de una sola manera: soltando los dispositivos para reencontrarnos con las personas. Incluso si eso significa lidiar con el tío que tiene opiniones políticas insoportables, con la abuela que cuenta las mismas historias cada año o con el vecino que no para de quejarse por todo.&nbsp;El desafío que nos deja este 2025 es simple y, a la vez, brutal: o recuperamos la capacidad de estar presentes, o terminamos siendo apenas espectadores de nuestras propias vidas.&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/n1sjQBZ_jowmT2BKTPN5_x9nOTs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/12/hiperconexion.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Mientras los algoritmos diseñan experiencias cada vez más personalizadas, se debilita nuestra capacidad de compartir momentos con los demás en el mundo real. Un recorrido por la soledad contemporánea para pensar qué nos pasa cuando estamos siempre conectados, pero cada vez menos presentes.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-12-27T21:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Byung-Chul Han y el cansancio que no sabíamos que teníamos
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/byung-chul-han-y-el-cansancio-que-no-sabiamos-que-teniamos" type="text/html" title="Byung-Chul Han y el cansancio que no sabíamos que teníamos" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/byung-chul-han-y-el-cansancio-que-no-sabiamos-que-teniamos</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/byung-chul-han-y-el-cansancio-que-no-sabiamos-que-teniamos">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8t_gEqSw1Cq8hqPcTHyqpl777ks=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/12/sociedad_del_cansancio.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay libros que no se leen por placer, ni siquiera por curiosidad. Se leen porque algo en ellos —a veces una palabra, a veces un silencio— nos llama desde un lugar difícil de nombrar. No nos cobijan: nos interpelan. Nos encuentran justo cuando creemos estar bien. Como un espejo que no sabíamos que necesitábamos. Uno de ellos, sin duda, es “La sociedad del cansancio”, de Byung-Chul Han. Escrito hace 15 años, no pierde vigencia; al contrario. No llega a las cien páginas, pero eso no lo hace liviano: cada frase pesa, cada párrafo entra como un corte limpio, sin vueltas, sin anestesia. Es un texto breve, directo, sin pomposidades innecesarias, pero te deja pensando durante días porque lo que dice —y cómo lo dice— no pasa desapercibido: raspa, duele, pero también revela.</p><p>Y es que hay un tipo de cansancio del que casi no hablamos. Un agotamiento que no se soluciona con dormir un poco más, ni con un retiro espiritual de fin de semana. Es un desgaste más profundo, más invisible. Como si lleváramos dentro una carrera que no se detiene nunca. Como si estuviéramos intentando llegar a una versión mejorada de nosotros que nadie pidió.</p><p>Han, filósofo surcoreano radicado en Alemania, lo plantea con crudeza: ya no vivimos en una sociedad que prohíbe, como las que describía George Orwell o Michel Foucault, sino en otra, más insidiosa: la del rendimiento. Y eso suena bien, suena moderno, suena libre… pero es una trampa. Porque en vez de tener un poder externo que nos vigila, lo hemos internalizado. Ahora somos nosotros mismos quienes nos exigimos, nos juzgamos, nos exprimimos. Ya no hace falta que nadie nos diga qué hacer: lo hacemos solos, convencidos de que, si no nos exigimos hasta el límite, estamos fallando. Y ahí está el núcleo del problema. Porque el discurso del “vos podés” —tan omnipresente como seductor— tiene un lado oscuro: vos podés, pero si no triunfás, si no rendís, si no crecés, si no te reinventás, entonces el fracaso te pertenece.</p><p>Pensalo un segundo. Hoy podés emprender, hacer cursos online que prometen cambiarte la vida, subir stories motivacionales mientras tomás mates con yerba orgánica, salir a correr como prueba de que estás en control, ordenar tu casa según TikTok, diseñar tu logo en Canva, vender por Instagram, facturar por Mercado Pago y, de paso, meditar todos los días. Podés, claro que podés, pero ¿tenés opción de no hacerlo? ¿O sentís que si no llenás todos esos casilleros, te estás perdiendo algo? Ese es el punto que “La sociedad del cansancio” deja en evidencia.</p><p>Con un estilo sobrio, limpio, a veces casi minimalista, Han escribe con frases cortas que parecen aforismos. Nada sobra. Todo impacta. Es como si te estuviera hablando al oído, con una voz serena, pero implacable. Y no, no es un libro frío. Hay calor, aunque no sea emocional en el sentido tradicional. Es del tipo que quema lento, que te atraviesa cuando empezás a notar que esa hiperactividad que llevamos con orgullo es, en realidad, una forma moderna de dominación. Que el multitasking no es una habilidad, sino una sobrecarga. Que estar siempre disponibles no es sinónimo de libertad, sino una forma de esclavitud voluntaria.</p><p>Y entonces llegan los síntomas. El burnout (estar “quemado”), la ansiedad, el insomnio, la sensación de estar corriendo sin llegar nunca a nada. La mente agitada. El cuerpo tenso. El alma muda. Y la pregunta de fondo: ¿Qué sentido tiene todo esto?</p><p>Han no se detiene en lo obvio. No habla desde la queja, ni desde la nostalgia por tiempos pasados. Lo suyo es más filosófico, más sutil. Nos muestra cómo el discurso del bienestar, del desarrollo personal y del “optimismo permanente” funciona como un nuevo mecanismo de control. Uno que no necesita castigos: le basta con nuestra propia voluntad de rendir.</p><p>Pero no todo es gris. En medio del diagnóstico, aparece una idea que se siente como una bocanada de aire fresco: el derecho al cansancio bueno.</p><p>Ese cansancio que no viene del agotamiento, sino de la plenitud. El del que trabajó en algo con sentido. El del que creó sin preocuparse por ser visible. El del que descansó sin culpa.</p><p>El autor no lo dice en estos términos, pero sugiere una idea potente: descansar puede ser un acto de rebeldía. Detenerse, aburrirse, desconectar… No como una renuncia, sino como resistencia, como una manera de recuperar algo que estamos perdiendo a pasos acelerados: el derecho a estar simplemente vivos, sin rendirle cuentas a nadie.</p><p>Por eso este libro no es sólo para filósofos, ni para académicos, ni para quienes ya saben quién es Byung-Chul Han: es para cualquiera que alguna vez se haya sentido exhausto sin saber por qué, para quienes miran su día a día y sienten vértigo, para quienes tienen la sensación de estar produciendo mucho, pero viviendo poco.</p><p>“La sociedad del cansancio” no viene con recetas ni promesas de bienestar exprés. No vas a encontrar una guía de “10 pasos para vivir mejor” ni consejos para equilibrar la diaria. Pero lo que sí hace en sus páginas —y lo hace muy bien— es correrte del lugar cómodo. Te obliga a frenar y preguntarte, sin vueltas: ¿este ritmo que estoy llevando es realmente mío, o me lo impusieron sin que me diera cuenta? ¿Estoy eligiendo o simplemente arrastrado por la corriente? A veces, darse cuenta de eso es un montón, es el primer paso para volver a elegir.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8t_gEqSw1Cq8hqPcTHyqpl777ks=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/12/sociedad_del_cansancio.png" class="type:primaryImage" /></figure>Un ensayo breve, punzante y lleno de verdades incómodas donde el filósofo surcoreano disecciona el malestar contemporáneo con palabras certeras y frases precisas. “La sociedad del cansancio” no busca entretener, sino incomodar. Y, con suerte, despertarnos.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-12-13T14:36:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Claves para regalar un vino y no fallar en el intento
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/claves-para-regalar-un-vino-y-no-fallar-en-el-intento" type="text/html" title="Claves para regalar un vino y no fallar en el intento" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/claves-para-regalar-un-vino-y-no-fallar-en-el-intento</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/claves-para-regalar-un-vino-y-no-fallar-en-el-intento">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QVREoaYN_iEjn6uT0IqIFPwMLXg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/placeres.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Regalar una buena botella de vino es un gesto que comunica mucho más que una simple cortesía; es un obsequio personal y lleno de simbolismo. A diferencia de lo que muchos piensan, elegirla no requiere ser un experto, sino comprender un poco los gustos del homenajeado y saber qué lo sorprenderá. La clave está en conocer sus preferencias, en considerar tanto el tipo como la región, el estilo y. por supuesto, que se ajuste al presupuesto de tu bolsillo. Una elección acertada puede demostrar atención, aprecio y un toque de originalidad que hará que el regalo se sienta único.</p><p>Al decidir qué etiqueta obsequiar, investigar un poco puede hacer toda la diferencia. Además, hay que recordar que, para quien recibe el regalo, el valor emocional y simbólico de la botella suele ser superior al precio. No se trata sólo de un nombre o una bodega: es el resultado de una historia, un terruño y del trabajo de quienes lo hicieron posible. Al fin y al cabo, un vino no es únicamente una bebida, sino también la promesa de un momento compartido. Aquí hay diez claves para seleccionar la etiqueta ideal y asegurarte de que tu elección se destaque.</p>Pensar en la ocasión y el momento: Regalar una botella es un gesto que se extiende desde la elección hasta el momento en que se descorcha, especialmente si se comparte en un momento especial. Un vino no se regala “de compromiso”.Buscar la vinoteca adecuada: La experiencia de compra también cuenta. Elegir un lugar donde te puedan asesorar según tus expectativas puede hacer que encuentres una etiqueta que hable más del homenajeado.Considerar sus gustos y recuerdos: Tener en cuenta las preferencias personales del destinatario es fundamental, como por ejemplo si es de una región vitivinícola o tiene afinidad por alguna zona o variedad específica. Estos detalles pueden hacer que el obsequio sea aún más especial.Apostar por lo original, sin perder calidad: Todas las bodegas son confiables, tanto las consagradas como los pequeños emprendimientos. Las variedades clásicas no suelen fallar nunca, pero también hay otras menos tradicionales que pueden sorprender. La novedad, cuando es de calidad, siempre genera impacto.El estilo va más allá de la variedad: El perfil de un tinto, un blanco o un rosado está definido tanto por el enólogo como por el terruño que lo vio nacer, entre otras variables. Ya sean varietales o vinos de corte, siempre elegí aquellos que tienen un carácter distintivo.Información de crianza en la etiqueta: Si el vino ha pasado por barricas de roble, esto debería estar especificado. La crianza aporta estructura y complejidad al vino, lo que lo convierte en una opción especial para regalar.Prestar atención a las añadas: Generalmente, los vinos disponibles están listos para beber; por eso, la añada puede aportarle algo más al regalo. No es lo mismo regalar un vino guardado por un tiempo prolongado, que uno de cosecha reciente. Lo importante es verificar las condiciones en las que se cuidó esa botella.Evaluar la calidad y el precio: Términos como “best buy” (vinos de calidad a precios accesibles) y “smart buy” (vinos de mayor precio, pero con valor agregado) pueden orientar la compra hacia una buena relación precio-calidad para lo que inviertas en esa botella te dé mucho más de lo que vale.No dejarse llevar por etiquetas y presentaciones rimbombantes: Aunque la también importan, evalúa la calidad del vino en relación con su precio para asegurarte que pagás por el contenido y no sólo por el diseño.Respetar el gusto personal: Al regalar una botella, la calidad es importante, pero no se trata únicamente de encontrar algo que le guste al destinatario, sino de que sea un bien valorado y que represente un obsequio significativo.<p>Recomendados para sorprenderMalbec Argentino de Catena Zapata. Este vino emblema de la vitivinicultura nacional combina tradición e innovación. Con uvas de viñedos de altura del Valle de Uco, este Malbec muestra notas de frutas maduras, violetas y un toque especiado. Su paso por barricas de roble francés de primer uso le otorga un alto valor agregado y una estructura elegante y compleja. Uno de los mejores varietales de nuestro cepaje estrella y perfecto para aquellos que consideran que el mix entre la calidad y la originalidad es lo más importante.</p><p>Chardonnay de la Colección 1.310 de Finca Ferrer.&nbsp;Este blanco complejo y seductor sintetiza el espíritu de la altura de los viñedos mendocinos de Gualtallary, al pie de los volcanes Tupungato y Tupungatito. Se caracteriza por sus notas frescas y frutales, con aromas a frutas blancas como manzana y pera, combinadas con un toque de cítricos y suaves notas minerales. En boca, ofrece una textura untuosa y equilibrada, con buena acidez y un final prolongado, lo que deja una sensación de frescura y mineralidad. Este Chardonnay busca expresar la pureza y complejidad de su origen. Indicado para los que aprecian el alma de un terruño que no para de crecer.</p><p>Concreto Malbec de Familia Zuccardi. Elaborado en tinajas de concreto sin contacto con madera, este Malbec de Zuccardi del Valle de Uco se distingue por su mineralidad y frescura. Con notas de frutas negras y un final persistente, es un vino moderno que permite apreciar la pureza del terroir mendocino. Ideal para sorprender a los que valoran la innovación en la elaboración sin perder la esencia de la región.</p><p>Altaluvia Cabernet Sauvignon de Doña Paula. Ícono elaborado con uvas proveniente de uno de los terruños más destacados de Mendoza: Altamira, en el Valle de Uco, que se caracteriza por su altitud de alrededor de 1.350 metros sobre el nivel del mar y su suelo de composición pedregosa, rica en carbonato de calcio. Esta combinación única enriquece a este tinto de perfil mineral distintivo y una expresión frutal profunda. De aromas a frutas negras, como moras y ciruelas, acompañados de delicados toques florales y notas especiadas, que se integran de manera equilibrada tras su crianza en barricas de roble francés. En boca es elegante y sedoso, con taninos refinados y una acidez bien marcada que le otorgan frescura y un final persistente.&nbsp;Excelente para los que gustan de los vinos modernos, pero con la carga emotiva de la tradición.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QVREoaYN_iEjn6uT0IqIFPwMLXg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/placeres.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Tanto para dar como para recibir, el presente ideal para todo amante del vino es, justamente, una botella de esta noble bebida. En la actualidad, la amplia oferta que existe en el mercado hace posible encontrar varias opciones para cada ocasión. Aquí te propongo una serie de tips que te ayudarán a emprender la elección de una etiqueta como tiene que ser: con placer.]]>
                </summary>
                                <category term="placeres" label="Placeres" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-12-13T13:52:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El debate olvidado detrás de la independencia
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/el-debate-olvidado-detras-de-la-independencia" type="text/html" title="El debate olvidado detrás de la independencia" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/el-debate-olvidado-detras-de-la-independencia</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/el-debate-olvidado-detras-de-la-independencia">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/q-xuvZck8HwDfSA6Ac9fhqX4uQM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/07/9_de_julio_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La ausencia de las provincias del litoral en el Congreso de Tucumán no fue un simple desacuerdo político o un “detalle menor” en la historia argentina, sino un síntoma profundo de las fisuras que ya recorrían el mapa nacional. Y es que, aunque el país nacía formalmente en 1816, la verdad es que estaba lejos de ser un cuerpo unido: más bien, parecía una serie de voluntades tironeadas por intereses que no siempre miraban en la misma dirección.</p><p>Todo había comenzado mal. La caída estrepitosa de Carlos María de Alvear en 1815 dejó al Directorio tambaleando y a su sucesor, José Rondeau, le tocó una tarea casi imposible: liderar unas Provincias Unidas fragmentadas. A la guerra contra España, que seguía siendo el enemigo externo, se le sumaban las peleas internas. Era como intentar armar un rompecabezas en el que cada pieza quería ser la más importante.</p><p>Mientras tanto, en Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe seguían otro camino. Allí, lejos del ruido porteño, había surgido una identidad política propia, forjada a orillas de los ríos, entre la ganadería, el comercio fluvial y la férrea conducción de caudillos, como el caso de José Gervasio Artigas, que no ejercía un cargo formal en esas tierras, pero su liderazgo fue innegable, casi magnético. Bajo su impulso, la Liga de los Pueblos Libres funcionó como una especie de federación paralela que, lejos de Buenos Aires, proponía un país diferente.</p><p>La economía, claro, también explicaba buena parte del conflicto. Mientras Buenos Aires defendía el control del puerto -su mayor fuente de ingresos-, el Litoral buscaba abrir sus propios caminos comerciales a través del Paraná y el Uruguay. Querían, en definitiva, navegar sus propias aguas sin tener que pedir permiso ni pagar peaje a la capital. Y eso no era sólo una decisión caprichosa: detrás de esa pelea estaba la subsistencia misma de sus economías regionales.</p><p>La disputa por la libre navegación de los ríos no era únicamente un tema comercial: representaba la posibilidad de un desarrollo autónomo, fuera del control porteño.</p><p>Además, el reparto de los recursos aduaneros seguía siendo terriblemente desigual. Buenos Aires concentraba casi toda la recaudación por comercio exterior y distribuía los fondos al resto del país según su conveniencia política. Así, mientras algunos enriquecían sus arcas, otros apenas recibían unas monedas. El Litoral lo sabía bien y no estaba dispuesto a seguir tolerándolo.</p><p>Pero el conflicto no se agotaba en lo económico. Había algo mucho más profundo: dos visiones enfrentadas sobre cómo debía organizarse el país. Artigas y sus seguidores soñaban con una república federal, democrática y descentralizada.</p><p>El centralismo porteño, por el contrario, apostaba por un Estado fuerte, con Buenos Aires como epicentro político y económico indiscutido. Esta diferencia no era abstracta: tenía consecuencias prácticas que afectaban la vida cotidiana de las provincias.</p><p>Las famosas “Instrucciones del año XIII”, que Artigas había dado a sus diputados para el Congreso de 1813, seguían siendo su hoja de ruta. Allí pedía cosas tan concretas como revolucionarias: independencia absoluta, libertad civil y religiosa, confederación de provincias, y libre navegación de los ríos. ¿Cómo podían aceptar eso los porteños que querían controlar el comercio y concentrar el poder político?</p><p>No fue por falta de intentos que las partes no llegaron a un acuerdo. El Directorio envió emisarios, propuso negociaciones, buscó convencer. Pero la verdad es que las diferencias eran demasiado profundas. No estaban discutiendo detalles de reglamento ni cuestiones protocolares: discutían el alma misma del futuro Estado argentino.</p><p>Artigas, por su parte, fue claro desde el principio. No reconocía al gobierno central porteño porque, según él, no representaba a todas las provincias. Participar en el Congreso de Tucumán habría sido, desde su perspectiva, legitimar una autoridad que no sólo no compartía sus principios, sino que los contradecía abiertamente.</p><p>El resultado de todo esto fue un Congreso incompleto. La pregunta, incómoda pero inevitable, quedó flotando en el aire: ¿puede un Congreso declarar la independencia de un país si no están todas las provincias sentadas en la mesa? La respuesta, como tantas veces en la historia, dependía de a quién se le preguntara.</p><p>Para el litoral, no asistir al Congreso fue una forma de resistencia. No iban a legitimar un modelo centralista que ignoraba sus demandas y amenazaba su autonomía. Ellos preferían quedarse al margen antes que ceder en sus convicciones.</p><p>Esta ausencia, lejos de ser un episodio aislado, dejó cicatrices profundas que marcaron buena parte del siglo XIX. Porque la independencia de 1816 fue un paso enorme, pero no resolvió los conflictos estructurales que seguirían alimentando guerras civiles, enfrentamientos políticos y tensiones regionales durante décadas.</p><p>La ausencia del litoral en Tucumán nos recuerda que la Argentina no nació como un bloque homogéneo y pacífico, sino como un país que, desde sus orígenes, tuvo que aprender a convivir con sus diferencias. Y que los desacuerdos, aunque dolorosos, forman parte de su historia más íntima.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/q-xuvZck8HwDfSA6Ac9fhqX4uQM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/07/9_de_julio_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Mientras en Tucumán se declaraba la independencia, Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe elegían quedarse al margen. La ausencia no fue un capricho, sino el reflejo de una Argentina nacida entre tensiones económicas, políticas y culturales que aún hoy resuenan.]]>
                </summary>
                                <category term="analisis" label="Análisis" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-07-05T13:57:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El Eternauta: La nevada infinita que vuelve a caer
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/el-eternauta-la-nevada-infinita-que-vuelve-a-caer" type="text/html" title="El Eternauta: La nevada infinita que vuelve a caer" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/el-eternauta-la-nevada-infinita-que-vuelve-a-caer</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/el-eternauta-la-nevada-infinita-que-vuelve-a-caer">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hu2fnHDHcPboj-QqD9KWzd3WIfg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/04/eternauta.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El 4 de septiembre de 1957 fue el lanzamiento del primer número de la revista “Hora Cero”, que incluía la primera aparición de “El Eternauta”, una obra creada por su fundador y guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López que, prontamente, se erigió como pilar fundamental en la consolidación del comic nacional como medio cultural y artístico.</p><p>Este 30 de abril de 2025, más de seis décadas después de su publicación original, “El Eternauta” llega a la pantalla a través de Netflix, en una ambiciosa adaptación audiovisual que busca acercar esta historia icónica a nuevas generaciones. La serie, protagonizada por Ricardo Darín en el papel de Juan Salvo, promete revivir el espíritu original de la obra mientras ofrece una mirada renovada sobre sus temas centrales de resistencia, identidad y memoria colectiva.</p><p>Su historia, que ha trascendido en el tiempo para convertirse en un símbolo de resistencia y lucha colectiva, sigue a Juan Salvo, un hombre común atrapado en una Buenos Aires devastada por una tormenta de nieve mortal que marca el inicio de una invasión alienígena. Lo que comienza como una pelea por la supervivencia en un apocalipsis urbano se transforma en una épica reflexión sobre el poder, la opresión y la unión frente a lo desconocido. En medio de este escenario desolador, Salvo y sus amigos se enfrentan a un mundo transformado en un paisaje hostil. La ciudad, usualmente vibrante y llena de vida, se convierte en un campo de batalla, donde cada esquina esconde un nuevo peligro.</p><p>Lo que distingue a esta historia de otras dentro del género de ciencia ficción es su enfoque en la humanidad de los personajes. Juan Salvo no es un héroe tradicional, es un hombre común que lucha por proteger a sus seres queridos. La historia se centra en cómo personas ordinarias enfrentan situaciones extraordinarias y destaca la importancia de la solidaridad y el trabajo en equipo. La idea del “héroe colectivo” introducida por Oesterheld es innovadora para la época, ya que desafía la noción convencional de una figura solitaria y omnipotente. Aquí, la fuerza radica en la unión y en la resistencia colectiva.</p><p>“El Eternauta” también se destaca por su representación detallada de Buenos Aires como escenario de ciencia ficción. La ciudad, tan familiar para los lectores argentinos, se convierte en un personaje en sí misma, transformada por la invasión extraterrestre. Oesterheld y Solano López logran crear una atmósfera inquietante al situar la acción en un entorno reconocible, donde lugares emblemáticos como el Estadio Monumental, la Avenida General Paz o el Congreso de la Nación se convierten en espacios de desolación y enfrentamiento.</p><p>Pero no se trata solo de una historia de ciencia ficción, sino también de una profunda crítica social. Aunque fue escrita en un contexto anterior a la Dictadura que azotaría al país en los 70, ha sido interpretada como una alegoría de la represión y la rebeldía. La invasión, con sus múltiples capas de opresión, desde los "Manos" hasta los "Ellos", refleja el poder totalitario y la deshumanización que se experimentaría en la vida real. La lucha de Juan Salvo y sus compañeros contra un enemigo aparentemente invencible se convierte en un espejo de la resistencia política y social.</p><p>El destino trágico de Oesterheld añade una capa más de significado a la obra: fue secuestrado y desaparecido en 1977, al igual que sus cuatro hijas —Estela (25), Diana (24), Beatriz (19) y Marina (18); dos de ellas, embarazadas— y tres de sus yernos. Su mujer, Elsa Sánchez, activista e integrante de Abuelas de Plaza de Mayo, mantuvo viva su memoria hasta su muerte en 2015. La vida y trabajo de Oesterherld se han convertido en un símbolo del compromiso cultural y político y su desaparición vuelve al protagonista de “El Eternauta” en una figura casi profética, un viajero eterno en busca de su familia, que refleja la propia búsqueda del autor por un mundo más justo.</p><p>No caben dudas que el impacto cultural ha sido duradero y sigue siendo un relato profundamente relevante en la Argentina contemporánea, un recordatorio de que la lucha por la supervivencia es, en última instancia, una lucha por la dignidad y la libertad. La historia de Juan Salvo y su resistencia frente a lo desconocido resuena en un país que ha enfrentado sus propios "enemigos invisibles", tanto en la política como en la sociedad. En este sentido, no solo es una obra de ciencia ficción, sino un espejo de la historia nacional.</p><p>Uno de los momentos más icónicos es cuando Juan Salvo describe la primera vez que se da cuenta del peligro que enfrentan: “La nevada mortal. Esa es la palabra exacta: mortal. Y, sin embargo, al principio no nos dimos cuenta de nada. Estábamos seguros en casa, jugando al truco, mientras afuera la muerte caía del cielo”. Este pasaje establece el tono de la historia y resalta la humanidad de los personajes, atrapados en un juego trivial mientras el mundo a su alrededor se desmorona.</p><p>El héroe y los otros</p><p>Juan Salvo es el personaje central, un trabajador con una familia que ama y que, de repente, se encuentra en medio de una catástrofe inimaginable. Su desarrollo como líder es gradual y doloroso. No es un héroe por elección, sino por necesidad. Su única motivación es la supervivencia y la protección de su esposa, Elena, y su hija, Martita. Este instinto se refleja en la cita: "Mi mayor miedo no era morir... sino perder a Elena y a Martita. Ellas eran mi mundo. Y en ese mundo se desató el infierno”.</p><p>Favalli es otro protagonista crucial, profesor de física y amigo cercano de Juan. Representa la racionalidad y el pensamiento científico en medio del caos. En muchos sentidos, es el cerebro del grupo, el que proporciona soluciones técnicas para enfrentar las amenazas, desde el aislamiento de la casa hasta la fabricación de armas improvisadas. Favalli es descrito por Juan como “el hombre que nunca pierde la calma, que siempre encuentra una explicación lógica, aun en medio de lo absurdo”. Su pragmatismo es esencial para la supervivencia del grupo, pero también lo transforma en un personaje trágico, ya que su coherencia no puede siempre protegerlos de lo implacable de la invasión.</p><p>Otro personaje clave es Franco, un hombre de acción. Es quien aporta la fuerza física y el coraje impulsivo para complementar la inteligencia de Favalli y el liderazgo emocional de Juan. En un momento de la historia, dice: "No podemos quedarnos aquí esperando la muerte. ¡Hay que salir y pelear, aunque no sepamos contra quién!" Esta frase encapsula su actitud desafiante y su disposición a enfrentar el peligro de frente, a pesar de la desesperación. Sin embargo, su valentía también lo lleva a tomar riesgos que a veces ponen en peligro al grupo.</p><p>Pablo, un joven adolescente, representa la inocencia perdida en medio del caos. Se une al grupo y, a pesar de su corta edad, demuestra una madurez sorprendente y un coraje indomable. Su ingenio y habilidades tácticas son invaluables y su relación con Juan evoluciona hacia un vínculo de mentoría y amistad, un fiel reflejo de la solidaridad entre las generaciones en tiempos de crisis. En un momento desgarrador, cuando se enfrenta a la realidad de la muerte por primera vez, Pablo dice: "No quiero morir, Juan... pero si es necesario, moriré peleando”.</p><p>Además de los personajes humanos, los antagonistas más memorables son los “Manos”, una raza alienígena que actúa como intermediarios entre los invasores y los hombres. Aunque aparentemente poderosos, también son víctimas de una cadena de opresión más grande. Uno de los Manos le dice a Juan: “Nosotros también somos esclavos, eternos fugitivos como tú. No buscamos la guerra, pero estamos atrapados en ella, igual que tú”. Esta revelación desafía la visión simplista del bien contra el mal y plantea preguntas sobre la naturaleza del poder y la sumisión.</p><p>Finalmente, la figura de Elena, esposa de Juan, merece un párrafo aparte. Aunque en muchos momentos juega un papel más secundario, es un pilar emocional para Salvo. Representa la estabilidad y la esperanza en un mundo que se desmorona. En una de las escenas más conmovedoras, mientras Juan se prepara para una misión peligrosa, Elena le susurra: "Vuelve, Juan... vuelve por nosotras”. Esta simple frase encapsula todo el peso emotivo de la historia.</p><p>“El Eternauta” se convirtió en una obra imprescindible y atemporal por una infinidad de razones. En primer lugar, es la primera gran epopeya de ciencia ficción hecha en Argentina, un verdadero faro en la novela gráfica. Antes de ella, algunos escritores se habían asomado tímidamente al género, pero esta obra llegó para establecerlo con firmeza en el ámbito nacional. Y, además, nos enseñó algo fundamental: que la aventura no solo pertenece a los grandes centros de poder como Estados Unidos o la vieja Europa, ni a escenarios fuera de la órbita de la Tierra, como la Luna o Marte. No, la aventura podía tener lugar acá, en Argentina, en una Buenos Aires movilizada y caótica. Podíamos ser nosotros los protagonistas, los que nos arrojábamos al peligro con la valentía de quienes saben que la épica también se escribe en nuestras calles.</p><p>A varias generaciones, Oesterheld le abrió los ojos a una verdad poderosa: no sólo podíamos contar historias tan buenas como las de cualquier otro lugar de este mundo o de otros, sino que también podíamos soñarlas y vivirlas. Nos dio el permiso para ser quienes se levantan contra el invasor-opresor para luchar con todo y, aunque a veces pudiéramos caer y morir, en otras ocasiones también podríamos alzarnos como vencedores. Nos enseñó que nuestras historias valen, y que podemos ser los héroes de nuestras propias hazañas.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hu2fnHDHcPboj-QqD9KWzd3WIfg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/04/eternauta.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Más de seis décadas después de su publicación original, sigue siendo un ícono de la ciencia ficción argentina y una alegoría potente sobre la resistencia colectiva. Este año, su historia resurge con fuerza a través de una esperada serie de Netflix protagonizada por Ricardo Darín, que promete traer la nevada mortal a las pantallas de todo el mundo.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-04-29T18:11:45+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Casa Jaf, una experiencia gastronómica diferente en Gualeguaychú
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/casa-jaf-una-experiencia-gastronomica-diferente-en-gualeguaychu" type="text/html" title="Casa Jaf, una experiencia gastronómica diferente en Gualeguaychú" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/casa-jaf-una-experiencia-gastronomica-diferente-en-gualeguaychu</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/casa-jaf-una-experiencia-gastronomica-diferente-en-gualeguaychu">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/h-WY9EBF7LmT5YcFanKPg8AYCVw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/04/casa_jaf_2.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Casa Jaf es el resultado de una pasión compartida entre Antonia Ferroni y Florencia Igoa, dos amigas que encontraron en la cocina un lenguaje propio. Todo comenzó en la casa de Antonia, donde crecer en una familia numerosa hizo que compartir la mesa fuera un desafío, así que encontró la forma de hacer de cada encuentro algo especial: diseñaba un menú por pasos para cada núcleo familiar, preparaba la mesa con flores frescas y los recibía con todo listo para disfrutar. Compartía esos momentos en Instagram sin imaginar que, del otro lado de la pantalla, Florencia veía en esa costumbre algo más grande. Fue ella quien propuso abrir esta aventura culinaria a más personas y, después de casi un año de planificación, en junio de 2024 nació la primera edición de Casa Jaf.</p><p>Las ideas fueron surgiendo entre ambas: mientras que Antonia creó las propuestas que combinan técnica, innovación y la búsqueda de los sabores caseros, Florencia aportó su visión para transformar la experiencia en un evento cuidadosamente diseñado, desde la puesta en escena hasta la forma en que cada invitado es recibido. Juntas, lograron construir un espacio que no sólo gira en torno a la gastronomía, sino más bien al goce sensorial.</p><p>En cada encuentro, se despiertan las emociones: las copas cuentan historias y cada preparación es una invitación a explorar lo familiar desde una nueva perspectiva. No es un restaurante ni un evento puntual, sino una mesa abierta donde la calidez, la creatividad y el disfrute son los ingredientes principales. Las reservas se hacen por Instagram (@somoscasajaf) o por WhatsApp (11 30548054) y algunas horas antes, las anfitrionas envían un mensaje con la dirección, que puede ser en la ciudad o en Pueblo Belgrano.&nbsp;</p><p>Desde que los invitados cruzan la puerta, algo sucede. No hay formalismos, no hay protocolos. Hay un ambiente íntimo, acogedor, cuidado hasta en el más mínimo detalle, donde lo que buscan sus anfitrionas es que cada uno se sienta bienvenido y agasajado. Ellas suelen decir que en Casa Jaf no hay clientes, hay invitados. Y, como en toda casa, la hospitalidad se siente en cada gesto y en cada detalle: mesas impecables, excelente iluminación y un ritmo pausado, como si el tiempo se detuviera por un buen rato para perpetuar el momento.</p><p>Sabores que sorprenden, texturas que emocionanCada creación parte de una premisa: llevar la cocina más allá de lo conocido sin perder su esencia. Matices familiares, recetas con historia, pero reversionadas con creatividad, técnica y giros inesperados. Aquí, la estructura de un menú tradicional se rompe para dar lugar a una vivencia dinámica, donde las texturas juegan, los contrastes sorprenden y cada bocado cuenta algo nuevo.</p><p>La cocina se siente viva, vibrante, sin miedo a salirse de lo convencional. Es un equilibrio perfecto entre lo gourmet y lo cercano, lo innovador y lo reconfortante, por ejemplo, el primer paso: un salmorejo de cilantro con su frescura herbal y textura sedosa que encontró en la copa del espumante brut su compañero ideal. La acidez vibrante y las burbujas equilibran la untuosidad de esta típica elaboración española, mientras sus notas cítricas y minerales realzaron los matices del cilantro. Un contraste perfecto: intensidad aromática que equilibra la elegancia del vino.</p><p>Los otros dos pasos, antes de llegar al principal, fueron también sorprendentes y muy amalgamados: camarones al ajillo con crumble salado junto a un Chardonnay con paso por barricas de roble y puerros caramelizados con espuma de puerros y frutos secos acompañado con un interesante rosé de paleta aromática muy amplia.Y llegó el principal, disruptivo, fuera de manual, no sólo en cuanto al maridaje, sino también desde el punto de vista gastronómico: pasta rellena de salmón con crema de lima con un joven Cabernet Franc. Con su delicadeza marina, esta propuesta encontró en el tinto argentino de moda su aliado perfecto. Este varietal, de taninos sedosos y notas a frutos rojos, hierbas frescas y pimiento, complementó la riqueza del pescado sin opacarlo, mientras su acidez natural hizo más fluido el diálogo entre ambos donde cada elemento se potenció. Un armonía sofisticada y elegante.</p><p>Para terminar dulce, una sopa de mango con ganache de chocolate blanco y maracuyá con un toque de espumante rosado ensamblado con un rico té en hebras.&nbsp;</p><p>Casa Jaf no es sólo una cena, sino un viaje sensorial tejido con historias, complicidad y audacia. Antonia y Florencia han creado un refugio donde la gastronomía se convierte en un acto íntimo de rebelión: contra lo previsible, contra el ritmo acelerado y contra la frialdad de los espacios impersonales. Cada manjar es una declaración de amor a lo inesperado, donde técnicas precisas y sabores emocionales se funden. Pero más allá de las armonizaciones o las texturas que desafían el paladar, lo que perdura es la esencia de su propuesta: un lugar donde nadie es cliente, todos son cómplices. Porque en esta casa, el verdadero postre no está sólo en lo que llega a la mesa, sino en la dulzura de haber compartido un momento que, como el buen vino, mejora con el tiempo. Queda abierta la invitación: la próxima edición espera a quienes creen que la magia aún cabe en un plato y en una copa.DATOLa selección de etiquetas es de El Bebedero (@elbebederogchu), la frescura del mar llega de la mano de Entremares (@pescaderiaentremares) y la puesta en escena cobra vida con Vajilla &amp; Cía (@vajillaycia).</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/h-WY9EBF7LmT5YcFanKPg8AYCVw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/04/casa_jaf_2.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>No hay muchas opciones en la ciudad para disfrutar de una cena gourmet, mucho menos si se trata de una en la cual cada plato está pensado para que combine con las mejores etiquetas del país. Reservas por Instagram, locación secreta, menú cuidado, vinos seleccionados y un ambiente muy cálido para conectar con el placer.]]>
                </summary>
                                <category term="placeres" label="Placeres" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-04-12T19:07:18+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Vinos de terruño: la apuesta que conquista paladares
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/vinos-de-terruno-la-apuesta-que-conquista-paladares" type="text/html" title="Vinos de terruño: la apuesta que conquista paladares" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/vinos-de-terruno-la-apuesta-que-conquista-paladares</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/vinos-de-terruno-la-apuesta-que-conquista-paladares">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yYe4Adq4MT5Q8bTJPAH2gm486_0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/vinos.JPG" class="type:primaryImage" /></figure><p>Parece mentira que, con una trayectoria vitivinícola de más de doscientos años, estemos empezando a disfrutar hoy vinos de terruño. Es que la evolución se hizo esperar. Al principio porque los inmigrantes italianos y españoles que iniciaron la actividad sólo buscaban una salida laboral y asegurarse el abastecimiento para continuar con sus hábitos de consumo diario. Luego, los vaivenes de un país en formación impusieron que se valorara más la cantidad que la calidad. Pero hacia fines del siglo XX, ese negocio se acabó y la única oportunidad era apostar por la calidad.</p><p>Este camino del vino argentino, salvo pocas excepciones, lleva unos cuarenta años como mucho. Ya pasaron las modas de los varietales y del roble, incluso las de las marcas y las bodegas. Hoy, el estilo de los vinos va más allá y la apuesta está en la diferenciación. Y en un ámbito en el cual casi todo se puede copiar, el terruño ha pasado a ser relevante ya que se pueden utilizar las mismas variedades que el vecino, incluso combinarlas en la misma proporción si se trata de un blend; se pueden cosechar en el mismo momento y utilizar el mismo sistema. Es más, hasta se puede elaborar el vino igual, criarlo con el mismo tipo de barricas y hasta contar con el mismo asesor enológico. Pero lo que no se puede copiar de ninguna manera es el lugar, el terruño. Si un productor puede llevar la identidad de sus uvas y de la finca a la copa, la diferenciación estará garantizada. Claro que eso no asegura el éxito, pero si se elabora un vino de terruño, con el cuidado puesto en la calidad y fiel a las intenciones en función del segmento al cual apunta, tarde o temprano el reconocimiento llegará.¿Qué es un vino de terruño?Queda claro que no es un invento argentino. Todos los grandes vinos del mundo provienen de un lugar específico. De hecho, así empezó todo en el Viejo Mundo.</p><p>Con el correr de los siglos, aquellos que apostaron por hacer el mejor vino que su viña daba, sin preocuparse por la urgencia de captar y seducir consumidores, son los consagrados porque hay muchos más consumidores dispuestos a comprar que botellas para vender. Y en la Argentina se dieron cuenta que el futuro pasa por ahí.&nbsp;</p><p>Ante todo, un vino de terruño nace en un lugar único. ¿Pero cuáles son esos lugares únicos? El Valle de Uco, por ejemplo, no es un terruño, sino una región; incluso La Consulta, por su tamaño, no se puede considerar como tal porque sus suelos son muy heterogéneos. Eso sí, todos ellos comparten el clima.&nbsp;</p><p>Entonces, un vino de terruño nace en un viñedo específico. Es más, en una parte específica de ese viñedo. Por eso la palabra Single Vineyard ya ha quedado desactualizada porque en una finca de 50 hectáreas hay una gran diversidad de subsuelos y componentes que tienen una influencia primordial.&nbsp;</p><p>Hoy, muchos vinos de terruño provienen de parcelas específicas, homogéneas entre sí y con muchas similitudes de exposición solar, de pendientes, de absorción de agua, de composición de suelo, de tipo de piedras... Claro que esto exige hacer muchas vinificaciones y microvinificaciones por separado para poder entender cabalmente cada rincón del viñedo. Y quizás, luego, elaborar un blend que refleje de la mejor manera posible la visión del enólogo de dicho terruño.</p><p>Por lo tanto, un vino de terruño nace en la viña más que ningún otro. Casi el 95% del trabajo se hace en el viñedo, lo que implica que en la bodega se interviene lo menos posible. Se vinifica con materiales nobles, con levaduras indígenas, se realizan extracciones suaves y crianzas con maderas que no invadan el carácter del vino porque el objetivo no es hacer ni un vino perfecto ni uno prolijo, sino uno de lugar. Y justamente por eso las cosechas importan mucho porque la heterogeneidad de la expresión del lugar es lo que se busca por sobre la homogeneidad que brindan ciertos recursos correctores.Vinos argentinos y de terruñoHay muchos casos en nuestro país; la gran mayoría de estos últimos veinte años. Quizás uno de los ejemplos más célebres es el Catena Zapata Adrianna Vineyard Malbec, conocido como el "Grand Cru de Sudamérica". Este vino, cultivado en los suelos calcáreos de Gualtallary, combina frescura y profundidad. Alejandro Vigil, el enólogo detrás, destaca cómo el terruño de altura imprime un carácter mineral y elegante, reflejo de la complejidad de la región y su proyección internacional.En Luján de Cuyo, el Achaval Ferrer Finca Bella Vista Malbec capta la esencia de las viñas viejas de Perdriel. Este tinto, con su elegancia y matices florales, es una creación de Gustavo Rearte, quien resalta la riqueza de los suelos aluvionales de la zona. El vino encapsula la tradición clásica de Mendoza con un perfil fresco y sofisticado, que no sólo honra la historia, sino que eleva los estándares de nuestro cepaje emblemático.</p><p>Por otro lado, el Terrazas de los Andes Single Vineyard Los Aromos Cabernet Sauvignon, también de Perdriel, nos invita a explorar otro lado de este terruño. Con aromas intensos de frutos negros y un toque especiado, demuestra la versatilidad de Luján de Cuyo. Bajo la dirección de Gustavo Ursomarso, este vino celebra la diversidad de estilos que pueden surgir de una misma región.</p><p>En el Valle de Uco, El Enemigo Chardonnay, nuevamente liderado por Alejandro Vigil, recuerda que Argentina no sólo brilla por sus tintos. Proveniente de los suelos calcáreos de Gualtallary, combina la frescura y la mineralidad propias del terruño con la complejidad que aporta la crianza en roble. Su equilibrio entre acidez vibrante y notas frutales es una muestra de la innovación en la viticultura nacional.</p><p>Finalmente, el Terruño Malbec de Fabre Montmayou, desde Vistalba, aporta un enfoque fresco y accesible a los vinos de alta gama. Con un perfil frutal marcado y un trasfondo especiado, es ideal para quienes buscan un ejemplo clásico del Malbec mendocino, refinado con el toque francés de la bodega. Juan Bruzzone, su enólogo, mantiene un compromiso con la excelencia y la autenticidad.</p><p>Los ejemplos abundan y todo indica que los nuevos grandes vinos argentinos comenzaron a nacer en viñedos únicos. Y con el correr de las cosechas, cada uno de ellos ganará atributos para escribir su propia historia y la de los terruños.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yYe4Adq4MT5Q8bTJPAH2gm486_0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/11/vinos.JPG" class="type:primaryImage" /></figure>Con viñedos que cuentan historias únicas, Argentina se posiciona como un referente en la producción de este tipo de tintos y blancos. Una tendencia global que combina técnica, pasión y el valor del suelo como protagonista.]]>
                </summary>
                                <category term="placeres" label="Placeres" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-03-23T21:23:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Ernesto Sábato y el &quot;Nunca Más&quot;: el escritor que puso en palabras el horror de la Dictadura
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/ernesto-sabato-y-el-nunca-mas-el-escritor-que-puso-en-palabras-el-horror-de-la-dictadura" type="text/html" title="Ernesto Sábato y el &quot;Nunca Más&quot;: el escritor que puso en palabras el horror de la Dictadura" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/ernesto-sabato-y-el-nunca-mas-el-escritor-que-puso-en-palabras-el-horror-de-la-dictadura</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/ernesto-sabato-y-el-nunca-mas-el-escritor-que-puso-en-palabras-el-horror-de-la-dictadura">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bAW5RHqgiE0_7YtaoxWdjOrx7ig=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/03/sabato.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En un acto cargado de simbolismo y trascendencia histórica, el escritor Ernesto Sábato entregó en mano al presidente Raúl Alfonsín el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), titulado “Nunca Más”. Fue el 20 de septiembre de 1984. Aquel documento, que recopilaba las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos cometidas durante la dictadura militar argentina (1976-1983), fue un testimonio demoledor de los horrores perpetrados por el terrorismo de Estado. Pero también fue mucho más: fue la cristalización de un compromiso ético y literario que Sábato, a lo largo de su vida, había asumido con la condición humana, el sufrimiento y la lucha por la dignidad.</p><p>Sábato no era un político ni un abogado de Derechos Humanos, sino un escritor, un científico que había abandonado la física para sumergirse en los abismos del alma. Autor de novelas emblemáticas como “El túnel”, “Sobre héroes y tumbas” y “Abaddón el exterminador”, su literatura estaba marcada por una profunda reflexión sobre el mal, la soledad y las contradicciones. Su visión pesimista del mundo, no exenta de una búsqueda desesperada de redención, lo convertía en una figura especialmente indicada para abordar los oscuros acontecimientos del gobierno de facto.</p><p>Cuando Alfonsín lo convocó para presidir la Conadep, Sábato no dudó en aceptar. Sabía que su nombre y su trayectoria le otorgaban una legitimidad moral incuestionable. Pero también sabía que la tarea que le esperaba sería desgarradora. Recorrer los testimonios de sobrevivientes, leer los relatos de torturas y desapariciones, reconstruir la siniestra arquitectura del horror, significaba adentrarse en el lado más oscuro de la condición humana.</p><p>La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas fue creada por decreto presidencial el 15 de diciembre de 1983, pocos días después de la asunción de Alfonsín. Su objetivo era documentar los crímenes cometidos por el régimen militar y elaborar un informe que sirviera de base para la Justicia. Durante nueve meses, el equipo de la Conadep, conformado por juristas, periodistas, religiosos y defensores de los Derechos Humanos, trabajó incansablemente para recopilar denuncias y evidencias. Se recibieron más de 8.900 testimonios y se identificaron alrededor de 340 centros clandestinos de detención.</p><p>Como presidente de la Comisión, se convirtió en el rostro visible de esa lucha. Su participación no fue meramente simbólica; leyó informes, escuchó testimonios, se involucró en la redacción del documento final. Y, sobre todo, le dio una dimensión literaria y moral que trascendió lo meramente jurídico.</p><p>En el prólogo del Nunca Más, escribió un texto estremecedor que sintetizaba el espíritu del informe: “Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el periodo que duró la dictadura iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Únicamente así podremos estar seguros de que nunca más en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado”.</p><p>La entrega del informe fue un acto histórico. Con el documento en sus manos, el Presidente anunció la apertura del Juicio a las Juntas, que llevaría a la cárcel a los principales responsables de la dictadura. Así se convirtió en un libro clave en la construcción de la memoria histórica argentina y su impacto no solamente fue judicial o político, sino también social y cultural. La frase "Nunca Más" pasó a ser un lema insoslayable en la lucha por los Derechos Humanos.</p><p>Por su parte, Sábato quedó marcado para siempre por esa experiencia. Aunque ya era un intelectual reconocido a nivel mundial, su papel en la comisión lo proyectó como una figura ética de la democracia recuperada. Su relación con el informe no estuvo exenta de polémicas: algunos sectores de la izquierda lo criticaron por equiparar la violencia de las organizaciones armadas con la represión estatal, mientras que la derecha lo atacó por revelar los crímenes del gobierno de facto. Sin embargo, su compromiso con la verdad y la justicia quedó fuera de toda duda.</p><p>Falleció el 30 de abril de 2011, a los 99 años. Su legado literario es incuestionable, pero su participación en la Conadep es, sin dudas, uno de sus aportes más significativos a la historia argentina. Fue un escritor que no se refugió en la torre de marfil de la literatura, sino que puso su voz y su prestigio al servicio de una causa fundamental: la lucha contra el olvido y la impunidad.</p><p>El “Nunca Más” no sólo sirvió para juzgar a los responsables de la dictadura, sino también para consolidar una conciencia colectiva sobre la necesidad de defender los Derechos Humanos. Y en ese proceso, la figura de Sábato se erige como un testimonio de que la literatura no sólo puede narrar la historia, sino que puede converger en un mismo camino con el de la memoria, la verdad y la justicia.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bAW5RHqgiE0_7YtaoxWdjOrx7ig=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/03/sabato.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El escritor argentino no sólo dejó un legado literario invaluable, sino que también asumió un rol fundamental en la construcción de la memoria histórica. Como presidente de la Conadep, puso su prestigio al servicio de la memoria, la verdad y la justicia al enfrentar las sombras de la dictadura con el poder de la palabra.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-03-22T11:27:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El arte de mezclar sin salir de casa
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/el-arte-de-mezclar-sin-salir-de-casa" type="text/html" title="El arte de mezclar sin salir de casa" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/el-arte-de-mezclar-sin-salir-de-casa</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/el-arte-de-mezclar-sin-salir-de-casa">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/S6bk9Pc2BsQaQWMo1A8Atgraj0A=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/placeres.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Tal como sucede en el resto del mundo, desde comienzos de este siglo, la Argentina vive un maravilloso renacimiento de la coctelería. El auge de las barras de bares y restaurantes, con renombrados profesionales al mando, ha hecho olvidar una actividad que era habitual en un pasado no tan lejano: la de beber en la comodidad del hogar.&nbsp;</p><p>Más allá del vino, que siempre estuvo, está y estará como bebida oficial de almuerzos y cenas o de momentos especiales, la tradición del aperitivo antes de la comida, los licores que potenciaban aún más los sabores del postre, el glamour del cognac o el siempre encantador whisky fueron quedando reservados para disfrutar fuera de los límites de las mesas.&nbsp;</p><p>Al decir de los hedonistas, una barra o un pequeño bar es tan importante como una biblioteca completa, un refugio –tan íntimo como social– para el placer. Y, al contrario de lo que muchos piensan, no requiere ni una gran infraestructura, ni un gran espacio, ni siquiera demasiados elementos. Con algunas herramientas propias de un bartender, productos frescos, bebidas indicadas y ciertos tips, se puede retomar la sana costumbre de disfrutar los encantos de un rico trago en la comodidad de nuestra casa.&nbsp;</p><p>Lo primero que hay que tener en cuenta es el lugar donde va a estar ubicada nuestra zona dedicada a los tragos. Lo ideal es aquel rincón que se relacione con el relax: el living, el quincho, la sala de TV... Si es de dimensiones reducidas, se puede optar por un carrito, una mesa baja o, incluso, se puede utilizar un desayunador y complementarlo con algún mobiliario para ubicar las botellas y demás. Ahora bien, si se tiene más espacio, se puede armar con muebles específicos que vienen con estantes, cajones, con superficie de apoyo revestida en madera, acero inoxidable o mármol, todos materiales muy resistentes al uso; algunos modelos suman apoya pies a lo largo y banquetas.&nbsp;</p><p>Una vez elegido el sitio donde va a estar nuestro bar, hay que empezar a poblarlo, en primer lugar, con las botellas. Lo básico es elegir bebidas de calidad, ya sea para disfrutarlas solas o con hielo, o bien como parte de una mezcla. Según los expertos, no pueden faltar los aperitivos (vermouths rosso y bianco, algunos bitters y amargos), ni los destilados (un gin, un vodka, un whisky, un tequila y un ron) ni tampoco algunos licores típicos de países europeos. Según el gusto particular de cada uno se pueden adicionar Single Malts escoceses o Bourbons estadounidenses, rones añejados, vodkas rusos, suecos, polacos o franceses de altísima gama y variedades de gin de diferentes procedencias.</p><p>Además, es sustancial tener algunos productos fáciles de conseguir todo el año (limones, limas, naranjas, pomelos, manzanas verdes y pepinos, entre otros), o bien cuando se los consiga frescos (maracuyá, frutillas, duraznos, ciruelas y ananá, por ejemplo), como así también aromáticas, menta, gaseosas, jugos y pulpas de frutas, tónica, soda, aceitunas, azúcar, salsa tabasco, sal, pimientas y, fundamentalmente, hielo, mucho hielo.</p><p>Por otro lado, no es menos importante la cristalería, un mundo aparte. Hay que tener sí o sí copas Martini con su característico diseño cónico; copas margarita de tallo largo, base mediana y boca ancha; copas flautas, las que se usan para los espumantes; copas balón o de cognac, copas spirits, un comodín que permite servir todo tipo de destilados; vasos highball, para los tragos largos; vasos Collins, más delgados que los anteriores; vasos old-fashioned para los whiskies; y los pequeños vasos de shot. No están demás algunos frascos de vidrio, de esos que se utilizan para envasar mermeladas o conservas, hoy tan de moda y que le pueden dar un toque cool a las mezclas.Manos a la obraEn su libro Tragos, guía básica de la coctelería, la reconocida bartender argentina Inés de los Santos aconseja tener en cuenta tres premisas fundamentales a la hora de preparar mezclas en casa: las medidas, los métodos y las herramientas. Según su experiencia: “Es fundamental la precisión en las medidas, como así también conocer los métodos para mezclar los ingredientes y el correcto uso de las herramientas”.</p><p>Respecto de las medidas, la divina proporción está representada por esta fórmula: una medida es igual a 60 ml, que equivalen a 2 oz. Para que sea más sencillo y poder respetar las cantidades con precisión, hay que tener un jigger (un vasito medidor).</p><p>En cuanto a los métodos, se pueden dividir en tres: directo, batido y refrescado. El primero se llama así porque se prepara el trago en el vaso. Se utiliza cuando no hace falta mezclar demasiado porque las densidades de las bebidas son similares, o cuando se usan bebidas con burbujas.&nbsp;</p><p>El batido, en cambio, se usa para mezclar los distintos ingredientes y lograr una densidad más homogénea. Aquí entra en juego la coctelera, herramienta fundamental. Las hay de dos tipos: la Boston (consta de dos partes, una de vidrio y la otra de metal, tiene buena capacidad y un gran recorrido) y la Bahía o de tres piezas (es la más común, tiene dos partes de metal, la tapa y el vaso; vienen de acero inoxidable, de diferentes diseños y tamaños).</p><p>Y el último es el refrescado: se emplea para combinar y enfriar bebidas alcohólicas. Por lo general se usa un vaso mezclador de gran capacidad o una jarra de vidrio o cristal.</p><p>A las herramientas mencionadas, De los Santos recomienda incorporar un colador oruga (sirve para colar los tragos con jugos y pulpas, tiene un espiral que retiene las semillas), una cuchara larga (se usa para mezclar y no hacer burbujas), picos vertedores para las botellas, un zester (para obtener los aceites esenciales de los cítricos y perfumar los tragos, o para hacer un twist con la cáscara), un mortero (para aplastar las frutas y obtener el jugo), una tabla de madera, un cuchillo pequeño y de buen filo, un buen sacacorchos, destapador de botellas, abridor de latas; un recipiente, pinzas y pala para hielo. No está demás, si se prefiere, tener un mixer o una licuadora para preparar cócteles frutales (daiquiris y margaritas frozen).</p><p>Ahora lo único que resta es dejar volar la imaginación, disfrutar el momento y preparar tragos clásicos o de elaboración propia para agasajarse o para convidar a los afectos. Beber da placer y si es en casa, mucho más.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/S6bk9Pc2BsQaQWMo1A8Atgraj0A=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/placeres.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Beber es un placer y si se disfruta en la comodidad del hogar, solo o en compañía, la experiencia se potencia mucho más. Todo lo que hay que saber y lo que hay que tener para armar una barra en casa y no fallar en el intento.]]>
                </summary>
                                <category term="placeres" label="Placeres" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-03-12T16:41:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Sabores que nos conectan con recuerdos memorables y nuevas experiencias
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/sabores-que-nos-conectan-con-recuerdos-memorables-y-nuevas-experiencias" type="text/html" title="Sabores que nos conectan con recuerdos memorables y nuevas experiencias" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/sabores-que-nos-conectan-con-recuerdos-memorables-y-nuevas-experiencias</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/sabores-que-nos-conectan-con-recuerdos-memorables-y-nuevas-experiencias">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XALQxRKo7xNMtIKxJvHA7v0c_dI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/flan_y_vino.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Maridar un buen vino con un postre tradicional no es sólo un juego de sabores. Es una experiencia que nos conecta con lo más profundo de nuestra cultura, nuestras raíces y nuestras vivencias compartidas. Ya sea una sobremesa en un asado familiar, una reunión entre amigos o una tarde tranquila en casa, los maridajes entre vinos y dulces típicos tienen una capacidad especial para transformar una simple degustación en una experiencia emocional. Los aromas y sabores evocan recuerdos de la infancia, de reuniones en casa de los abuelos, o de festividades en donde lo dulce siempre ocupó un lugar privilegiado en la mesa. A través de esta selección, los invito a viajar con los sentidos y descubrir cómo lo mejor de nuestra tierra puede acompañar esos momentos tan cotidianos y, al mismo tiempo, tan especiales, ya que no se trata sólo de lo que comemos o bebemos, sino de cómo estas combinaciones nos permiten revivir memorias y crear nuevas conexiones.</p><p>Flan mixto y Torrontés: Este postre emblemático, suave y aterciopelado, es un clásico. Su textura aterciopelada y lo goloso del miz entre la crema y el dulce de leche brillan con un Torrontés de la altura salteña. Este blanco, bien criollo, con su vibrante frescura y perfumados aromas florales de jazmín y azahares, añade un contrapunto cítrico que realza la experiencia. El contraste entre la acidez del vino y la dulzura del postre genera una sensación refrescante y transforma cada bocado.</p><p>Budín de pan y Malbec tardío: Con su rica textura densa y su encantadora mezcla de caramelo y esencia de vainilla, encuentra en este tinto bien argentino un compañero excepcional. Nuestro cepaje emblemático, elaborado con uvas que maduran más allá de lo habitual, intensifica los sabores del plato con sus notas de frutas rojas y un toque de roble. Su complejidad, que combina dulzura profunda y una estructura envolvente, amplifica la calidez de este clásico de las abuelas y crea una experiencia de degustación rica en matices.</p><p>Vigilante y Moscato: Este postre de sencilla perfección que une una porción de queso (Cuartirolo, Mar del Plata o Fresco) con una de dulce de membrillo o batata, se eleva cuando se acompaña con un Moscato, un vino de perfil frutado y aromático. Con sus aromas a uvas maduras y flores blancas, equilibra la textura del queso y el dulzor del membrillo o la batata. Además, cada trago añade una nota refrescante y ligera al postre sin ser empalagoso y prolonga el momento gustativo con su persistente final.</p><p>Alfajor de maicena y Espumante Rosé: El tradicional alfajor de maicena, con su delicada estructura de galletas y su generoso corazón de dulce de leche, alcanza una nueva dimensión cuando se marida con un espumante rosado. Las burbujas finas y persistentes del vino, junto con sus vibrantes notas de frutos rojos, como frutillas y frambuesas, aportan una vivacidad que contrasta deliciosamente con la dulzura untuosa del dulce de leche. La ligereza del espumante limpia el paladar y deja un final fresco y memorable.</p><p>Pastafrola de membrillo y Semillón dulce: Con su masa quebrada y ese inconfundible relleno, este bocado clásico se enriquece con un blanco de cuerpo sedoso y aromas de frutas maduras como el durazno y la pera, típicas del cepaje, en su versión dulce. Es un gran compañero de los sabores terrosos del membrillo. Su paso suave por el paladar equilibra la acidez de cada bocado y crea un momento reconfortante y sofisticado.</p><p>Chocotorta y Bonarda: Inspirado en el tiramisú, este gran invento nacional con sus capas de galletitas de chocolate mojadas en leche y esa mezcla de dulce de leche y queso crema, encuentran en un Bonarda un maridaje ideal. Este vino de acidez vivaz ofrece notas de cerezas negras, moras y un sutil toque especiado que equilibra la riqueza dulce del postre. Con su frescura y vibrante carácter, tiene la particularidad de limpiar el paladar entre bocado y bocado, y así permitir disfrutar de la intensidad de este clásico que ya cumplió cuatro décadas.</p><p>Helado de dulce de leche y Syrah tardío: El clásico helado de dulce de leche, con su textura cremosa y su irresistible sabor, armoniza con la intensidad del Syrah tardío. Este tinto, con sus notas de especias dulces, frutos negros maduros como las moras y un toque de chocolate amargo, complementa la suavidad y la densidad de cada bocado. La complejidad de este encuentro de aromas y sabores añade capas de sabor y convierte la degustación en una verdadera explosión de placer que perdura en el paladar.</p><p>Tarta de ricota y Chardonnay: Con su delicada estructura y sabor suave, este manjar se transforma cuando se acompaña con un Chardonnay que tuvo su crianza en barricas de roble francés. Con sus notas de frutas blancas maduras y un sutil toque mantecoso, complementa a la perfección la suavidad de la ricota. El paso por la madera aporta una elegante cremosidad y un toque tostado que enriquece el sabor del postre, haciendo que cada bocado se sienta fresco y, al mismo tiempo, complejo.</p><p>Dulce de zapallo y Cabernet Franc: Este dulce que se elabora en casa, tan arraigado en las tradiciones argentinas, se enriquece al combinarse con uno de los vinos que se ha puesto de moda en los últimos tiempos. Con su característico toque especiado, notas de frutos rojos como cerezas y frambuesas, y una ligera frescura herbácea, cada sorbo añade una nueva dimensión al dulzor del zapallo. La interacción entre los sabores complejos y, a la vez, suaves de ambos compañeros genera una experiencia gustativa muy refinada.</p><p>Facturas con crema pastelera y Espumante Extra Brut: Estos bocados tan presentes en los desayunos y meriendas alcanzan un nivel superior cuando se acompañan con la acidez precisa y las delicadas burbujas de este vino blanco chispeante. Su frescura equilibra la dulzura del relleno, limpiando el paladar y dejando una sensación de ligereza en cada sorbo.</p><p>Cada uno de estos maridajes es una invitación a redescubrir nuestros postres y vinos con ojos nuevos. La riqueza del terruño argentino, unida a nuestras tradiciones dulceras, ofrece una versatilidad única que enriquece cada sobremesa, brindis y celebración en torno a la mesa.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XALQxRKo7xNMtIKxJvHA7v0c_dI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2024/10/flan_y_vino.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Argentina no sólo es sinónimo de grandes vinos, sino también de deliciosos postres que nos transportan a momentos inolvidables. Descubrí diez combinaciones irresistibles entre nuestros vinos más apreciados y los dulces más queridos de nuestra tierra.]]>
                </summary>
                                <category term="placeres" label="Placeres" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-03-11T23:45:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Alberto Gerchunoff, el escritor que llevó a Entre Ríos en su alma
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/alberto-gerchunoff-el-escritor-que-llevo-a-entre-rios-en-su-alma" type="text/html" title="Alberto Gerchunoff, el escritor que llevó a Entre Ríos en su alma" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/alberto-gerchunoff-el-escritor-que-llevo-a-entre-rios-en-su-alma</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/alberto-gerchunoff-el-escritor-que-llevo-a-entre-rios-en-su-alma">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Iamgv7OnX2lucFFzwLbrn1uWZy0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/03/gerchunoff.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Este 2 de marzo se cumplen 75 años de la muerte de Alberto Gerchunoff, uno de los escritores más destacados de la literatura argentina y una figura fundamental para entender la identidad judía en el país. Nacido en 1883 en la aldea rusa de Proskurov (actual Ucrania), Gerchunoff llegó a la Argentina a los 6 años, escapando de los pogromos que azotaban a las comunidades judías en Europa. Su familia se estableció en la colonia judía de Moises Ville, en Santa Fe, y luego en Rajil, una colonia agrícola cerca de Villaguay. Fue allí, en el paisaje entrerriano, donde forjó su amor por las letras y comenzó a tejer su obra literaria, que lo consagraría como un pionero de la literatura judío-argentina.</p><p>Aunque su familia se mudó a Buenos Aires cuando él era adolescente, los años que pasó en la provincia marcaron su vida y su obra. En su libro más famoso, "Los gauchos judíos" (1910), retrató con maestría la vida de los inmigrantes judíos en las colonias agrícolas entrerrianas. Con un estilo lírico y lleno de nostalgia, describió la fusión entre la cultura judía y la tradición gaucha, creando un relato único que se convirtió en un clásico de la literatura argentina.</p><p>Gerchunoff no sólo fue un escritor talentoso, sino también un periodista destacado y un intelectual comprometido con su tiempo. Trabajó en el diario La Nación durante más de tres décadas, donde se convirtió en una voz respetada y admirada. Su estilo elegante y su profundo conocimiento de la cultura lo llevaron a entablar amistad con algunas de las figuras más importantes de la época, como Jorge Luis Borges y Manuel Mujica Láinez.</p><p>Borges, quien lo conoció en las redacciones de los diarios y en las tertulias literarias de Buenos Aires, lo describió como "un hombre de una erudición asombrosa y una bondad infinita". En una entrevista, recordó: "Gerchunoff era un conversador excepcional. Hablaba de literatura, de filosofía, de historia, pero también de la vida cotidiana con una profundidad que pocos tenían. Era un hombre que amaba las palabras, pero que nunca las usaba para lastimar".</p><p>Su obra, sin dudas, es un testimonio de la experiencia judía en Argentina, pero también una reflexión profunda sobre la identidad, la migración y la integración. Este aniversario es una oportunidad para redescubrirlo. En un mundo cada vez más dividido, sus palabras nos recuerdan la importancia del diálogo, la tolerancia y la convivencia. Como él mismo escribió: "La patria no es sólo la tierra donde nacemos, sino también la que nos recibe y nos abraza".</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Iamgv7OnX2lucFFzwLbrn1uWZy0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/03/gerchunoff.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Este 2 de marzo se cumplen 75 años de la muerte de Alberto Gerchunoff, uno de los escritores más destacados de la literatura argentina y una figura fu...]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2025-03-02T10:00:04+00:00</updated>
                <published>2025-03-02T10:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Un mundo sin redes sociales: ¿Volveríamos a ser más humanos?
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/un-mundo-sin-redes-sociales-volveriamos-a-ser-mas-humanos" type="text/html" title="Un mundo sin redes sociales: ¿Volveríamos a ser más humanos?" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/un-mundo-sin-redes-sociales-volveriamos-a-ser-mas-humanos</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/un-mundo-sin-redes-sociales-volveriamos-a-ser-mas-humanos">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tCyt7SHqgVRvokNNm4PTu2Spf-I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/02/redes.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Imaginate despertar un día y darte cuenta de que las redes sociales han desaparecido. No hay más WhatsApp, Instagram, X o TikTok. De golpe, el scroll infinito se detiene y con él, toda la avalancha de likes, comentarios y mensajes que nos mantienen conectados (o atrapados) a una pantalla. ¿Sería un alivio o un caos?</p><p>Muchos estudios han demostrado que el estar pegado y pendiente de la pantalla está vinculado a la ansiedad y la depresión, sobre todo en adolescentes. Un informe realizado por siete universidades en España reveló recientemente que alrededor de un millón y medio de jóvenes presentan problemas emocionales relacionados con su uso. Si las redes desaparecieran, tal vez muchos se sentirían más libres, sin la presión de compararse constantemente con vidas editadas y filtros de perfección. Pero no todo es tan simple. Para muchos, son un refugio, un lugar donde encuentran amigos, comunidades y apoyo emocional. Psicólogos advierten que prohibirlas por completo podría generar el efecto contrario, aumentando la sensación de aislamiento de quienes dependen de ellas para relacionarse.</p><p>El impacto no se quedaría sólo en lo personal. Zygmunt Bauman, uno de los sociólogos más influyentes del siglo XXI, describió las redes sociales como una “trampa” que da la ilusión de comunidad sin los desafíos de las relaciones reales. Quizás, sin ellas, empezaríamos a tener conversaciones más profundas y a valorar el contacto cara a cara.</p><p>Desde el punto de vista económico, su desaparición obligaría a muchas empresas y emprendedores a reinventarse. Actualmente, miles de negocios dependen de Instagram o TikTok para vender sus productos. Si esa vidriera virtual se esfumara, ¿volveríamos a los métodos tradicionales de publicidad o surgiría una nueva forma de conectar con los consumidores?</p><p>El periodismo también cambiaría drásticamente. Hoy, cualquiera puede enterarse de lo que pasa en el mundo con mirar su celular, pero también es cierto que las redes son una fábrica de desinformación. Sin ellas, los medios tradicionales recuperarían protagonismo, pero ¿perderíamos la diversidad de voces y la rapidez con la que circula la información?</p><p>Los movimientos sociales, que encontraron en las redes un megáfono para visibilizar causas y organizar protestas, tendrían que buscar otras estrategias. Sin plataformas digitales, los activistas dependerían más de los medios convencionales y las reuniones presenciales. ¿Sería más difícil generar impacto o se fortalecerían las acciones en el mundo real?</p><p>En lo laboral, las empresas que hoy usan redes para coordinar equipos y hacer networking tendrían que buscar alternativas. Quizás volveríamos a las reuniones cara a cara y a los llamados telefónicos, lo que para algunos podría ser una mejora en la calidad de la comunicación, pero para otros, una pérdida de agilidad y alcance global.</p><p>Y no podemos olvidar algo esencial: nuestra identidad digital. Hoy, gran parte de nuestra vida está en redes, desde recuerdos hasta logros profesionales. Sin ellas, tendríamos que redefinir cómo nos presentamos al mundo. Tal vez sería una oportunidad para que nos vean más por lo que hacemos en la vida real que por lo que publicamos en Internet.</p><p>La gran pregunta es: ¿Podrían realmente desaparecer o simplemente serían reemplazadas por algo nuevo? La necesidad humana de comunicarse y pertenecer siempre encontrará un camino. Quizás, en vez de preguntarnos si podemos vivir sin redes, deberíamos reflexionar sobre cómo usarlas sin perder nuestra humanidad en el proceso.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tCyt7SHqgVRvokNNm4PTu2Spf-I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/02/redes.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Imaginate despertar un día y darte cuenta de que las redes sociales han desaparecido. No hay más WhatsApp, Instagram, X o TikTok. De golpe, el scroll...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-02-15T17:17:37+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El crimen que intentó silenciar la verdad
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/el-crimen-que-intento-silenciar-la-verdad" type="text/html" title="El crimen que intentó silenciar la verdad" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/el-crimen-que-intento-silenciar-la-verdad</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/el-crimen-que-intento-silenciar-la-verdad">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vkiGjLrlb0QAjHyASF7z02wUuNk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/cabezas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Se cumplen 28 años de aquella madrugada del 25 de enero de 1997 cuando el reportero gráfico José Luis Cabezas fue brutalmente asesinado en Pinamar, un crimen que marcó uno de los episodios más oscuros de la historia del periodismo argentino. Su cuerpo fue hallado dentro de un vehículo calcinado, con las manos esposadas y dos disparos en la cabeza. El crimen no sólo buscó silenciarlo a él, sino también enviar un siniestro mensaje a toda la prensa: “No se metan con nosotros”. Esa frase, aunque implícita, flotó en el aire tras el asesinato.</p><p>Cabezas trabajaba para la revista Noticias y su cámara había capturado al empresario Alfredo Yabrán, una figura tan poderosa como esquiva. Fue en el verano del ‘96. En la tapa se lo veía junto a su esposa por una playa. En un país donde el poder económico y la política estaban profundamente entrelazados, su figura simbolizaba el lado oscuro de esa conexión. “Sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la frente”, había dicho Yabrán alguna vez en una de sus pocas apariciones públicas para dejar en claro su obsesiva necesidad de mantenerse en las sombras.</p><p>El juicio por el asesinato reveló la participación de miembros de la política y las fuerzas de seguridad. Una de las piezas claves fue la llamada "Banda de Los Horneros", un grupo de delincuentes que ejecutó el crimen. Sin embargo, la investigación demostró que el asesinato había sido ordenado. Los testimonios de colegas del fotógrafo, como Gabriel Michi, quien trabajó codo a codo con él en la revista, fueron fundamentales para entender el clima de amenazas y tensión que los rodeaban. “A José Luis lo mataron por hacer su trabajo”, dijo Michi, una declaración que cobra fuerza hasta el día de hoy. Las condenas iniciales a cadena perpetua para los autores materiales se vieron reducidas con los años.&nbsp;</p><p>En el momento del asesinato, la imagen del auto simbolizó un ataque directo a la libertad de prensa. Las investigaciones periodísticas posteriores revelaron detalles espeluznantes: los “Horneros” habían seguido órdenes claras y precisas: secuestraron a Cabezas, lo golpearon salvajemente y lo ejecutaron sin piedad. Su coche fue quemado para borrar pruebas, en un intento desesperado de encubrir el crimen, aunque las conexiones con Yabrán pronto saldrían a la luz.</p><p>El impacto del asesinato también se sintió en los medios internacionales. Organizaciones como Reporteros Sin Fronteras y la Sociedad Interamericana de Prensa denunciaron el caso como un ataque a los valores democráticos. "Matar a un periodista es intentar matar la verdad", afirmaron desde estas entidades, mientras se multiplicaban los homenajes y los pedidos de justicia en todo el mundo.</p><p>La figura de Yabrán, cuyo poder residía en el control de servicios postales y aeroportuarios, se convirtió en un símbolo de la corrupción y la impunidad de aquella década. Su suicidio no sólo puso fin a su vida, sino que confirmó, para muchos, que estaba acorralado por sus propios secretos. Gualeguaychú quedó marcada como el lugar donde se cerró este capítulo, aunque el eco del crimen nunca desapareció del todo.</p><p>“No se olviden de Cabezas” se convirtió en un grito desesperado y, a la vez, en un recordatorio constante de los riesgos que enfrentan quienes, como periodistas o ciudadanos, se atreven a alzar la voz. Su muerte dejó claro que la censura puede tomar formas extremas cuando los intereses de quienes detentan el poder se ven amenazados. Hoy, las palabras agresivas que surgen desde las más altas esferas de la política deben encender alertas sobre la posibilidad de que ese desprecio por las voces disidentes podría transformarse en acciones que amenacen nuevamente la libertad de expresión. Sin ir más lejos, el reciente tuit del presidente Javier Milei, titulado “Nazis las pelotas”, en defensa del saludo con el brazo en alto de Elon Musk y con un cierre muy desagradable sobre los que no comulgan con sus ideas (“No sólo no les tenemos miedo. Sino que los vamos a ir a buscar hasta el último rincón del planeta en defensa de la libertad. Zurdos hijos de putas, tiemblen”). Estas declaraciones plantean un debate que trasciende la coyuntura política actual. Las palabras elegidas, cargadas de agresividad, parecen alinearse con una retórica que desprecia la diversidad de ideas y desacredita a quienes piensan diferente. En un país donde todavía persisten las marcas de la censura y la violencia contra quienes se atrevieron a desafiar a los poderosos, este tipo de mensajes no sólo polariza, sino que crea un ambiente peligrosamente propicio para la intolerancia.</p><p>La democracia no se construye únicamente con votos, sino con respeto a las diferencias, diálogo y memoria. Cada mensaje que degrada al adversario o desacredita una crítica es un paso hacia el debilitamiento del tejido social. La memoria de Cabezas, quien pagó con su vida el precio de buscar la verdad, nos recuerda que no hay democracia sin una prensa libre, sin ciudadanos informados y sin un gobierno que entienda que las críticas son parte esencial de la vida republicana.</p><p>Si su historia nos dejó algo, es la lección de que la verdad no puede ser silenciada. Cada vez que alguien se siente amenazado por pensar diferente, se erosiona un pilar fundamental de la libertad. En tiempos de tensión y agresividad discursiva, no está de más recordar que la violencia -sea física o simbólica- no empieza ni con golpes, ni con balas ni con cámaras quemadas; comienza con palabras.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vkiGjLrlb0QAjHyASF7z02wUuNk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/cabezas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El 25 de enero de 1997, José Luis Cabezas fue asesinado en Pinamar, un crimen que marcó un antes y un después en la historia del periodismo argentino. Su labor como reportero gráfico y la icónica foto que capturó al empresario Alfredo Yabrán desnudaron los turbios lazos entre la política y el poder económico de los años noventa. Su trágico destino subraya la importancia de defender una prensa independiente, especialmente en un escenario político donde las tensiones por revelar la verdad persisten con fuerza.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-01-25T03:01:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Godot nunca llegó, pero Beckett todavía tiene mucho para decir
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eldiaonline.com/godot-nunca-llego-pero-beckett-todavia-tiene-mucho-para-decir" type="text/html" title="Godot nunca llegó, pero Beckett todavía tiene mucho para decir" />
        <id>https://www.eldiaonline.com/godot-nunca-llego-pero-beckett-todavia-tiene-mucho-para-decir</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Fernando Piciana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eldiaonline.com/godot-nunca-llego-pero-beckett-todavia-tiene-mucho-para-decir">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rIpmXWVeXsnYKtuppIZFFx7pez8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/becket.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El 5 de enero de 1953, en el pequeño Théâtre de Babylone de París, sucedió algo inesperado. Esa noche, un grupo de espectadores se reunió sin saber que estaban siendo testigos del nacimiento de una obra que cambiaría para siempre la historia del teatro. La puesta en escena era austera, casi desnuda; el guion, un juego de diálogos desconcertantes. Pero “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, traía consigo una revolución silenciosa: una nueva forma de ver el mundo. Era el inicio del teatro del absurdo, una corriente que no sólo desnudaba el sinsentido de la existencia, sino que lo convertía en un espejo donde todos podíamos reconocernos.</p><p>Desde ese primer estreno, la obra trascendió las fronteras del escenario. Ya no era únicamente teatro, era un símbolo. A lo largo de las décadas, “Esperando a Godot” se ha transformado en un reflejo universal, capaz de adaptarse a cualquier tiempo y lugar. Y aunque cada época lo interpreta a su manera, su esencia permanece intacta: la espera. La Argentina de hoy no es ajena a esta metáfora. En medio de incertidumbres, fracasos y esperanzas que nunca parecen concretarse, nosotros también somos Vladimir y Estragón, sentados mirando hacia el horizonte en busca de un Godot que no llega.</p><p>El teatro del absurdo, del cual Beckett es uno de sus pilares fundamentales, nació en el desconcierto de la posguerra. Era una respuesta visceral a un mundo que había perdido su brújula moral y emocional tras años de violencia y caos. Este movimiento rompió con las narrativas tradicionales; abandonó los finales felices y las historias lógicas. Autores como Eugène Ionesco, Jean Genet y el propio Beckett se atrevieron a explorar lo irracional, lo fragmentado, lo aparentemente inútil. Así, sus obras se convirtieron en una representación fiel de la condición humana en su estado más vulnerable y auténtico.</p><p>En “Esperando a Godot”, este absurdo toma la forma de dos personajes que esperan a alguien –o algo– indefinido. No sabemos quién es Godot, ni por qué vale la pena esperar. Pero esa falta de respuestas es precisamente el punto. Beckett nos obliga a habitar ese vacío junto a Vladimir y Estragón, a enfrentarnos a nuestra propia relación con la incertidumbre. Cuando Vladimir dice: “No pasa nada, nadie viene, nadie va, es terrible”, no sólo está describiendo su situación; está encapsulando esa mezcla de aburrimiento y ansiedad que todos hemos sentido alguna vez.</p><p>El escenario, con su único árbol seco y su paisaje desolado, refuerza esta sensación de estancamiento. Todo parece inmóvil, casi irreal. Y, sin embargo, es profundamente humano. Beckett explicó alguna vez que su obra no trataba de un tema concreto, sino de “la penumbra donde terminamos, si nos arrancan las certezas”. Esa penumbra se hace palpable en cada diálogo, en cada silencio. Los personajes, atrapados en un limbo existencial, son al mismo tiempo trágicos y cómicos. Su angustia es nuestra angustia, pero su absurdo también nos arranca una sonrisa amarga.</p><p>En este sentido, la mención de Estragón al estar sentado sobre un “monte de mierda” adquiere un peso simbólico. Es una imagen cruda, incluso grotesca, que sintetiza la desesperanza del momento. Pero también es un recordatorio de que incluso en lo más bajo, en lo más degradado, seguimos siendo humanos. Seguimos esperando, seguimos soñando, seguimos viviendo.</p><p>Beckett nunca quiso explicar quién o qué era Godot. En una ocasión, dijo simplemente: “Si supiera quién es, lo habría dicho en el texto”. Esta ambigüedad es lo que hace que la obra sea tan poderosa. Godot puede ser Dios, un cambio político, una solución mágica, o simplemente un pretexto para seguir adelante. Lo importante no es Godot en sí, sino la espera. Y en esa espera, Beckett encuentra belleza, humor y, paradójicamente, esperanza.</p><p>El lenguaje de la obra es otro de sus grandes aciertos. Con frases repetitivas, silencios estratégicos y un ritmo que parece diluir el tiempo, Beckett construye una experiencia que trasciende lo narrativo. No se trata de entender, sino de sentir. Al final, el espectador no sólo observa a Vladimir y Estragón; los acompaña, comparte su incertidumbre, su cansancio, su absurda fe en algo que no llega. Y, sin embargo, en medio de la oscuridad, hay destellos de humor. Beckett decía que “no hay nada más cómico que la desgracia”, y en esta obra esta idea cobra vida. Reírnos de lo absurdo, de nuestra propia fragilidad, es quizás la mayor lección de la obra. No porque minimice el sufrimiento, sino porque lo humaniza, lo hace soportable.</p><p>Hoy, a más de 70 años de su estreno, “Esperando a Godot” sigue siendo tan relevante como siempre. En un mundo que enfrenta nuevas crisis –económicas, climáticas, sociales–, la sensación de espera es universal. En los tiempos que nos tocan vivir, esta obra resuena con una fuerza especial. Esperamos que mejore la economía, que desaparezca la corrupción, que llegue un cambio. Pero, como Vladimir y Estragón, estamos atrapados en la espera.</p><p>Aquí es donde la obra nos interpela. ¿Qué hacemos mientras esperamos? Beckett no nos da respuestas fáciles, pero nos deja pistas. Nos invita a mirar a nuestro alrededor, a encontrar sentido en los pequeños gestos, en los vínculos, en el presente. Nos recuerda que, aunque Godot nunca llegue, la vida sigue.</p><p>Y quizás esa sea la verdadera enseñanza de “Esperando a Godot”: la capacidad de seguir adelante a pesar de todo. Beckett decía: “Intenta de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor”. Es un llamado a la acción, a no quedarnos paralizados por la incertidumbre. En la Argentina de hoy, marcada por la polarización y el desencanto, esta obra puede ser un faro para entender que la esperanza está en lo que hacemos aquí y ahora, en el acto mismo de seguir esperando, de seguir luchando.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rIpmXWVeXsnYKtuppIZFFx7pez8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2025/01/becket.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>“Esperando a Godot”, la obra cumbre del dramaturgo irlandés Samuel Beckett, no sólo cuestiona el sentido de la vida, sino también nuestra capacidad de resistir frente a la incertidumbre. A más de 70 años de su estreno, su mensaje sigue siendo un espejo inquietante de nuestras propias esperas infinitas y de una sociedad que, como los protagonistas, parece atrapada entre la ironía y la desesperación.]]>
                </summary>
                                <category term="miradas" label="Miradas" />
                <updated>2026-04-01T17:40:14+00:00</updated>
                <published>2025-01-04T00:12:20+00:00</published>
    </entry>
    </feed>